Una lágrima, una sonrisa

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Una lágrima, una sonrisa-¡Hola abuelita!- gritó Laia al entrar en la casa.

Laia, como todos los días que volvía de la escuela, iba a comer a casa de su abuela, una mujer que ya hacía años se había quedado viuda. De hecho, ni Laia ni ninguno de sus hermanos había conocido a Antonio, el abuelo materno que fue arrebatado de la vida por una parca cruel cuando aún no había cumplido los cuarenta. Desde entonces, Dolores, su mujer se había quedado sola en el mundo para criar a sus tres hijos, uno de ellos, la madre de Laia. Tras la inesperada muerte, Dolores se volcó primero con sus hijos y después con sus nietos. La mujer los quería a todos pero siempre, aunque no quisiera reconocerlo, había tenido un predilecto. En este caso era Laia, quizás fuera por su jovialidad, su imaginación, por su manera efusiva de abrazarla o porque era la nieta con la que pasaba más horas. Ella siempre iba a verla, no sólo cuando era la hora de comer. La presencia de aquella niña alegre y un poco rara a ojos de sus amigos, la hacía más feliz que nada en el mundo.

-¿Cómo ha ido el cole, pequeña?- le preguntó Dolores mientras faenaba en la cocina.

-¡Bien, muy bien!- respondió la niña animadamente.

La abuela se agachó para que Laia le diera un abrazo. Aquel día el gesto de cariño fue más largo y efusivo de lo que acostumbraba.

Dolores apartó a su nieta con suavidad y la miró fijamente a los ojos.

-A ti te ha pasado algo.

-No… ¿qué me ha pasado?- respondió Laia intentando conservar la sonrisa.

-¿Han sido los hijos del carpintero?- preguntó la abuela.

La niña no respondió y volvió a abrazar a la abuela, ahora con desesperación y ahogando un sollozo.

-No debes dejar que te traten así.

Laia no se llevaba muy bien con algunos niños del barrio, o mejor dicho, eran ellos quienes no se llevaba bien con ella. Quizás fuera por su carácter introvertido o porque siempre andaba fabulando o porque le habían enseñado a poner la otra mejilla o porque no le gustaban las mismas cosas que al resto de los niños. Fuera por lo que fuera, Laia se veía metida con frecuencia en peleas en las que ella recibía más que daba. Cosas de críos, decían sus padres y profesores.

Para la chiquilla, su abuela era su refugio, su oasis de amor, tranquilidad y comprensión. Con ella hablaba de todo, incluso de las cosas más locas y extrañas que le pasaban por la cabeza, y Dolores parecía entender y compartir muchas de las inquietudes de aquella niña sensible y reflexiva.

Hablaban del cielo y de la tierra, de las miserias y las virtudes de los seres humanos, de la naturaleza de lo que les rodeaba y del sentido de todo.

La abuela, a quien no se le conocían más relaciones que la de su difunto marido, con frecuencia decía a la niña que, en unos años, los niños y las niñas se darían cuenta de la belleza que guardaba en su interior y también en su exterior. Los niños cuando empezaran a dejar de serlo se volverían locos por ella y las niñas, a parte de algunas envidiosas, se morirían por ser sus amigas. Laia no entendía mucho lo que le decía pero llevada por algún tipo de intuición infantil le preguntaba por qué no había vuelto a casarse. Y la abuela le contestaba que un día lo entendería. Ante aquella respuesta, la niña reflexionaba unos instantes y aún sin entenderlo del todo, se decía a ella misma que sí, que algún día lo entendería. También hablaban de la muerte y de la vida, de los familiares que todavía estaban con ellos y de los que ya habían desaparecido, de los que eran herederas aun sin haberlos conocido. Hablaban del cielo y de la tierra, de las miserias y las virtudes de los seres humanos, de la naturaleza de lo que les rodeaba y del sentido de todo. Así eran sus conversaciones, al abasto de casi ningún niño y de, desafortunadamente, pocos adultos.

