AGORAFOBIA: Testimonio de un cautiverio

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agorafobiaSufrí agorafobia desde los diecisiete años hasta que cumplí los cuarenta, año el que por trabajo tuve que coger un avión e ir a Berlín. A esa edad, a los diecisiete, se manifestó en un aeropuerto, el de Barcelona.

Tenía que ir a Madrid para inscribirme en una escuela de arte. Habíamos madrugado para llegar a tiempo y estaba ilusionado. Digo habíamos, porque mi hermano me acompañó en coche hasta el aeropuerto. Aparcamos en el parking de la terminal y caminamos hasta la entrada. Una vez en el gran vestíbulo, ahora hall, las piernas me empezaron a flaquear sin motivo aparente. No entendía el por qué y tampoco lo relacionaba con estar allí; de niño había volado bastantes veces y nunca tuve ningún problema. Después del café de rigor, el cigarrito clandestino y la cola pertinente para el check in (años atrás simplemente canjeabas tus datos por una tarjeta de embarque que eran unos pequeños plásticos rectangulares de colores, el mío azul) me despedí de mi hermano y caminé hasta el otro vestíbulo, este en la primera planta, el de pasajeros, a esperar el vuelo.

El avión llegó con retraso, así que pude estar una hora experimentando todo lo que sentía: mareos, sensación de ahogo, dolor de pecho, palpitaciones, hipersensibilidad a los sonidos, un sudor frío parecido al de la fiebre y una angustia indeterminada. El vuelo llegó y nos llamaron por “cacofonía”. Esperé a que todos entraran y, cuando no hubo nadie, me levanté muy confundido para subir al avión. Sufrí algo que se llama disociación de personalidad y que, por desgracia, se repitió en otras ocasiones.

A partir de ese día, una profunda brecha se abrió dentro de mí porque era incapaz de actuar con naturalidad.

Entregué el plástico azul antes de entrar en el finger (la vieja pasarela) y pasé. En ese instante el mundo se vino abajo o encima, porque no sabía si caminaba por el techo o paredes. Todo se apagó y me desplomé. La misma azafata vino a socorrerme, me acompañó al vestíbulo de pasajeros y me entregó de nuevo la tarjeta de embarque, diciéndome que cada dos horas había vuelos a la capital.

El avión se fue sin mí. Obstinado, intenté coger tres más. No pude. Finalmente, un guardia civil (la antigua Benemérita) a las tres del mediodía me exigió que me fuera. Eso hice. Llamé a mi hermano y le expliqué lo sucedido. Vino de nuevo para recogerme. Volví asustado, frustrado y con el plástico azul en el bolsillo, que aún conservo. Es el testigo del que fue mi mal.

A partir de ese día, una profunda brecha se abrió dentro de mí porque era incapaz de actuar (vivir) con naturalidad, porque era un verdadero trastorno entrar en espacios pequeños como ascensores (típico y mortal), cabinas telefónicas (imaginaba que la puerta quedaría atascada), calles estrechas (tenía vértigos y sensación de ahogo) y arquitecturas con el techo bajo (eso aún no lo soporto, vivo en un lugar de 3´70 metros de altura). No hace falta que nombre aviones, barcos y trenes de corta y larga distancia. Los desplazamientos en metro, o bajar a su subterráneo, era un calvario y, si conseguía subir al convoy, rezaba para que no se quedara detenido entre estación y estación.

A pesar de no poder asomarme por los espacios pequeños, en los grandes almacenes, estadios de fútbol (sólo acudí cuando fui un niño), cines, teatros (en una ocasión salí corriendo de uno) e incluso los supermercados, cuando estaban abarrotados de gentes tenía los mismos síntomas por falta de espacio vital.

Esto es una absoluta limitación de la libertad porque no puedes dar un paso sin pensar en que tu pánico (agorafobia) puede florecer en cualquier momento. Lo primero que haces es evitar todos los lugares y circunstancias que te indiquen un riesgo y, son muchos. Lentamente te vas apagando y distanciando de ti, pierdes la inocencia de un solo golpe (demasiado joven) porque el vivir ya encuentra sus primeras dificultades; caes nocaut sobre la lona que te ha amparado de arañazos y, hasta que consigues levantarte, si lo logras, sufres una larga conmoción.

Todo ello era una gran inquietud, por no llamarlo de otra manera, porque el pánico (cualquier fobia lo es) te cerca de pies a cabeza con su patología. Este envoltorio te hace entrar en un estado sutilmente subliminal porque, sin quererlo, te vas apartando lentamente de todo lo que te rodea, hasta que te das cuenta de que caminas más solo que acompañado; dejas de hacer y de relacionarte porque sabes que cualquier situación puede suponer un gran shock, antes, ahora depresión nerviosa y, progresivamente, dices que No (la gran negación).

Perdí viajar, descubrir paisajes, personas, amigos, amores, porque se escaparon volando.

Gracias a ello me aislé de todo lo que significa una vida social vagamente normal porque, como he dicho antes, dejas de lado la mayoría de las vivencias que los demás dan por hechas, porque tú estás cautivo en una cárcel con pan, agua y esclavo de tu gran miedo.

