El indio y su alma

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El indio y su almaApoyaba la oreja en la vía. Cada hora en punto, el tren pasaba entre el bosque y nuestra casa, día a día, todo el año. Lo hacía con un estruendo que me hacía vibrar, ponerme en guardia y alerta.

Jugaba al indio y a los vaqueros, que era el resto de la humanidad. Me sentía único en el lugar porque me vestía con un taparrabos zurcido con un viejo trapo de cocina que mamá me había fabricado con esmero, una camiseta a juego, unas zapatillas también cosidas por ella con retales de algún sufrimiento, como decía papá, y tres plumas de alguna víctima de un gato que sujetaba con un cordel en mi cabeza sin mucho éxito porque siempre las perdía.

Tenía decenas de flechas hechas con lápices a los que sacaba punta con esmero. Mi arco era una frágil rama con una cuerda atada de punta a punta y mi lanza, una caña seca en la cual había dibujado unas tortugas con un rotulador negro y otro rojo. También, por si el sol se ponía antes de su hora, llevaba conmigo una linterna. En verano mamá siempre me recriminaba qué horas eran esas de llegar a casa y yo le contestaba que si no se había dado cuenta de que el sol se había escondido más tarde y, además, que los indios no entendíamos de relojes pero sí de soles, lunas y estrellas. Me contestaba que el hombre del saco vendría a buscarme. No me importaba porque siempre llevaba colgando del cuello las medallas de las competiciones de yudo que ganaba, no por bueno, sino por grande y grueso. Inmovilizaba a mis rivales dejando caer mi peso sobre ellos. No tenían escapatoria y yo no temía a nada; ni si quiera a un hombre con un saco.

Otro de mis rituales era camuflarme las mejillas con dos rayas de betún reflejando creencia y justicia. Entonces, excitado, se apoderaba de mí un león que, como el de la Metro Goldwyn Mayer, rugía a cualquiera que estuviera delante, incluso a papá cuando hacía la siesta los domingos y yo me podía escapar a ver a mi amor, ése que nunca me quiso. Sólo con oírla en clase su voz correteaba por mi pecho haciendo que las medallas bailaran, pero le gustaban los chicos delgados y bien vestidos. Pi me insultaba y, observándome con desprecio, gritaba que no le dirigiera la palabra y que me fuera a cazar ranas o lagartijas. No me importaba porque yo la quería. Cuando llegaba triste a casa mamá me preguntaba qué me había sucedido en la escuela. Tímidamente le contestaba que Pi de nuevo había pisoteado mi delicado corazón.

Fue entonces cuando la fantasía me ganó la partida y, después de un rugido dominguero, me convertí en un indio. Me sentía identificado con esa raza porque hablaban poco, parecía que siempre estuvieran cabreados y sus mujeres iban medio desnudas. Le pregunté a mamá por qué ella no iba medio desnuda como esas mujeres de piel oscura. Me contestó que tampoco llevaba un arco ni una flecha pero que bajo su delantal todas las mujeres eran igual de hermosas. También mencionó que estaba segura de que a papá no le gustaría que fuera medio desnuda a todas partes. Se rió.

Así que cambié el nombre de Pi por otro para que cupiera en mi fantasía. La llamé “Estrella de Oro” porque era rubia y bajo el sol parecía que su alma brillaba. Nunca me atreví a mencionar ese nombre porque temía más insultos. Yo era “Caña de Tortuga que habla poco y caza ranas”, indio, último y auténtico, rebelde como un nudo de zapato mal hecho y libre como un gusano de seda.

Yo era “Caña de Tortuga que habla poco y caza ranas”, indio, último y auténtico, rebelde como un nudo de zapato mal hecho y libre como un gusano de seda.

Hacía días que tenía un plan y lo quería llevar a cabo a toda costa. Deseaba impresionar a mi estrella, a mamá y a papá, porque cada noche sentado en la mesa y masticando un hueso se lamentaba de que el horno no estaba para bollos y que teníamos que apretarnos el cinturón. En la fábrica en la que trabajaba corría el rumor de que el jefe se había fugado con todo el capital a una desconocida isla. Él creía que era cierto porque desde hacía unas semanas nadie lo había visto. También pensé que si el tutor de la escuela se enteraba de mi plan, me subiría la nota. Era muy mal estudiante.

El indio y su almaOdiaba las ranas, no solamente porque ella me había enviado a cazarlas sino porque fastidiaban mis misiones secretas croando impulsivamente y desconcentrando la sigilosidad que mis hazañas requerían. Por el contrario, dejaban de croar de golpe y porrazo cuando en las calurosas noches de verano me escapaba por la ventana para soñar con mi amor y, papá, alarmado, se asomaba por la ventana para averiguar si alguien rondaba por fuera. Decía que ellas eran la mejor de las alarmas porque cuando sentían el peligro callaban para no ser descubiertas. Era improbable que alguien estuviera afuera. Sólo había sus miedos. Yo quería una mascota para que nos protegiera de los vaqueros pero a él no les gustaban los animales; decía que él sólo se los comía y era verdad porque también devoraba de par en par las ancas de las ranas que yo cazaba con mi lanza.

Mi plan sería detener el tren y llevarme todo el botín; seguramente un montón de monedas de oro y mucha comida. Quería descarrilarlo, sujetando con esparadrapo ranas en los raíles. Sería mi ópera prima y venganza hacia ellas.

Había cavado una pequeña fosa entre las traviesas de madera. Era un socavón pequeño pero lo suficientemente espacioso para que cupiera estirado. Estuve tres días excavándolo con un viejo destornillador. Cada hora tenía que esconderme entre unos hierbajos cercanos porque pasaba el tren de mercancías. Cuando cruzaba ante nuestro jardín nunca tocaba el claxon. Le debíamos parecer poca cosa porque, unos kilómetros más allá, lanzaba su aullido hasta quedarse afónico.

