El baile del pingüino

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El baile del pingüino

Y Silvia se convirtió en un pingüino. No fue de la noche a la mañana, claro. La sorprendente metamorfosis empezó a finales del mes de enero. Algunos creen que fue por el frío, otros por su curiosa forma de andar: con los pies muy juntos y dando pasitos cortos; otros por la obsesión por el Ártico y las especies animales que lo pueblan. Sea como sea, sus padres no se dieron cuenta hasta que ya era demasiado tarde.

Todo comenzó, como ya hemos dicho, a finales de enero, cuando sus padres, que desde hacía ya bastantes años formaban parte de una comparsa de Carnaval, empezaron a confeccionar los disfraces. Cada año y de forma democráticamente asamblearia decidían cuál iba a ser el disfraz de Carnaval. Aquel año, por una mayoría de dieciocho votos a favor, a los que se les opusieron cinco en contra y se le sumó una indecisa abstención, se escogió ir de cisnes. De dicho proceso decisorio estaban excluidos los niños, cuyas edades oscilaban de los cuatro a los catorce años. Por tanto, Silvia que ya contaba con catorce primaveras a sus espaldas yendo ya por la quincuagésima, tuvo voz pero no voto. Y ante la obligación de disfrazarse de cisne, de su voz surgieron un montón de quejas e improperios varios que fueron hábilmente ignorados por sus padres. Se habían vuelto unos expertos, no era la primera ni iba a ser la última vez que lo hacían.

Los progenitores de Silvia contemplaban con estupor cómo el cuerpo y de rebote la mente de su hija iban cambiando y evolucionando hacía caminos inesperados para ellos, inciertos para ella. No así sus hermanos, Miguel y Sandra, de ocho y doce años respectivamente, cuya inercia les empujó a no moverse demasiado del sendero marcado. Miguel, un futbolero incansable que ya apuntaba las peores maneras de muchos adultos aficionados al balón al aplastar al rival a toda costa. Sandra, delicada y presumida, toda una protomujer por la que suspiraban todos sus compañeros de clase.

Ambos asumieron los roles aprendidos en el hogar y reforzados hasta la saciedad por su entorno y accedieron sin rechistar a disfrazarse de cisnes. De hecho, no les supuso un trauma excesivo pues se sentían bellos y admirables, además los trajes les iban a quedar como un guante. En cambio Silvia nunca se caracterizó por adaptarse demasiado a lo dado, así solía discutir fervientemente tanto con sus hermanos, sus padres, sus amigos o cualquiera que quisiera imponerle una conducta o pensamiento.

A medida que el frío enero fue dando paso a un no menos gélido febrero, Silvia, hermanos y padres se dispusieron, la primera con cara de perro, el resto con entusiasmo, a confeccionar los disfraces. Todos los miembros de la comparsa quedaban en un garaje para hacer los trajes unos, para construir la carroza otros, cada uno según su destreza o preferencias. Ahí surgió otro conflicto, pues Silvia quería ayudar con la carroza, cuyos encargados eran mayoritariamente hombres. Pero fue obligada, de forma más o menos explícita, a participar en la confección de los cisnes, a cuya tarea estaban dedicadas, en proporción aplastante las mujeres y los niños.

El primer día de trabajo en el garaje transcurrió con cierta normalidad. Silvia se dedicó a hacer las alas de su disfraz bajo la desconfiada mirada de su madre y la indiferencia de sus hermanos. Por la noche, tras la cena, Silvia se fue a la cama sin ni tan sólo dar la buenas noches. Su familia, que ya estaba bastante acostumbrada a sus desplantes, ignoró el gesto.

A la mañana siguiente, Silvia, que no había dormido nada bien, se levantó antes que sus padres y sus hermanos. Se metió directamente en la ducha y empezó a enjabonarse. Ya tenía formas de mujer y eso no la molestaba en absoluto, incluso se veía bien, proporcionada y atractiva, aunque no por eso iba a hacer de su cuerpo una bandera, al menos hasta que ella lo decidiera. Pero aquel día había algo que no funcionaba. Por algún motivo que no podía entender, tenía que hacer esfuerzos extras para llegar a extremos y rincones de su cuerpo que antes parecían fáciles de enjabonar. Cuando terminó, salió de la bañera y cogió una toalla percibiendo las mismas dificultades para secarse. Después del lavado y el secado, aunque sin abrillantado, vino el peinado. Por cuestiones prácticas había decidido y conseguido tras una agria discusión con su madre dejarse el pelo corto, justo por encima de los hombros. Su progenitora, de larga y cuidada melena, aún no se había adaptado al cambio. Ante el espejo creyó intuir la razón de sus recientes esfuerzos para llegar donde antes siempre había llegado: sus brazos parecían haberse acortado. No le dio mayor importancia y se vistió, como siempre, con ropa holgada.

