Álex y una mentira muy peluda

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Alex y una mentira muy peludaÁlex sentía una pasión exagerada por los animales, fueran de pelo, pluma o escamas. Así, no podía evitar acariciar a perros, gatos, burros, caballos, hámsters, tortugas y gallinas. De hecho, en más de una ocasión se había llevado un buen susto. Ya se sabe, no todos los animales son igual de sociables con los humanos.

Pero a pesar de que le encantaban todos los animales, su preferido era, sin ninguna duda, el perro. Álex hubiera renunciado a la paga semanal que le daban sus padres, a las chucherías que le regalaba su abuela y a los cromos de fútbol por poder tener un amigo peludo en casa. Cada día, antes de dormirse, cerraba los ojos y se veía a él mismo corriendo de un lado para otro, perseguido por su mascota. Se la imaginaba recibiéndole con un ladrido a la vuelta de la escuela, jugando al escondite o lanzándole un palo para que se lo devolviera. Tal era su obsesión que no paraba de torturar a los padres con la letanía: quiero un perro, quiero un perro, quiero un perro… Y los padres, con una firmeza a prueba de huracanes, le replicaban: no puede ser, demasiado trabajo.

Pero como no se puede subestimar la insistencia infantil, que tiene muchos paralelismos con la proverbial perseverancia canina, Álex consiguió arrancar una pequeña concesión a sus agotados progenitores. Finalmente decidieron regalarle un animal, más pequeño, humilde y fácil de manejar que un perro: la tortuga Margarita.

El quelonio se instaló en una piscinita de plástico en forma de judía. En el centro había una pequeña elevación en forma de isla y una palmerita. Álex no tardó mucho en simpatizar con el animalito a pesar de que éste no era precisamente la alegría de la casa.

Álex hizo todo lo posible por convertir a aquel animal en su compañero ideal de juegos. Se pasó tardes enteras lanzándole mondadientes y esperando que la tortuga se los devolviera. El animal, lejos de correr a buscar el palito, alargaba el cuello y miraba de reojo a su amo esperando a que le cayeran una cuantas gambitas secas. También intentó enseñarle a dar la patita y a rodar sobre sí misma. La pata sólo la levantaba, y tampoco demasiado, únicamente para andar. Y rodar o lo que sería su equivalente quelónico, que era estar boca arriba o boca abajo, solamente lo conseguía con la ayuda de la mano de Álex.

El niño, a pesar de que quería a aquel animalito tímido y bastante soso, no podía olvidar que lo que él deseaba de verdad era un perro, un amigo peludo de orejas caídas y mirada expresiva. Y la incapacidad de la pobre Margarita de no hacer nada de lo que se le enseñaba no hacía más que acentuar su anhelo canino.

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Aquel día Álex se levantó algo más pronto. Se vistió, se preparó la mochila, saludó a Margarita y se fue para la escuela. De camino, se paró, como siempre hacía, ante la tienda de animales. A través del escaparate se veía el interior del local. Dentro de una jaula había dos cachorros de perro que se peleaban juguetones. A pesar de que pensaba que era injusto que estuvieran ahí encerrados, no pudo evitar quedarse un rato contemplándolos fascinado. El tañido del campanario le arrancó de su ensoñación. Había pasado demasiado tiempo embobado con los cachorros y llegaba tarde a clase.

Álex corrió hacia la escuela y, cuando llegó, todos los alumnos ya habían entrado. Antes de penetrar en el edificio, un lloriqueo procedente de unos arbustos cercanos llamó su atención. Se acercó un poco a la mata y apareció un perro de tamaño mediano, esbelto, de color negro, con las orejas caídas y los ojos tristes. El animal, que no llevaba collar pero que parecía limpio y bien alimentado, se acercó, le olió la mano y le empezó a lamer los dedos. Álex le acarició la cabeza y el can se lo agradeció meneando la cola.

-Ahora tengo que ir a clase, lo siento- le explicó el niño con ansiedad.

El perro, que lo miraba con atención, inclinó un poco la cabeza.

