El frío verano del 16

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El frío verano del 16Llegué a la consulta a les tres menos diez de la tarde. Ya había tres personas en la sala de espera. Dos eran pacientes míos: Evaristo, setenta años, casi cien quilos de peso, rojo como un tomate, hipertenso, gotoso e hipocondríaco, se queja de todo menos de lo que tiene. Le entiendo, el vino y los embutidos son difíciles de sustituir.

Carlota, treinta y cinco años, cincuenta quilos de peso, o menos, excesivamente maquillada, con psoriasis leve pero que se le dispara con el estrés y, por lo que pude observar, no estaba teniendo una buena época. Alguna ruptura sentimental reciente, me dije. Probablemente había venido para hablarme de ello. El tercer paciente, al que no había visto nunca antes, fue el que me llamó más la atención. Era un hombre de unos cuarenta años, bien parecido y de peso indefinible por el montón de ropa que llevaba encima. Llevaba un abrigo muy grueso, una bufanda de lana, guantes también de lana y unos pantalones térmicos. Me quedé mirándolo, atónito.

En la calle, cuando venía para la consulta, el termómetro de la farmacia marcaba treinta y ocho grados. Incluso en el edificio del centro de salud, a pesar de tener el aire acondicionado muy alto, uno no podía evitar transpirar más de lo deseable. El calor se colaba por las rendijas de los edificios, atravesaba ventanas y persianas, se sumergía en las piscinas y convertía un baño refrescante en un baño de vapor improvisado. Sin duda estábamos en el verano más tórrido de los últimos cien años, según recordaban casi cada día los meteorólogos de todos los canales. Y aquel paciente desconocido parecía salido de un documental de cazadores de focas en el ártico.

El hombre pareció darse cuenta de mi estupor y me regaló una mirada inexpresiva. Sus dientes empezaron a castañetear. Desvió la mirada hacia la ventana, hacia la sombra del edificio que el sol imprimía en el ardiente asfalto y se abrazó a sí mismo para protegerse de un frío que sólo él sentía.

Aquel paciente desconocido parecía salido de un documental de cazadores de focas en el Ártico.

Entré en la consulta, me senté tras la mesa, encendí el ordenador, repasé unos papeles que me había dejado el médico de la mañana, revisé el correo electrónico y me dispuse a atender a los pacientes.

Hice pasar primero a Carlota. La pobre chica no paraba de rascarse los codos, entre los dedos de las manos y el cuero cabelludo. Hacía un mes que lo habían dejado con su pareja, tras cinco años juntos. Después de escuchar atentamente sus vicisitudes emocionales le receté una crema hidratante, un espray calmante para el cuero cabelludo y baños templados. La chica se marchó algo más tranquila y aparentemente con menos picores de los que tenía cuando entró.

Llamé al segundo paciente de la tarde. Evaristo entró en la consulta con paso lento y pesado, resoplando y poniendo muecas de dolor cada vez que apoyaba el pie izquierdo. No me habló de su pie sino de un conflicto con un vecino de escalera y su perro. La razón de su visita era que desde la aparición del problema vecinal se sentía más cansado de lo habitual y le dolía una oreja. Me preguntó si podía ser un tumor. Le respondí que no lo creía. Me contó que desde hacía un tiempo le costaba orinar y que el perro del vecino a veces se cagaba delante de la puerta del edificio. Debe ser la próstata, ¿verdad?, me preguntó. Le contesté que necesitaba más datos y le mandé hacer un análisis de orina.

– Raimundo Ferilache – llamé al siguiente paciente. El hombre del abrigo irrumpió en la consulta con decisión.

– ¿Puede bajar el aire?, por favor – me pidió con mucha educación pero con un deje imperativo que me incomodó ligeramente.

– Lo siento, el aire acondicionado está centralizado. No lo podría bajar aunque quisiera – respondí con frialdad mientras me secaba el sudor de la frente con un kleenex.

– Vaya, a este paso me voy a congelar. No recuerdo un verano tan frío desde hace años – se quejó visiblemente enojado.

– Bueno, ¿cómo se encuentra usted? ¿Qué le pasa? – se lo pregunté por cortesía pues en mi cabeza ya se había ido formando una idea bastante clara del paciente. Sólo me quedaba decidir cómo le derivaba disimuladamente a psiquiatría.