Una lágrima, una sonrisa

Laia acompañaba a su abuela a recolectar plantas medicinales al campo, se dejaba guiar por sus manos y consejos expertos y a partir de su sabiduría fue aprendiendo el uso de cada hierba. Con ella también descubrió rincones insólitos tanto en el pueblo como en los cerros que lo flanqueaban, riachuelos de cuento y pequeños saltos de agua que estimulaban la fértil imaginación de la pequeña. Dolores también le enseñó cómo esperar en silencio y quietud a que los animales, prudentes por naturaleza, salieran de su escondite y se mostraran. Aprendió a reconocer sus sonidos, las señales que dejaban, sus nombres y las leyendas que contaban de ellos. Con la abuela, cada tarde era una aventura en la que Laia era princesa y caballero, lobo y conejo, estornino y mariposa, lo que cada momento y escenario le sugirieran. Y de vuelta a la civilización, por llamarlo de alguna forma, la niña no tenía ninguna dificultad en participar con más o menos acierto en las conversaciones de su abuela con los vecinos. Laia se sentía a gusto con los adultos, al menos cuando estaba con Dolores. La relación con sus padres, excesivamente religiosos y muy autoritarios, ya era otra historia, igual que con sus hermanos y el resto de niños. Pero mientras su abuela estuviera con ella, no había nada que la incomodara o le diera miedo.

Un día, volviendo de la escuela, entró en la casa de la abuela, dispuesta como siempre a dejar sus problemas infantiles atrás.

-¡Abuela!- gritó animadamente. Aquel día estaba más feliz que nunca. Había conseguido hacerse respetar por los pendencieros hijos del carpintero. Había recibido de lo lindo pero no se había quedado bloqueada mientras la pegaban. Finalmente había podido sacar el lobo que, como decía la abuela, llevaba dentro y se había defendido con uñas y dientes. Seguramente en unas horas el carpintero y su mujer hablarían con sus padres para contarles que su hija era una salvaje.

-¡Abuela!- repitió Laia con cierta ansiedad. Dolores siempre estaba en casa a aquella hora.

La pequeña fue a la cocina, había una olla en el fuego y olía a quemado. Apagó el fuego preocupada. La abuela era muy buena cocinera, nunca hubiera dejado que se le quemara la comida.

Siguió viajando con ella, desde el lecho hospitalario, recordando los rincones y los riachuelos, los nombres de las plantas y de los animales, aullando las dos, aun sin la presencia transformadora de la luna llena.

-¡Abuela, abuela, hoy he sacado al lobo!- gritó de nuevo. Se moría de ganas de contarle su pelea con los hijos del carpintero.

Recorrió toda la casa, las habitaciones, el baño, la despensa, la bodega, hasta que la encontró en el tejado.

-Abuela…- dijo al verla sentada en el suelo con los ojos cerrados, al lado del cubo de la ropa para tender.

A la salida del colegio, Laia iba cada día a ver a Dolores al hospital. Cuando entraba en la habitación profería el expresivo y jovial ¡abuela! de siempre, intentando que el grito no mostrara ni un ápice de la inquietud que sentía.

Siguió viajando con ella, desde el lecho hospitalario, recordando los rincones y los riachuelos, los nombres de las plantas y de los animales, aullando las dos, aun sin la presencia transformadora de la luna llena. Hasta que un día sus padres le prohibieron, sin más explicación, volver al hospital. Laia pensó que se había portado mal primero y que pasaba algo con la abuela después. Fuera como fuera, no iba a quedarse sin averiguar qué pasaba. Dolores le había contado que los adultos no siempre tienen razón y que la mayor parte de las cosas importantes de este mundo se tenían que descubrir por uno mismo, aunque estuvieran prohibidas. Y así lo hizo.

La pequeña se coló en el hospital y se metió en la habitación de su abuela. La cama estaba vacía. Se ha puesto bien y ha vuelto a casa, se dijo para ella misma. Corrió a buscarla a su casa, esperando encontrarla en la cocina atenta a la olla, o tendiendo la ropa que se le había quedado por tender, o cualquier otra cosa.

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Una lágrima, una sonrisa

Ante la casa de su abuela, había dos vecinos y una prima de su padre. Laia obvió su presencia y se metió en la casa corriendo y gritando ¡abuela! ¡abuela! Dolores no contestó y la chiquilla recorrió toda la casa ansiosa, como el día que la encontró desmayada en el terrado. Esta vez no la encontró. En la habitación en la que dormía su abuela, encima de la cama, había un vestido, el más elegante con que recordaba haberla visto. Laia se quedó contemplándolo, qué guapa que estaría su abuela con el vestido. Todos la envidiarían.