-Venga, vuelve a tu casa – le rascó la cabeza y el lomo y entró en la escuela. El animal lloriqueó tímidamente.

Aquella mañana, Álex no estuvo demasiado atento a las explicaciones de los profesores. No podía dejar de pensar en el perro abandonado. Cuando terminó la última clase, salió volando de la escuela esperando encontrarse de nuevo al animal. El can, que se había quedado plantado delante de la puerta del colegio, meneó la cola cuando le vio salir del edificio y corrió hacia él ladrando de alegría.

Detrás de Álex empezaron a salir el resto de niños. Todos se acercaron a conocer al simpático animal que se dejó mimar sin protestar. Algunos niños le preguntaron si aquel perro era suyo. Él, tras unos segundos de duda, les respondió que sí.

Álex se marchó a casa feliz y orgulloso, con el animal a su lado. Pero el gozo se fue convirtiendo en incertidumbre a medida que se acercaba. Sus padres le habían dejado bien claro que no podía tener un perro. Si le veían llegar con el animal, además de reñirle probablemente llamarían a la perrera para que se lo llevasen. No lo podía permitir. Tenía que pensar rápidamente en una solución. Su felicidad y la de su nuevo amigo estaban en peligro.

El plan que se dibujó dentro de su mente infantil no podía ser más simple. Metería al perro en la casa sin que le vieran y lo escondería en el armario de su habitación. Dicho y hecho. Álex hizo entrar al animal rápidamente y lo metió en su armario. Después se acercó a la cocina a saludar a su madre, que estaba preparándole la merienda.

La mujer le dio un bocadillo de jamón de york y cuando se disponía a preguntarle cómo le había ido la escuela, el niño ya se había marchado corriendo. Oyó como la puerta de su habitación, al final del pasillo, se cerraba.

Álex dio el bocadillo a su amigo peludo. Éste lo devoró rápidamente y soltó un ladrido para reclamar más comida. El niño, que rezaba para que su madre no hubiera oído el ladrido, corrió a pedir más merienda. Afortunadamente la madre no había oído nada.

El perro se zampó el segundo bocadillo con ansiedad y soltó una corta serie de ladridos de satisfacción. Álex le agarró el morro para mantenerlo callado.

-¿Álex?- una voz femenina seguida de unos pasos que se acercaban, sonaron en el pasillo que conducía a su habitación.

-Shisttttt, por favor, no digas nada – pidió Álex en voz baja mientras escondía al animal en el armario.

Cuando la madre abrió la puerta se encontró a su hijo jugando tranquilamente con Margarita. La había sacado de la piscina de plástico y la tenía encima de la cama.

-Sí, ¿mamá? – preguntó Álex haciéndose el distraído, a pesar de que el corazón le latía a cien por hora.

-¿Has oído a un perro?- le preguntó su madre con cara de extrañada.

-Sí, ahora mismo, en la calle -mintió mirando hacia la ventana abierta de la habitación.

-Me ha parecido… -dijo dubitativa.

-Pues no, Margarita no ladra- ironizó Álex, tocando la cabecita de la tortuga con el dedo.

-Ya… Pues deja tranquila a la tortuga y ponte a hacer los deberes -le ordenó antes de marcharse de la habitación, no demasiado convencida.

La madre cerró la puerta y, pasados unos minutos, Álex se dirigió al armario e hizo salir al perro. Le acarició, orgulloso de que se hubiera mantenido callado.

-Te llamaré Ladrido. ¿Qué te parece? – Álex recibió un lametón afectuoso como respuesta.

Margarita, desde la cama, miró a Álex y a Ladrido con inquietud. La presencia de aquel mamífero no sólo le hacía descender en la escala jerárquica de los afectos infantiles sino que le auguraba conflictos futuros. La primera consecuencia no le preocupaba demasiado, ya que como reptil, no valoraba excesivamente el contacto humano ni de ningún otro tipo. En cambio, la segunda sí que le perturbaba. Ella era una tortuga tranquila y los follones le gustaban aún menos que los afectos humanos.