– Me he cortado en un dedo- y me acercó la mano izquierda enfundada en un grueso guante de lana.

– Ejem – solté un leve carraspeo – ¿podría quitarse el guante? – le pedí pacientemente a la vez que volvía a retirarme el sudor de la frente. Tener a aquel tipo vestido como un esquimal en la consulta aún me hacía tener más calor.

El hombre se quitó el guante de lana con cierta dificultad. Tenía el dedo índice envuelto con una venda.

– ¿Me permite? – le cogí la mano y le desenvolví el dedo. El corte no era muy grande pero el dedo estaba rojo e hinchado. Probablemente se le había infectado.

– ¿Con qué se ha cortado? – le pregunté sin soltarle la mano. Igual tenía que ponerle la vacuna anti-tetánica. Ojalá se haya cortado con un papel, me dije. Si finalmente tocaba ponerle la inyección, se tendría que quitar el abrigo y el montón de ropa que llevaba debajo.

– Con un hacha…o con un cuchillo de carnicero… no podría asegurarlo- me dijo mirando al techo pensativo y arrugando las cejas. Seguro que ha sido deshuesando una foca, pensé.

– ¿Cómo se ha cortado? – le pregunté para redondear el diagnóstico y para saber si tenía que mandarle ponerse la ‘antitetánica’.

El hombre, al que aún le sostenía la mano del dedo lesionado, me miró fijamente. Aunque su expresión era serena, también era fría y dura como el acero. Me sostuvo la mirada unos pocos segundos que se me hicieron inexplicablemente largos y terribles. Finalmente, me vi obligado a mirar para otro lado para escapar de su presa visual.

Me sostuvo la mirada unos pocos segundos que se me hicieron inexplicablemente largos y terribles.

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– Me he cortado despiezando a mi mujer… – dijo con tranquilidad a la vez que recuperaba su mano y se examinaba el corte del dedo.

– Me quedé totalmente mudo. Esa respuesta sí que no me la esperaba. De hecho, tampoco esperaba ver a un tipo vestido como un esquimal en pleno mes de agosto.

– Bueno, de hecho, sería mi ex mujer. Lo dejamos hace dos años. Bueno, lo dejó ella. Yo, al principio no me lo tomé demasiado mal. El trabajo me mantenía bastante ocupado… – el hombre, ante mi silencio, empezó a relatar su matrimonio fallido.

– Pero cuando volvía a casa no podía evitar acordarme de ella. En el sofá, cuando miraba la tele, faltaba alguien. En la mesa, cuando comía y cenaba, también había un vacío… Por no decir en la cama. Me pasaba noches enteras sin apenas dormir o durmiendo a ratitos, soñando que ella aún estaba a mi lado. Entonces me despertaba ocupando su región de la cama, abrazando su cojín… – y siguió contando su historia mientras yo procesaba el ‘cómo’ de su corte en el dedo.

– Poco a poco, y a pesar de la distracción del trabajo, la vida sin ella se me fue haciendo más y más insoportable. No podía estar en contacto con nada que me recordara a ella sin echarme a llorar. Era terrible…- continuó una narración que, si no fuera por su macabro punto de partida, no se distinguiría de muchas otras que he escuchado en la consulta.

Así que un día tomé la decisión de terminar con todo aquel sufrimiento – una tenue sonrisa se dibujó en el rostro inexpresivo de aquel presunto psicópata esquimal.

– Y la mató… – dije muy bajito para mí mismo. Derivarlo a psiquiatría no iba a ser suficiente.

– No – negó con serenidad mi tímida conclusión – Como no tenía nada más a mano cogí un hacha… la sierra mecánica, como el resto de herramientas, estaban en el garaje – el hombre levantó la mano derecha y cerró el puño como si volviera a empuñar el arma del delito– y ¡chas!

El paciente bajó el puño velozmente y golpeó la mesa. A pesar de hacerlo con tanta suavidad que ni se oyó el golpe, no pude evitar echarme para atrás asustado.

-¡Chas!, ¡chas!, ¡chas! – repitió la acción y la onomatopeya varias veces, astillando figuradamente mi mesa y mi aplomo. Quedé pegado al archivador que había detrás, con cara de susto y las manos crispadas alrededor del apoyabrazos de la silla.