María, la prima de su padre, entró en la habitación, la miró con una expresión que la niña no supo descifrar. Era una sonrisa de tristeza y comprensión. A partir de aquel día, nunca se le olvidaría su significado.

-¿Y la abuela?- aquella extraña expresión iba llenándose de sentido poco a poco en la mente de la niña.

-Laia…- la sonrisa de María se iba quebrando y al mismo tiempo Laia iba comprendiendo.

-La abuela ha muerto, se ha ido…- con aquel anuncio la misteriosa sonrisa también murió.

Laia guardó silencio mientras María la abrazaba. Fue un silencio extraño, hecho también de tristeza y de comprensión, como la sonrisa. La pequeña y su abuela habían hablado varias veces de la muerte. Sabía lo que era o creía saber lo que era porque a pesar de lo hablado en varias ocasiones con Dolores, una cosa es lo que te cuentan y otra lo que vives. Entonces un dolor, muy distinto del producido por las patadas de los abusones, o por los insultos, o por la incomprensión, empezó a crecer en su pecho. Laia rompió a llorar desconsoladamente por algo que, aunque creía conocer, no quería comprender ni aceptar.

-No llores más. ¿No querrás que tus padres te vean llorar?

Cuando entre los brazos de su abuela había apuntado el principio de un llanto, ella le había dicho que los lobos no lloran.

Laia levantó la cabeza del pecho de María y la miró fijamente sin entender muy bien qué le estaba pidiendo. ¿Cómo iba a expulsar el peso que le oprimía el corazón? La chiquilla era fuerte y había contenido el llanto en muchas ocasiones antes de la muerte de su abuela, ante los insultos y tras las peleas con los otros niños, cuando le habían robado el desayuno, cuando sus padres la habían reñido… Pero cómo iba a contener aquel sentimiento tan terrible, parecido a muchos otros que había tenido pero mucho más hondo e intenso. Cuando entre los brazos de su abuela había apuntado el principio de un llanto, ella le había dicho que los lobos no lloran. Pero ahora Dolores había muerto y con ella una parte de si misma, la que se expresaba cuando estaban juntas. Aquella puerta se estaba cerrando y con ella una salida para sus ilusiones y sus miedos. En aquel momento decidió dejar de sentir.

-Quiero verla- pidió Laia secándose las lágrimas.

-No puedes- sentenció María.

Laia no pudo despedirse de su abuela ni del cascarón que la había albergado en vida. No la dejaron asistir al entierro, la alejaron de la muerte como de los sentimientos que la torturaban. Debía encerrarlos en su interior, quizás por tradición familiar o de la región, o por el miedo que sentían los adultos a verse reflejados en ellos o por la inquietud que les despertaba el no saber lidiar con ellos.

Laia pasó de introvertida a taciturna y de taciturna a triste. La pena y la desconfianza la llevaban a pasar cada día por la casa de su abuela, buscándola aún, sin creer que ya no volvería a verla más. Como no la había visto marcharse pensaba que realmente no se había ido y por eso volvía una y otra vez a la casa con la esperanza de que todavía siguiera ahí, trasteando en la cocina, zurciendo algún calcetín o tendiendo la ropa. También visitaba periódicamente los rincones del pueblo, con cuya belleza rústica y decadente había aprendido a apreciar y comprender a su abuela, se paraba en los riachuelos junto a los que habían contemplado la naturaleza hasta casi convertirse en parte de ella, repasaba los nombres de las plantas y los animales que había aprendido de los labios sabios y avejentados de Dolores. En ocasiones, el crujido de una rama, el alboroto de las hojas al viento, el borboteo acuático de un pez inquieto o la protesta de un muro quejumbroso la habían hecho volverse esperando volver a verla. Pero Dolores seguía empecinada en continuar escondida. Entendía que se zafara de la vista del resto de habitantes del pueblo pero su nieta era especial, así se lo había repetido una y otra vez cuando ésta le contaba que se sentía distinta al resto de niños. A veces, a solas, la llamaba, ¡abuela!, ¿abuela?, quizás necesitaba oír su voz infantil para deshacer la maldición que la mantenía atrapada en algún lugar lejos del pueblo. Pero Dolores no aparecía.