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Desde aquel día, Ladrido y Álex se hicieron casi inseparables. Niño y animal compartían la misma cama. Cuando los adultos ya estaban durmiendo, el perro salía del armario y se acurrucaba al lado de su amo. Por la mañana, el animal volvía al armario o se escondía debajo de la cama antes de que la madre de Álex apareciera en la habitación. Cuando Álex salía de casa para ir a la escuela, Ladrido, que antes había saltado por la ventana, le esperaba a una distancia prudencial de la casa para acompañarle.

Mientras el niño estaba en el colegio, el animal dormía tranquilamente entre los arbustos o al sol, o se distraía jugando con un palo, una piedra o persiguiendo pájaros, gatos o cualquier otro animalillo para jugar con él. Y cuando Álex salía de la escuela, le acompañaba a él y a sus amigos, de vuelta a casa.

Cada día, Álex pedía dos bocadillos para desayunar y dos más para merendar. Y su madre, lejos de sospechar que lo que preparaba no iba a parar al estómago de su hijo, se maravillaba por su apetito. Claro, está en edad de crecer y necesita energía, se decía a ella misma.

Al cabo de unas semanas y ante la ceguera de los padres, Álex y Ladrido empezaron a aprovechar cualquier ausencia de los adultos para correr y jugar por la casa, perseguirse de habitación en habitación, subir y bajar escaleras, saltar encima del sofá y las butacas…

Estaban jugando con fuego y lo sabían. En más de una ocasión estuvieron a punto de pillarlos pero la suerte les estaba acompañando. Ladrido había aprendido a esquivar el control familiar saltando por la ventana o metiéndose en el armario. Pero había una circunstancia que no dependía ni del azar ni de la habilidad del niño y el perro. La gran mayoría de mamíferos sueltan pelo y Ladrido soltaba mucho y por toda la casa.

La madre no tardó en darse cuenta de que había pelo negro por todas partes. Primero lo encontró en la habitación de Álex, después en el pasillo, en el comedor, en la cocina, en el recibidor, en el resto de habitaciones, en la escalera, en la lavadora, en el lavaplatos. La mujer no podía entender de dónde salía tanto pelo. Empezó a pensar que un animal se había colado en la casa.

La crisis de los pelos provocó una reunión familiar en la que el padre y la madre expusieron sus hipótesis y Álex se mantuvo callado mientras los nervios se lo comían por dentro. La cumbre doméstica concluyó que había un animal en casa y que, por tanto, se le tenía que encontrar y expulsar. Álex, tras escuchar la resolución de sus progenitores, salió volando hacia su habitación ante la mirada atónita de los padres.

-¿Qué te pasa? – le preguntó su padre cuando volvió, al cabo de un minuto.

-Nada, tenía pis – mintió chapuceramente Álex.

-El lavabo está hacia el otro lado- le apuntó la madre.

-Quería decir hacia la habitación…. a cerrar la puerta… para que no entre el animal- corrigió Álex atropelladamente.

La madre le miró a los ojos hasta que su hijo desvió la mirada. Entonces se levantó y fue hacia la habitación, al fondo del pasillo, entró, permaneció en ella unos minutos, que para Álex fueron interminables, y volvió al comedor.

-Tenías la ventana abierta – dijo la madre.

-No sirve de nada cerrar la puerta si dejas la ventana abierta -sentenció el padre.

-Tienes razón – dijo Álex bajando la cabeza y respirando aliviado. No habían descubierto a Ladrido.

Tras la reunión y el susto, toda la familia, incluido Álex, registraron la casa buscando al animal desconocido que soltaba pelo negro por todas partes. No lo encontraron porque el animal en cuestión estaba en el jardín escondido detrás de unos arbustos.

A partir de aquel episodio. Álex se dio cuenta de que si quería que no descubrieran a su mascota, tendría que jugar menos y arrimar más el hombro. Así, cada vez que los adultos se marchaban, Álex se dedicaba a barrer la casa y a meter los pelos de Ladrido en bolsas que escondía bajo su cama.

El niño desarrolló tal pericia barriendo que pronto la casa quedó libre de restos capilares del perro. Y sus padres, que no volvieron a encontrar pelo, dieron por supuesto que el animal que se había colado en la casa ya se había marchado.