El día a día se ve comprometido y delimitándose porque es difícil comunicarse con alguien (un agorafóbico) que niega antes de hacer (la negación es una verdad que colapsa tu ser). En este punto tuve suerte porque mi encierro, actividad pasada y también presente, necesitan soledad y aproveché el tiempo que perdí. Perdí viajar, descubrir paisajes, personas, amigos, amores, porque se escaparon volando. Perdí toda mi juventud. Vivía con miedo y tenía pánico de mí, de mis posibles reacciones. Esto no pasa inadvertido porque familia y amigos lo perciben. Eso es otro mal asociado; la mirada de los demás. Te convierten en un mecanismo imperfecto y, sin serlo, te califican equivocadamente, simplemente por tener un gran susto que no te deja respirar.

Las ayudas que puedes recibir familiarmente son escasas porque sólo depende de ti y, por mucho que te tiendan las manos, los 17 años, al menos los míos, fueron complicados. Entonces, por parte del espectador (familia) esa fatalidad pasa filtrada por la excesiva protección (maternal) que, en muchos casos, es no aceptar la situación que vive un hijo. Hay que decir que mis padres hicieron lo que pudieron ya que durante años fui a todo tipo de psiquiatras y psicólogos. Ellos intentan ponerte en hora, ajustarte a su franja horaria, medicándote (cosa que creo que sólo funciona in extremis y en patologías más graves) porque también padeces los efectos secundarios de la química. Ahora los tiempos han cambiado (dichosos ellos) y no te recetan píldoras con la misma facilidad que en los años 80´s, sino todo lo contrario. Finalmente, decidí no ir más.

Con el tiempo te vas acostumbrando a esas extrañezas y las aceptas como tuyas, pero no creo que sean intrínsecas de uno (no tengo ninguna duda de que son “castigos de la sociedad contemporánea”). Te amoldas a/en tus miedos y les haces frente a medida que aprendes de ellos, porque los años te hacen un poco sabio, no en mi caso, de ti mismo, porque experimentas sensaciones y emociones que no se corresponden con la edad que tienes.

La terapia fue divertida porque los ejercicios eran creativos, ascendentes y súbitamente emocionantes.

Mi proceso fue lineal y, por suerte, descendente. Hablando de años y sus necesidades, te obligan sí o sí a mejorar (en este caso el poder vivir y actuar con normalidad) que, en definitiva, es lo deseado y, uno a uno, pude empezar a superar con cierto optimismo algunos de los síntomas de la agorafobia (no todos, ya que son residuales por defecto) con la esperanza de algún día poder incluso viajar en avión.

A los cuarenta años (ahora tengo cuarenta y nueve) y animado por una bella dama acudí a un terapeuta especialista en pánicos, con un objetivo claro: volar, uno de los mayores miedos de los agorafóbicos, y acerté. Después de unas cuantas sesiones, bastantes para desgracia de mi bolsillo, y de poner en práctica unos cuantos ejercicios (pruebas) en relación a la agorafobia, tuve suficiente valor para empezar a vivir.

La terapia fue divertida porque los ejercicios eran creativos, ascendentes y súbitamente emocionantes. Me gustó. Tenía que empezar por las dificultades cotidianas que más me molestaban pero que, por aquel entonces, ya estaban un poco superadas: ascensores, metros, trenes; aunque no las tenía todas conmigo porque, según el día, surgía de nuevo el mal.

El primer ejercicio fue subir a un ascensor, cosa que ya había logrado con anterioridad (aunque el reto no era sólo estar allí metido, sino pulsar el botón de alarma/paro y quedarme entre piso y piso con la bocina de la alarma sonando). Lo logré con el pertinente cabreo del portero porque lo hice en tres ocasiones. El tipo estaba indignado; le contesté que era prescripción médica. Creo que aún me maldice.

El siguiente, que lo recuerdo como el día de hoy, fue subir en uno de los ascensores de un pequeño rascacielos de la Zona Olímpica (antes el Somorrostro) de Barcelona, con treinta almas más. Lo conseguí, pero no tuve el coraje de pulsar el botón de paro, porque abajo había un portero de seguridad con cara de Rottweiler y, como hice varios amagos antes de cogerlo (ahora subo/ahora no y que si patatín, que si patatán) pensé que me mordería. El otro, que me perturbó durante días, fue ir a una feria de Navidad en hora punta, colmada de personas aparentemente felices y sin apenas un micromilímetro de espacio vital. Pensé que ese día sería mi ascensión a los cielos pero, finamente, también lo superé; no con mucho éxito en el día de hoy. El refrán airea: quien tuvo, retuvo.

La finalidad de todos aquellos ejercicios era poder subir a un avión y no bajar corriendo, pero antes, con la receta médica en la mano, tuve que subir a la (maldita) avioneta roja del parque de atracciones del Tibidabo (secreto inconfesable). Fue una verdadera pesadilla. Allí metido, con cincuenta niños riendo, comiendo nubes de azúcar, disfrutando de la emoción por estar en una lata de sardinas suspendida en el aire junto a sus padres, complacientes, que me observaban severamente, preguntándose por qué un tío que no cabía en la butaca, de cuarenta años, solo, con gafas oscuras, blanco del susto (por los niños, no por la agorafobia), mareado (por ellos también) y con unas ganas de orinar que parecía que me iba la vida (también del susto), estaba allí.

Y, finamente, violà. Volé, rumbo a mi vida. Eso sí, siempre llevo conmigo mi vieja tarjeta de embarque de color azul, ¡no vaya a ser que el avión caiga!

Alex Volta

Àlex Voltá

pintoralombra@hotmail.es

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