Me estiraría en mi agujero y saldría justo cuando el tren estuviese a pocos metros. Pensaba hacer señales con la linterna para asustar de muerte al maquinista y, entonces, no tendría más remedio que poner freno al convoy. Luego, si hacía falta, me tiraría sobre él con mi lanza, pero antes y para apelar al discurso pacífico de los Indios, había escrito unas palabras para que supiera contra quién se la estaba jugando. Decía:

–¡Jau! Yo, Caña de Tortuga que habla poco y caza ranas, gran guerrero de tierra. ¡Soy fuerte y poderoso! ¡Tú, dar oro y comida! Yo dar la vida. Mis flechas apuntan alto y mi lanza vuela como águila. Éste ser mi territorio. ¡Sólo mío! ¡Mío! ¡Dame tus tesoros y comida o lanza atravesará el corazón! ¡Dame y fumaremos pipa de la paz!

Me arrepentí de escribir lo de la pipa de la paz porque no tenía una y menos tabaco. Hice un tachón en el papel.

Había sido un día cualquiera. En la escuela estuve embobado observándola a todas horas. No existía otra cosa que no fuera ella y los profesores me llamaban la atención porque no prestaba atención y no dejaba de suspirar. El amor me atrapó de lleno. En uno de los descansos me acerqué a Estrella dorada para explicarle que esa misma tarde saquearía un tren por ella, mamá y papá; pero, para variar, me hizo un feo y se fue con sus burlas.

El amor me atrapó de lleno. En uno de los descansos me acerqué a Estrella dorada para explicarle que esa misma tarde saquearía un tren por ella, mamá y papá.

Llegué a casa hambriento y con el corazón pisoteado. Merendé un pedazo de pan con aceite junto a un vaso de leche con malta. Luego dije a mamá que me iba a la habitación a hacer deberes. Sonrió y me contestó que si saltaba por la ventana fuera con cuidado porque de tanto hacerlo el alfeizar estaba hundiéndose, se podía romper y que si me disfrazaba de indio me lo pusiera encima de la ropa porque empezaba a refrescar. Yo me quejé diciéndole que no era un disfraz; que era yo mismo en estado puro. Eran los primeros días de octubre.

Mamá había dejado mi vestimenta bajo la cama. La había lavado con mucho jabón y no me gustaba que oliera tan bien. Siempre le comentaba que los indios olían a caballo y a hogueras.

El indio y su almaFaltaban diez minutos para las siete de la tarde. Salté intentando no apoyarme en el alfeizar y fui corriendo a mi escondite. Me hundí en él. Levanté la cabeza y eché una ojeada hacia el horizonte. Allí no había nada. Puse la oreja sobre la vía y me pareció muy fría. En las películas nadie se quejaba, así que contuve el pequeño grito que surgía de mi garganta. Pude escuchar a lo lejos un leve traqueteo. Levanté la cabeza y vi en la lejanía sus tristes luces que apenas iluminaban su camino. Se confundían con el atardecer. Parecían unos fogones de cocina encendidos en mitad de la madrugada. Apoyé la oreja de nuevo y esta vez lo oí alto y claro. Según mis cálculos faltaban menos de cinco minutos para entrar en batalla. Me colé de nuevo en el interior del socavón como una inyección en la nalga.

Según mis cálculos faltaban menos de cinco minutos para entrar en batalla. Me colé de nuevo en el interior del socavón como una inyección en la nalga.

No quería que el maquinista sospechara nada, así que me encogí lo que pude. Empecé la cuenta atrás; al llegar a cien saldría disparado hacia afuera con mi arma y le haría señales con la linterna. Intenté contar pero me distraje. Allí dentro reinaba el silencio y provocó que me concentrara en el cielo. Me atraían las alturas con sus planetas y estrellas pero nunca recordaba sus nombres. Me gustaban más las de las pizzas y conocía todas sus variedades. ¡Qué hambre tenía de nuevo! Le pediría al maquinista su bocadillo también.

Hacía un poco de frío porque me había vestido sólo con los harapos y la noche estaba asomando. Aún así me alegré mucho de ser un indio. Oí el claxon silbar. Me estremecí emocionado pensando en Estrella de Oro y en papá. Por fin los dos me vitorearían y estarían por mí. Papá tampoco me dirigía demasiado la palabra. Estaba preocupado por el trabajo, las facturas y el dinero. Yo quería jugar con él a indios y vaqueros pero, al llegar a casa, se tumbaba delante del televisor y me hacía callar cuando le preguntaba si quería jugar al jefe de la tribu.

Me había descontado. Debían faltar pocos números hasta el cien. Me alcé unos centímetros y, en ese instante, pasó sobre mí un rotundo y ensordecedor golpe. Cerré los ojos y me tapé los oídos. ¡Qué ruido hacía el tren! Empecé a gritar al son de los porrazos y en unos segundos se quedó suspendido mi aliento en el silencio. Vi en la oscuridad del cielo una estrella brillar. ¡Parecía de oro!

—¡Pancho, Pancho, la cena está preparada! —voceó mamá desde la puerta de casa—. ¡No tardes o se enfriará! ¡Hoy hay pizza!

—¡Pizza, pizza, pizza! ¡Voy, mami!

—¡Entra por la puerta!

Fui corriendo.

Papá no estaba, pero la pizza estaba muy buena.

—¡Gracias, mamá!

Àlex Voltá

pintoralombra@hotmail.es

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