Por la noches, antes de echarse en manos de Morfeo, en cuyo reino se sentía feliz y a salvo del mundo y de su propia tristeza, invocaba en un mantra susurrante el nombre de su abuela. Y ésta, en la mayoría de casos acudía a su llamada como cuando los lobos responden al aullido de otro miembro de la manada. Y entonces, convertidos en bestias, volvían a la casa, al riachuelo, a la vida y sometían con su mirada al resto del mundo. Laia se sentía feliz y valiente en estos sueños y cada día le costaba más abandonarlos para volver a la realidad, para volver a la muerte en vida.

Sus padres no le hablaban de la abuela, ni ninguno de sus familiares, como si quisieran borrarla, como si no quisieran abordar su ausencia, su huída hacia otro mundo, por miedo a aceptar lo que representaba realmente para ellos. Sus hermanos tampoco parecían darse cuenta de que la abuela ya no estaba, quizás porque para ellos nunca había estado tan presente como para Laia. Alguna vez, los niños sí que se acordaban de Dolores pero para reírse de la chiquilla, para echarle en cara su vacío, para hacerle daño. Y Laia les miraba sin replicar, con un nudo de tristeza en la garganta, incapaz de llorar ni de quejarse.

A veces, por las noches, tras despertarse de un sueño incómodo, se levantaba de la cama y a oscuras creia ver la sombra de su abuela sentada al pie de su cama. Entonces susurraba su nombre, abuela, para ella no era Dolores, era algo más que un nombre propio, Dolores puede ser cualquiera pero su abuela era eso, su abuela, la abuela. Era única, de cabello plateado y arrugas infinitas, de sonrisa amplia y mirada sabia, de palabras meditadas y profundas.

Una lágrima, una sonrisa

En varias ocasiones se escapó al cementerio saltándose la prohibición de sus padres. Ahí estaba la lápida, insertada en una pared con más lápidas, como un ladrillo en medio de muchos otros ladrillos, con la única diferencia de un nombre y unas fechas distintas al resto. Ahí, sentada en el suelo, bajo la mirada curiosa y piadosa de algún vecino, susurraba de nuevo su nombre. Pero en el camposanto era donde menos sentía su presencia porque de ella no quedaba más que un nombre, unos apellidos y unas fechas talladas en un piedra dura y fría.

Sus padres la riñeron varias veces por ir al cementerio, a lo que Laia asintió de cabeza pero no de alma. Hubiera querido llorar pero se vio incapaz, no por haberse quedado sin lágrimas, sino porque seguían acumulándose en algún rincón de su ser desde que le prohibieron sacarlas afuera.

Con el tiempo, la tristeza se convirtió en rabia contra todo y todos, sus padres, sus profesores, los otros niños. Con frecuencia volvía a casa magullada y no siempre por las peleas en las que la metían sino en las que ella misma se buscaba. Pronto, ningún niño se atrevió a meterse con Laia. La abuela le había dicho que debía defenderse y hacerse respetar pero la agresividad que desataba ante cualquier ofensa iba más allá de la autoconservación, era más un instinto de destrucción contra el otro y contra ella misma. En varias ocasiones, dicha agresividad se manifestó ante sus padres que, por falta de otros argumentos y por venir de una tradición en la que dos bofetadas bien dadas valían más que cualquier razonamiento, respondieron con una violencia más o menos medida y severos castigos. A la línea dura se apuntaron varios profesores que, si bien no recurrieron al castigo físico, sí que optaron por otras represalias igual de duras. Así, la chiquilla fue humillada ante sus compañeros de escuela y expulsada varias veces. Pero ninguna de aquellas ‘soluciones’ expeditivas lograron nada de nada.

En su mundo todo eran ventajas, cuando quería correr se convertía en lobo, cuando quería volar se convertía en golondrina, cuando quería nadar se convertía en trucha y cuando quería llorar se convertía en lluvia.