Pero aquel día había algo que no funcionaba. Por algún motivo que no podía entender, tenía que hacer esfuerzos extras para llegar a extremos y rincones de su cuerpo que antes parecían fáciles de enjabonar.

Por la tarde y por imperativo familiar volvió al garaje y a la tarea de confeccionar su disfraz. Le fue más difícil que el día anterior y, no sólo por el desagrado con que afrontaba el trabajo, sino porque sus dedos habían perdido habilidad y el anular, el índice y el meñique habían quedado agarrotados juntos. Afortunadamente, el pulgar parecía funcionar como siempre. Así, con las manos convertidas en una especie de tenaza, consiguió con penas y trabajos hacer lo que serían los pies del disfraz.

Al día siguiente, la ducha diaria de Silvia se convirtió en poco más que un suplicio. Invirtió el doble de tiempo en asearse y eso tras una serie interminable de contorsiones para intentar llegar a cada rincón de su cuerpo. Sus brazos se habían acortado hasta casi la mitad. Además los dedos de sus pies habían decidido, por iniciativa propia, agruparse en tres facciones: el gordo por un lado, los dos del medio por otro y los dos restantes por otro. Todos seguían estando en sus pies pero ahora separados por varios centímetros. Si bien no le dolía sí que no lo pasó nada bien para calzarse los zapatos. Optó por unas botas de lluvia que le iban dos tallas más grandes y que su madre había comprado en un mercadillo en previsión de que la talla de los pies de su hija no quedara estancada en el trentaisiete.

El baile del pingüino

Tres días más tarde y con los extraños cambios de su cuerpo estancados o en franca regresión, continuó con la insufrible e inexorable tarea de construir su avatar carnavalero. Ahora tocaba añadir un montón de plumas al culo de unas mallas blancas. Aquella tarde fue especialmente traumática para Silvia, pues si alguna vez había vestido unas mallas, lo había hecho para calentarse las piernas en los días más fríos y éstas habían quedado escondidas debajo del pantalón. Lo de añadir el plumero y la visión de ella misma con eso puesto y moviendo el trasero al ritmo de algún éxito ante un montón de gente, casi la arrastra al vómito. Volvió a casa con un humor de mil demonios y no quiso ni cenar.

A la mañana siguiente le fue imposible ducharse. Sus brazos, inexplicablemente acortados hasta un tercio de lo que siempre habían sido y casi pegados al cuerpo, le hicieron imposible gran parte de las maniobras que ejecutaba cada mañana. Los dedos de sus pies habían vuelto a dividirse en tres facciones, ahora unidas por una especie de membrana, y sus muslos aparecían como pegados el uno al otro. Ante esta merma de sus capacidades se vistió buenamente como pudo y se dirigió a la escuela andando con pasos mucho más cortos de lo que acostumbraba. Ni sus compañeros de clase ni sus profesores parecieron dar demasiada importancia a los cambios de Silvia. Una de sus amigas sí que se aventuró a hacerle algún comentario, más bien tímido, y no sobre sus brazos o su forma de andar, sino sobre sus ojos, que parecían habérsele empequeñecido y su nariz, algo más puntiaguda, que se le juntaba con la boca. Silvia descubrió dichas mutaciones faciales al volver a casa y mirarse al espejo.

La próxima cita en el garaje para seguir con el traje de cisne sería dos días antes de Carnaval. Sólo quedaba un tocado con más plumas y una camiseta de manga larga de licra blanca y brillante. Silvia no estaba segura de que pudiera terminar el disfraz, sus brazos se habían convertido en una especie de aletas sin manos ni dedos, sus piernas estaban pegadas la una a la otra desde la ingle hasta lo tobillos y sus pies girados cada uno hacía el lado respectivo no le permitían demasiada movilidad. Su madre, lejos de preocuparse, no pudo dejar de criticar los andares poco elegantes de su hija, la poca gracia que tenía para vestirse y lo rara que la adolescencia le estaba dejando la cara.

Miguel y Sandra terminaron sus disfraces a tiempo, igual que su madre, que también confeccionó el
traje de su marido y dio los últimos retoques al de Silvia, ante la incomprensible incapacidad o falta de voluntad de ésta para hacerlo ella misma. Aquella noche, Silvia durmió en la bañera previamente cubierta con agua fría. Ahí se sintió más a gusto que en la cama. De hecho, no se movió hasta el día de la rúa. Una hora antes del desfile sus padres la sacaron de la bañera mientras sus hermanos ya vestidos de cisne y con la cabeza y el culo emplumados contemplaban la escena entre risas. Ella también se carcajeó de ellos pero a su manera, porque en vez de nariz y boca ahora todo se le había fusionado en una especie de morro duro, largo y afilado. Si os pillo os voy a arrancar las plumas con mi pico, pensó mientras intentaban vestirla también de cisne. Como las mallas no le entraban, le envolvieron las piernas, o mejor dicho el tronco, porque ahora su cuerpo parecía ser sólo un tronco con dos pies palmeados en la base, con una tela blanca a la que pegaron unas plumas ahí donde debería haber estado el trasero. La camiseta de licra no planteó mayores problemas. Hicieron un nudo en el extremo de las mangas con el tejido sobrante para que la ropa se adaptara a sus aletas y listos.