Con la primera crisis superada todo volvió a la normalidad. Álex se levantaba, iba a la escuela con Ladrido, éste le esperaba a la salida, volvían a casa juntos, el perro entraba por la ventana, la madre preparaba dos bocadillos, los adultos se marchaban de casa y amo y mascota jugaban un poco y después el primero barría mientras el segundo le contemplaba con curiosidad. En pocas semanas, Álex ya había llenado una bolsa entera con el pelo del animal.

Un día, Álex volvió de la escuela y Ladrido, como siempre, le esperó al pie de la ventana para entrar clandestinamente en la casa. El niño saludó a su madre y fue a su habitación mientras su madre le preparaba los dos bocadillos de rigor. Cuando abrió la puerta, Ladrido ya estaba dentro. Álex, en un primer momento, sonrió, pensando que se había dejado la ventana abierta. Pero le cambió la cara al darse cuenta de que estaba cerrada. ¿Cómo diablos había entrado Ladrido en la casa?, se preguntó. Decidió no pensar demasiado en ello. No sabia cómo había entrado pero lo importante es que no le habían visto. Acarició al perro y un ladrido procedente del exterior le llamó la atención. Aquella voz canina era muy parecida a la de su mascota. Álex se acercó a la ventana y descubrió que al otro lado también estaba Ladrido. Se dio la vuelta para mirar al Ladrido de dentro y volvió a observar al animal de fuera. Sin duda, parecían idénticos. Se mesó el cabello sin saber qué hacer. Finalmente abrió la ventana y dejó entrar al animal. Los dos perros se olieron, menearon la cola y se sentaron delante de Álex. Éste buscó alguna diferencia entre los dos canes pero no halló ninguna, salvo el color de pelo. Respiró profundamente y se fue a la cocina.

-Mamá, ¿me preparas otro bocadillo?. Hoy tengo un hambre de lobo – le pidió con cara de pena.

-¿Jamón york y queso?- le preguntó la madre con una sonrisa.

-Umh… da igual- respondió Álex automáticamente. No sabía qué le gustaba al segundo Ladrido.

-Vaya, sí que tienes hambre… – concluyó la madre dándole tres bocadillos.

Álex sonrió agradecido y volvió a su habitación. La madre se marchó de casa al cabo de un ratito y el niño aprovechó la ocasión para dejar salir a Ladrido 1 y a Ladrido 2. El recreo duró poco. Dos perros dejan más pelo que uno. Álex barrió diligentemente la casa y guardó el pelo recogido en una bolsa de basura. La escondió debajo de la cama y se dio cuenta de que la otra bolsa estaba rasgada y que ya no había pelo en su interior. Ladrido debe haber jugado con ella, dedujo.

Al día siguiente Álex hizo la mismo que siempre pero con dos perros en vez de uno. Si había podido ocultar a Ladrido durante tanto tiempo también podría hacerlo con su gemelo. Y eso hizo, lo único que notarían sus padres es que en vez de dos bocadillos para desayunar y dos para merendar ahora necesitaría tres. Y como Álex estaba en la edad de crecer, su demanda de más comida no levantaría sospechas. Del pelo ya se encargarían él y la escoba.

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Al cabo de una semana ya había llenado otra bolsa de pelo. La dejó bajo la cama, encerró a los dos animales en el armario y se fue al comedor. Sus padres no tardarían en volver a casa. Cuando llegaron lo encontraron sentado en el sofá leyendo un libro. No sospechan nada de nada, pensó esbozando una sonrisa.

Después de la cena, Álex guardo los restos de comida que había dejado en el plato para dárselos a los dos Ladridos. Cuando entró en la habitación descubrió que los dos animales habían salido del armario y estaban acostados tranquilamente encima de la cama. Además, habían roto la bolsa donde tiraba el pelo.

-¡Bajad de la cama!- les ordenó enfadado.

-¡Mirad qué habéis hecho!- les señaló la bolsa destripada.

Los dos animales se lo quedaron mirando sin acabar de entenderlo. Estaban más pendientes de los restos de comida que de lo que les señalaba con el dedo.