-La emprendí a hachazos con la cama. La partí en dos y destrocé la parte que siempre había ocupado ella. Con los pedazos de madera, su cojín y los jirones de sábanas hice una fogata en el jardín. Aquel día, tras meses de llantos, no derramé ni una lágrima – el hombre empezó a tiritar.

-Me tranquilicé un poco pero seguí pegado al archivador. No quería estar demasiado cerca del paciente. No sabía si dejarle continuar, pedir ayuda disimuladamente por teléfono o salir corriendo de la consulta. Él, en todo caso y ajeno a mis procesos mentales, continuó con su historia.

 

La emprendí a hachazos con la cama. La partí en dos y destrocé la parte que siempre había ocupado ella. Con los pedazos de madera, su cojín y los jirones de sábanas hice una fogata en el jardín.

-Y unos días después de destrozar la cama hice lo mismo con el sofá del comedor, con la mesa, y con unos cuadros que había pintado ella y que no se había llevado. Y poco a poco fui sintiendo que recuperaba la confianza y que la paz volvía a mi alma – prosiguió, tiritando al mismo tiempo.

-Eso está muy bien – me atreví a decir con timidez.

-Eso pensé yo también. Pero, aunque había superado la tristeza, aún pensaba en ella. Así que podé todo lo que me la recordaba. Arranqué el asiento del copiloto de mi coche y una parte del maletero. Destruí los cedés con la música que le gustaba, quité y quemé las plantas del jardín que ella había plantado y sustituí todos los elementos decorativos de la casa que ella había escogido. Evidentemente también eché a la hoguera todos los álbumes de fotos: el reportaje de boda, el viaje a Tailandia, las vacaciones en la casa familiar de la Sierra, las fiestas con los amigos comunes, las celebraciones familiares… – el hombre iba moviendo las manos como manejando los recuerdos que iba enumerando.

-Entonces, ¿destruyó todo lo que le recordaba a su ex mujer? – le pregunté.

– Casi. De hecho, acabé quemando la casa y el jardín. Y también el coche. Y una cafetería en la que solíamos desayunar los domingos, incluso una parte del parque al que íbamos a pasear, ¡Pissss! – remató su historial pirómano con otra sugerente onomatopeya a la vez que hacía como que prendía un mechero imaginario con el pulgar. Volvió a tiritar, ahora con más violencia.

-¿Está usted bien? – Me preocupé. La insólita serenidad que mostraba su rostro contrastaba tanto con la terrible historia que me estaba contando como con los violentos temblores que agitaban su cuerpo.

-Me estoy congelando – me dijo algo molesto.

-Iré a hablar con el de mantenimiento a ver si puede hacer algo- encontré la excusa perfecta para escapar de aquel psicópata. Me levanté con decisión para salir de la consulta.

La insólita serenidad que mostraba su rostro contrastaba tanto con la terrible historia que me estaba contando como con los violentos temblores que agitaban su cuerpo.

El tipo se levantó al mismo tiempo que yo. Me sacaba dos cabezas y fuera por el exceso de ropa o por su verdadera constitución física parecía un verdadero armario. Interpuso su inmenso corpachón entre yo y la puerta y me miró con frialdad. Me quedé paralizado observándolo, buscando un hueco por el que escurrirme sin parecer demasiado ridículo. Aunque el hombre seguía tiritando, este aparente signo de debilidad no parecía que le restara ni un ápice de firmeza. Avanzó hacia mí y me puso la mano que aún tenía enguantada en el hombro.

-Siéntese, por favor. Creo que aguantaré – me sugirió amablemente.

-No, en serio. Creo que podemos arreglar lo del aire – quise convencerlo pero mi mirada de becerro degollado me delató.

-Siéntese- me repitió adoptando un tono más imperativo y aumentando la presión de su mano sobre mi hombro.

-Le hice caso y volví a sentarme en la silla. Necesitaba otro plan de escape. Pero no sabía cuál. El hombre no sólo era un psicópata gigante sino que iba enfundado en un abrigo tan grueso en el que podría guardar el hacha, el cuchillo con el que se había cortado e incluso una sierra mecánica. Él también volvió a su silla.