Al cabo de unos meses, Laia decidió desconectarse completamente del mundo de los otros para instalarse en el suyo propio. Allí, su abuela no se había marchado aún y seguían encontrándose cada tarde para comer, hablar y descubrir lugares singulares. En el refugio imaginario de la chiquilla no estaban sus padres, ni sus profesores, ni los otros niños. Además podía hablar con los animales, con los árboles, con el agua de los ríos, con el viento o con las estrellas. En su mundo todo eran ventajas, cuando quería correr se convertía en lobo, cuando quería volar se convertía en golondrina, cuando quería nadar se convertía en trucha y cuando quería llorar se convertía en lluvia.

La rabia desapareció y con ella las palabras. Laia dejó de hablar y de mostrar ningún sentimiento. Su corazón, al no encontrar su lugar en el mundo, se hundió en su pecho hasta perderse en lo más profundo de sus entrañas. A partir de aquel momento todos sus sentimientos quedarían guardados a cal y canto: la rabia, la pena, la alegría, los deseos, los miedos. De la noche a la mañana, la cara de la chiquilla dejó de expresar ninguna emoción, sólo sus ojos de color miel parecían comunicar algo que nadie parecía o quería comprender. Su mirada, limpia como la de una niña, pero profunda como una caverna que llegara al centro de la tierra, levantó una ola de controversia en el pueblo. Nadie sabía decir si estaba seria, si su expresión era relajada o grave, no estaba triste, tampoco alegre, de ninguna forma estaba enfadada, tampoco estaba concentrada. La mirada de Laia, más que su silencio, es lo que más preocupó a todos porque no sabían qué se escondía tras ella. Las palabras son buenas mentirosas, nos distraen, nos deslumbran, pero una sola mirada puede deshacer el discurso más convincente como si fuera un castillo de naipes. Unos se sentían acusados, otros interrogados, otros atravesados y desnudos. Los niños y muchos adultos pronto fueron incapaces de mirarla a los ojos ni de acercarse a ella por el temor a ser cazados por las extrañas gemas que lucían entre sus párpados.

Una lágrima, una sonrisa

Laia andaba despacio, un pie detrás del otro, acompañando levemente el movimiento con sus brazos, la mirada hierática, impropia de un crío. Pasó por delante de donde había vivido su abuela sin mostrar ninguna intención de acercarse, ni siquiera giró la cabeza para mirar la fachada. Un brillo casi imperceptible conmovió su mirada por un instante. Salió del pueblo, caminó poco más de un kilómetro hasta el riachuelo, se sentó ante él. El gesto contenido, la postura rígida, la mirada inerte. Un trino de pájaro, el viento, alboroto de hojas, una cigarra, borboteo acuático, una ranita salta al agua, una lagartija posada en una piedra, un banco de peces muy pequeños se acerca a la orilla, cruje la hierba. Sus ojos color de miel brillan, lanzando destellos ambarinos, pero su expresión no cambia. Algo tiembla, algo se agita, algo bulle en lo más profundo de su mirada pero está tan escondido que nadie, aunque pegue la nariz a sus ventanas del alma, puede verlo. Intenta llorar pero parece haber olvidado como se hacía. Un vacío enorme que va creciendo cada vez más en su interior amenaza con tragársela entera, como un agujero negro que primero empezó comiéndose sus lágrimas, después sus palabras y finalmente todo su ser. Laia ya no era, había desaparecido, como sus sueños, sus deseos y sus miedos.

El cascarón vacío pero increíblemente denso en que se había convertido la chiquilla pasó por el puente por el que siempre pasaba de vuelta de la escuela. A la mitad del puente había un desagüe que daba al río. Era lo suficientemente grande para que una persona se colara por él. Laia se detuvo ante el agujero y lo contempló en silencio. Al otro lado, muy por debajo, se veía el río. A unos metros por detrás de ella venía María, la prima de su padre, la heraldo de la muerte de su abuela.

-Laia- pronunció María acercándose a la niña.

La chiquilla no la oyó y si lo hizo el nombre cayó en el vació de su alma, engullido como el resto de su personita.

-Laia, ¿estás bien?- preguntó María a punto de posar la mano sobre la espalda de la chiquilla.