-Álex, ¿con quién hablas?- la voz de su madre sonó desde el pasillo.

El susto hizo que a Álex se le cayera la comida al suelo, circunstancia que los dos canes agradecieron y aprovecharon. Los restos desaparecieron en un suspiro. Los pasos de la madre, tranquilos pero decididos e implacables como una colada de lava se iban acercando a la habitación. Álex abrió la puerta del armario para esconder a los dos animales pero se topó con una nueva sorpresa: ya estaba ocupado. Dentro del mueble había dos perros más. Álex miró a su espalda para verificar la magnitud de la tragedia: efectivamente, ahora tenía cuatro Ladridos. Además, su madre estaba casi a la altura de la puerta de la habitación.

-¡Álex!, ¿estás sordo?- preguntó la madre desde el pasillo.

Álex no estaba sordo sino a punto de sufrir una crisis nerviosa. Dentro del armario ya no cabían, debajo de la cama había tantos trastos que apenas podía meter la bolsa de pelo. El pomo de la puerta empezó a girar. Ya no tenía tiempo ni de abrir la ventana para echarlos a la calle.

-¡Espera, estoy desnudo!- es lo único que se le ocurrió decir para ganar tiempo.

El pomo detuvo su giro. La madre decidió respetar el pudor de su hijo y esperó. La mujer suspiró con melancolía y pensó en lo rápido que crecen los hijos.

-Mamá, ya puedes entrar- dijo Álex al cabo de un minuto. Su madre entró con el ceño fruncido.

-¿Con quién hablabas?, y ¿qué hacías desnudo?- preguntó la madre.

-Estaba ensayando una obra de teatro- improvisó Álex.

-Saldrás en una obra de teatro, ¿cuándo?- prosiguió el interrogatorio ilusionada por la noticia.

-No… umh… antes de Semana Santa- se inventó sin tener demasiado presente el calendario

-Semana Santa fue hace un mes- la madre sí que lo tenía presente.

-¡Ostras, cuántas preguntas!- se enfadó Álex preso de la impotencia.

-Álex, ¿te pasa algo? – preguntó la madre mientras le contemplaba con compasión.

-¿Pero qué dices? ¡Eso no se pregunta! – se ofendió aún más.

-Hablabas solo, estabas desnudo… ¿Quieres que tu padre hable contigo?

Álex miró a su madre aterrado.

-¡No!, ¡Quiero estar solo! Respetad mi intimidad – reclamó Álex cruzándose de brazos enfurruñado.

-No sé, estás un poco raro últimamente. Buenas noches – dicho esto, la madre dio media vuelta y se marchó de la habitación.

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Álex se dejó caer encima de la cama y resopló aliviado. Su secreto aún estaba a salvo.

-¡A ver si ordenas la habitación! ¿Piensas que no me he fijado en el montón de ropa apilada que tienes al lado de la cama? – la voz de la madre sonó a través de la puerta.

-Sí, mamá. ¡Mañana la ordenaré!- contestó Álex con el corazón saltándole dentro del pecho.

Los pasos de la madre se alejaron con tanta lentitud como se habían acercado hacía unos minutos. Cuando todo quedó en silencio, Álex rescató a los dos nuevos canes de debajo del montón de ropa que les había servido de escondrijo improvisado.

Aquella noche Álex durmió intranquilo no sólo por la aparición de dos nuevos Ladridos y porque su madre había estado a punto de descubrirlo sino porque con los cuatro animales en la cama él casi no cabía.

Al día siguiente por la mañana, los perros corrieron a esconderse buenamente donde podían antes de que la madre entrara a despertar a su amo. Milagrosamente no se fijó en la cola negra y peluda que asomaba por debajo del montón de ropa. Cuando el niño se marchó a la escuela los cuatro perros saltaron por la ventana chocando unos con otros. A la salida del colegio los amigos que siempre le acompañaban no se le acercaron porque tantos perros juntos les daba un poco de miedo. Álex llegó a casa cansado de no haber dormido demasiado y agobiado por la preocupante multiplicación de los canes. La madre le dio los tres bocadillos y le preguntó por sus ojeras. El niño no respondió y se encerró en su habitación.