Ella también se carcajeó de ellos pero a su manera, porque en vez de nariz y boca ahora todo se le había fusionado en una especie de morro duro, largo y afilado.

Llegaron tarde pero a tiempo de empezar la rúa porque Silvia se movía con extrema torpeza y lentitud según sus padres y hermanos, y con indiscutible coherencia según ella misma. El desfile tuvo que interrumpirse en más de una ocasión porque la comparsa de los cisnes iba más lenta de lo esperado para que Silvia no quedara rezagada. Además, ésta fue incapaz de interpretar casi ninguna de las coreografías, bien por el odio atávico que sentía por los éxitos comerciales, bien por la imposibilidad física de efectuar la mayoría de movimientos.
Finalmente, después de una hora o más de desfilar por la calles abarrotadas de gente más o menos disfrazada, llegó la hora del concurso. Tras cada rúa, un jurado escogía la comparsa más original, o más trabajada, o más divertida, o que exhibiera un mayor sentido del ritmo.

Silvia estaba agotada y con ganas de volver a su bañera de agua fría mientras sus padres y sus hermanos esperaban con pocas ganas el veredicto. Estaban seguros de que su hija y hermana se había cargado toda posibilidad de salir premiados. Gran parte del resto de padres y niños disfrutaban de la fiesta y comentaban animadamente el transcurso de la rúa entre ellos y con la exhausta Silvia. Ella, sorprendida por la actitud de todos y empezando a reconocer que se lo había pasado mucho mejor de lo esperado, empezó a hablar con todo el mundo e incluso a bailar a su manera con los cisnes más pequeños.

Tras muchas deliberaciones y no pocas risas, los miembros del dicharachero jurado otorgaron el primer premio a un grupo en que iban todos vestidos de Darth Vader y que había construido una espectacular carroza con la forma del Halcón Milenario, encima de la cual estaban montados la Princesa Leia, Chewbacca, Han Solo y Luke Skywalker. El segundo galardón se lo llevó una comparsa con un ritmo y una coreografía endiablada formado por los integrantes de un club de Urban Dance disfrazados de rastafaris. Y el tercero y tradicionalmente último premio se lo adjudicaron a un nutrido grupo de espectaculares mariposas. El veredicto fue recibido con disparidad de reacciones por los integrantes de las veinte comparsas participantes. La decepción quizás fue la menos numerosa y todos jalearon al unisono a los ganadores.

Por la noche, los que se vieron con ánimos, que fueron la mayoría, asistieron aún calzados en sus disfraces al baile de Carnaval que se celebra cada año en el pabellón polideportivo del pueblo. Silvia, a priori alérgica a todo tipo de festejos multitudinarios, asistió a la fiesta con su traje de cisne contrahecho. Ni sus padres ni sus hermanos, que estaban viviendo el duelo de la derrota, asistieron. Ahí bailó y habló con todo el mundo, Darth Vaders y Han Solos, rastafaris y ejecutivos agresivos, ovejas y leones, hombres vestidos de mujer, mujeres vestidas de hombre, adultos ataviados como bebés, niños disfrazados de mayores, niñas convertidas en vaqueros y niños metamorfoseados en bailarinas, gansters y policías, cabareteras y trogloditas, mariposas y gusanos…

El baile del pingüinoAl terminar el baile, varios miembros del jurado subieron al escenario, dieron las gracias a todos y culminaron el discurso de fin de fiesta haciendo una mención especial a la comparsa de los cisnes que había incluido a un divertido pingüino entre sus filas.

Silvia volvió muy tarde a casa acompañada por los padres de una amiga. Ya en el hogar, vació la bañera de agua fría, se dio una ducha caliente con la intención de despertar a su familia y se enjabonó todo el cuerpo sin dificultad, llegando a cada rincón de su ser, recreándose en cada recoveco de su alma, sintiéndose feliz por aquel Carnaval inolvidable. Si aquella noche no conseguía despertar a su familia esperaría al día siguiente para dar la buena noticia a sus padres y hermanos: la comparsa de los cisnes había decidido por rigurosa mayoría, a pesar de faltar algunos de sus miembros, que en el siguiente Carnaval se disfrazarían de pingüinos. La casi quinceañera se metió en la cama muerta de sueño, con todas las extremidades en su sitio y con las medidas humanas estándar, sabiendo que mañana todo iba a ser aunque sólo fuera un poco distinto, tanto para ella como para su familia.

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

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