¿Estás bien?, ¿estás bien?, Laia, Laia, ¿estás bien?, las palabras resonaron en la niña como un grito en una casa vacía o en la boca de un pozo profundo y oscuro.

Laia se lanzó por el agujero con decisión, sin miedo, sin esperanza, sólo con la sombra de una lágrima resbalando por su tez hermética.

Laia se lanzó por el agujero con decisión, sin miedo, sin esperanza, sólo con la sombra de una lágrima resbalando por su tez hermética. La piedra fría y dura, el borboteo del agua rebotando contra las rocas pulidas que tapizaban el lecho del río, el rumor del viento soplando entre los árboles, una hoja mustia precipitándose al vacío, un remolino de pájaros asustados huyendo hacia sus dominios y un grito que como mil manos querían asir el cuerpo de la niña: ¡Laia!

¿Qué pensaría la abuela?, se preguntó la chiquilla camino de ninguna parte. Da igual, ya no está. Se respondió. Quizás donde vaya a parar me encuentre con ella, reflexionó. Una sonrisa, trazo que hacía mucho tiempo que nada ni nadie podía dibujar en su cara tomó forma. Quizás quien chillaba su nombre era ella, la abuela, concluyó. Mejor no hacerla esperar.

María se montó en su gritos desesperados y llegó a coger los tobillos de la niña antes de que ésta desapareciera por el agujero.

La abuela no quiere que me marche, pensó Laia al sentir que la asían por los pies. Y volvió a sonreír. Su cuerpo colgaba en el vacío, continuaba escuchando su nombre, cada vez con más fuerza, cada vez pronunciado por más voces. A lo lejos, creyó oír un aullido como de lobo susurrando su nombre. Había llegado el momento de volver.

María y otra vecina devolvieron a la niña a lo alto del puente y la miraron asustadas sin saber si abrazarla o reñirle. Optaron por lo primero. Hacía tiempo que no la abrazaban. La última que lo hizo fue su abuela.

-La abuela ya no está aquí, está en todas partes- dijo Laia con lágrimas en los ojos y una gran sonrisa dejando estupefactos al resto de vecinos que, alertados por los gritos, habían acudido al puente.

Una lágrima, una sonrisa

Aquel día, los padres de Laia salieron antes del trabajo y, ya en casa, escucharon a la niña y le hablaron como nunca lo habían hecho abriendo sus corazones como no creían que fueran capaces de hacerlo. Y por primera vez desde que los conocía Laia los vio llorar, recordando a la abuela, recordando a la madre y a la suegra que fue, evocando los momentos felices que habían pasado a su lado, rescatando sentimientos que habían decidido sepultar con tanto ahínco que ya no creían ni que existieran.

Ella sabía que si quería encontrarse de verdad con su abuela, su lugar de reunión estaba en el riachuelo, en las montañas, en el cielo, en el canto de los pájaros, en el susurro del viento corriendo entre los árboles y en su interior.

La niña abrazó a sus padres siendo más ella la que consolaba que no ellos los consoladores. ¿Cómo iban a dejarla llorar si fueron ellos los primeros en encarcelar sus propias lágrimas?

A partir de aquella tarde Laia fue cada día al cementerio a hablar con su abuela y cada fin de semana a llevarle flores con sus padres y sus hermanos. Ellos creían que estaba ahí, tras aquella lápida. Por este motivo les acompañaba. Aunque ella sabía que si quería encontrarse de verdad con su abuela, su lugar de reunión estaba en el riachuelo, en las montañas, en el cielo, en el canto de los pájaros, en el susurro del viento corriendo entre los árboles y en su interior.

Los meses fueron pasando, y tras ellos los años, las visitas al cementerio se fueron espaciando y las flores sólo aparecían en la lápida una vez o dos al año.

La niña creció y se marchó del pueblo, dejando el recuerdo de su abuela a buen recaudo en el corazón de sus padres, de los vecinos y en el suyo. Su abuela la acompañaría siempre, allí donde estuviera, sus ojos, su voz, y un aullido que llama a preservar la memoria de la manada.

Una lágrima, una sonrisa, animales que claman libertad.

David Puig Ferrer

David Puig Ferrer

Guionista, periodista
laplaneta73@hotmail.com

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

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