Álex abrió la ventana para dejar entrar a los perros y se quedó dormido. Al cabo de un rato se despertó, vio la puerta de la habitación abierta y descubrió que los animales se habían marchado. Se levantó de un salto y salió corriendo hacia el comedor. Dos de los perros estaban persiguiéndose juguetones. Afortunadamente su madre no estaba en la casa. Fue a la cocina y encontró a los otros dos animales hurgando en la nevera. Uno de los armarios bajos también estaba abierto y había un montón de alimentos medio devorados por el suelo.

Aquella tarde acabó convirtiéndose en un infierno. Álex cogió a los cuatro Ladridos y los encerró en la habitación. Después ordenó, barrió y fregó para dejar la casa como los chorros del oro. Invirtió tanto tiempo que sus padres le pillaron aún con la bayeta en las manos.

-Álex, ¿seguro que no nos quieres contar nada?- esta vez fue el padre quien no pudo evitar preguntar, viendo a su hijo fregar por primera vez, y sin que nadie le hubiera obligado.

El niño resopló cansado. No respondió a su padre porque no le quedaban fuerzas ni imaginación para inventarse nada y se marchó a su habitación ante la mirada atónita de sus progenitores.

Al día siguiente, la escuela fue un suplicio. Álex tampoco había podido dormir y ahora tenía la preocupación no sólo de esconder a cuatro perros, sino de alimentarlos y de limpiar todo lo que ensuciaban. Aquella tarde se gastó las pagas semanales que había ahorrado durante todo el año para comprar comida para sus mascotas.

Cuando llegó a casa, la madre estaba un poco mosqueada porque en la nevera y en la despensa faltaban alimentos. Álex miró distraído hacia otro lado mientras ella le explicaba las desapariciones alimentarias. También le interrogó sobre por qué la casa estaba cada vez más sucia a la vuelta de la escuela. El niño alegó que había estado jugando al fútbol y que le tocó ponerse de portero. La madre dio por buena la explicación y no insistió. En realidad, la suciedad era debida a los juegos con sus efusivas mascota. Álex siempre acababa revolcándose con ellas en el suelo.

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La situación se fue repitiendo día tras día. La madre sabia que alguna cosa le pasaba a su hijo. En la nevera cada vez faltaba más comida, la despensa también sufría un espolio continuo. Álex volvía de la escuela sucio y cansado y se encerraba en su habitación durante horas. Y parecía que sólo salía para coger la escoba. También había dejado de alimentar a su tortuga Margarita. Además, a pesar de que su hijo comía como un león, estaba adelgazando. Si Álex se había enamorado de alguna niña, como ella sospechaba, lo estaba llevando francamente mal. O quizás tenía problemas con sus compañeros, pensaba también la madre.

Ante la sospecha de problemas en la escuela, los padres hablaron con su tutor para averiguar algo sobre el extraño comportamiento de su hijo. El hombre les confesó que últimamente le veía muy cansado y disperso y cuando abandonaba la escuela y a pesar de que se portaba bien con sus compañeros, ya no volvía a casa con ellos. La madre le preguntó si a Álex le gustaba alguna niña, a lo que el tutor no supo qué contestar. El padre, por su lado, le sonrió mientras culpaba de todo a las hormonas. El tutor tampoco le respondió.

Aquella noche, los padres interrogaron a Álex. Éste se inventó una historia sobre una niña que le gustaba y un conflicto con un niño de un curso superior. Sus padres vieron confirmadas sus sospechas y dieron por buena la bola de su hijo. Álex se quedó medio dormido tras la falsa confesión. Cuando volvió tambaleándose a su habitación se encontró con cuatro perros más. Ya había ocho. Se sentía tan cansado y agobiado que decidió obviar la nueva multiplicación canina. Aquella noche, los ocho animales durmieron en la cama y él en la alfombra. Al menos pudo descansar algo mejor que en los últimos días. Debajo de la cama, las dos últimas bolsas que había llenado de pelo estaban rasgadas y vacías.

Al día siguiente, los perros salieron atropelladamente por la ventana antes de que la madre entrara en la habitación. Hicieron tanto ruido que la mujer no pudo evitar preguntar que había pasado. Álex mintió de nuevo, y contó que se había levantado dormido y que había chocado con la mesilla de noche.

Aquella mañana, a los profesores se les hizo muy difícil dar clase porque en la entrada de la escuela un grupo de perros no paraba de aullar. A la hora del recreo, Álex recogió los restos del desayuno de sus compañeros y se los dio a sus amigos peludos. De los ocho solamente pudieron saciarse la mitad bajo la mirada contrariada del resto. No sabía qué podía hacer ni para esconderlos ni para alimentarlos. Ya no le quedaban ahorros y no podía robar más comida de la nevera y de la despensa de casa.

La desesperación, avivada por la insistencia de los hambrientos canes, obligó a Álex a hacer algo que no quería hacer. Cuando volvía de la escuela, escoltado por sus perros, entró en una tienda y salió corriendo de ella al cabo de un instante con un saco de pienso canino entre los brazos. El dependiente salió tras él pero se detuvo en seco ante la jauría. A pesar de ello, Álex no dejó de correr hasta llegar a casa.

Su madre, que estaba ante la puerta, despeinada y enfurruñada, le vio llegar con el saco en las manos y los ocho perros detrás.

-¿Y este saco? – le preguntó.

-Me lo he encontrado…- contesto Álex con poca convicción.

-¿Y estos animales?- continuó la madre cada vez más enfadada.

-Ni idea- continuó Álex encogiéndose de hombros.

-¿Puedes hacer el favor de entrar?- le espetó la madre.

Había dos Ladridos sentados en el recibidor. En el salón, cuatro Ladridos estaban saltando por el sofá mientras tres Ladridos más destripaban los cojines. Unos cuantos Ladridos se perseguían, subiendo y bajando las escaleras mientras dos Ladridos salían del baño peleándose por una toalla.

Aquella noche se celebró una reunión familiar extraordinaria. Estaban Álex, sus padres, su tutor, cuatro amigos de la escuela, el dependiente de la tienda donde había robado el pienso, la tortuga Margarita y alrededor de ellos, unos treinta Ladridos.

Álex, abatido por la cantidad de pruebas incriminatorias que le rodeaban no pudo hacer nada más que confesar. Explicó cómo había encontrado al primer Ladrido cerca de la escuela y cómo había decidido adoptarlo y esconderlo de sus padres, cómo lo había alimentado clandestinamente y cómo había ido eliminando las pruebas que dejaba por la casa. Les relató que escondía el pelo en las bolsas que había debajo de su cama y que los animales empezaron a multiplicarse sin control. Reconoció que al final ya no sabía ni dónde meterlos ni cómo alimentarlos y que se vio obligado a robar para evitar que se murieran de hambre.

Con cada nueva confesión, un animal desaparecía. Así, al final de la reunión y con Álex habiendo confesado todos los secretos y mentiras que se habían ido acumulando en su interior durante aquellas semanas, sólo quedó un único y solitario Ladrido.

Los padres hicieron prometer a Álex que no volvería a mentir, ni a robar, ni a esconderles nada. También le impusieron una serie de castigos y tareas para compensar todo lo que habían destrozado los perros, la comida que había cogido de la nevera y el pienso que había robado.

Pese a todo y entendiendo que Álex se había quedado con el perro por no dejarlo en la calle y que había demostrado que podía hacerse cargo de él, le permitieron quedárselo. De la misma forma también le recordaron que durante aquellas semanas ellos se habían encargado de cuidar de Margarita, pues él se había olvidado.

Aquella noche, Álex pudo descansar tranquilo por primera vez en varias semanas. Ladrido, ahora un miembro más de la familia, dormía en la alfombra. Encima de un mueble, la tortuga Margarita masticaba una gambita seca con satisfacción.

Debajo de la cama ya no había bolsas rasgadas ni pelo de perro. Igual que en el alma de Álex ya no había secretos, ni miedo, ni culpabilidad.

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

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