-Fue pasando el tiempo. Me cambié de casa, de coche. Incluso me fui a vivir lejos, a otra ciudad, a un sitio donde no hubiera nada que me recordara a ella. Me alejé de los amigos, de la familia y de todo aquel que hubiera podido tener contacto con ella. La tristeza desapareció por completo, y con ella las lágrimas. Los recuerdos, al no tener referentes cercanos a los que agarrarse, también desaparecieron casi totalmente. Pronto pude volver a trabajar con tranquilidad. Cada día regresaba a mi nueva casa, contemplaba mi nuevo jardín, me sentaba en mi nuevo sofá y dormía plácidamente en mi nueva y solitaria cama. Hasta que… brrrr, qué frío- el hombre se detuvo azotado por un violento ataque de temblores.

-Ahora sí, voy a llamar a mantenimiento. No quiero que se me congelen los pacientes- anuncié fingiendo indignación y sudando a mares tanto por la situación como por la ola de calor. Cogí el auricular para intentar pedir ayuda de forma disimulada.

-¿Quiere que le corte la mano?- me preguntó el paciente al tiempo que sacaba un enorme cuchillo de carnicero de su abrigo.

-Ah, ¿este es el famoso cuchillo?- le interrogué con una sonrisa histérica en los labios. Dejé el auricular en su sitio.

-Como le iba contando. Todo empezaba a encauzarse de nuevo en mi vida cuando, de repente, la volví a ver. El azar la había traído hasta mi nuevo rincón de mundo. Primero, en un supermercado cuando volvía de podar unos setos, después me topé con ella en una cafetería a la que iba a desayunar cada domingo, también la vi paseando por el parque y por la calle y sentada en un banco y conduciendo un coche muy parecido al que teníamos. Incluso apareció una noche tendida en mi nuevo jardín mirando al firmamento, y sentada en mi nuevo sofá acurrucada a mi lado, o en mi nueva cama ocupando su lado. Era muy raro, había días que la veía por todas partes y otros que apenas se mostraba. Fuera como fuera, su inesperada reaparición me obligó a tomar una decisión drástica. Tenía que hacerla desaparecer para siempre- el hombre acarició el filo del cuchillo de carnicero. Lo hizo con lentitud, recreándose en el frío tacto del metal, en las finas imperfecciones de la hoja, en su dureza, en su potencial homicida, en el reflejo de su propio rostro, tan frío y duro como el mismo cuchillo. Me estremecí. En aquel momento pensé que nunca saldría de la consulta con vida.

Todo empezaba a encauzarse de nuevo en mi vida cuando, de repente, la volví a ver. El azar la había traído hasta mi nuevo rincón de mundo.

-¿Cómo se llamaba ella? – me aventuré a preguntarle.

-La despedacé sin piedad. La corté en trocitos cada vez más y más pequeños hasta convertirla en polvo, hasta convertirla en nada, hasta convertirla en poco más que la sombra de un recuerdo – el hombre me miró intensamente y por primera vez creí ver algo más que frialdad y dureza tras aquellos ojos.

-No lo recuerdo bien pero creo que se llamaba Sara – la comisura de sus labios se contrajo de forma extraña cuando pronunció el nombre, como queriendo dibujar los extremos de una sonrisa. Una sonrisa breve, fugaz y tenue, casi imperceptible.

-Tengo algo de calor – El hombre se levantó, se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de la silla. Debajo llevaba un jersey de lana y una camisa de franela.

-¿Qué hacemos con el dedo? – me preguntó dejando el cuchillo en mi mesa.

-Bueno…umh…como el corte no es muy profundo, limpie bien la herida con agua o suero y desinféctela con Betadine. Cúbrala con una tirita o algo similar y si no mejora vuelva a pasarse por aquí y veremos qué hacemos – solté casi automáticamente sin entender muy bien lo que estaba pasando. ¿Iba a marcharse sin más?, me pregunté.

-Gracias doctor – el hombre abrió la puerta de la consulta.

-¿Y el cuchillo? – le pregunté empuñando el cuchillo con el que hacía unos minutos creía que me iba a destripar.

-No lo necesito. Quédeselo, corta muy bien. Incluso demasiado – me mostró de nuevo el dedo herido a modo de ejemplo y se marchó de la consulta.

Me recosté en la silla, abatido y con el cuchillo en la mano. Respiré hondo varias veces para recuperarme del susto. Contemplé el cuchillo, tenía una gran muesca cerca de la empuñadura. El mango, de madera oscura, tenía una especie de veta más clara que lo recorría. Aquel día no visité a ningún otro paciente.

Al día siguiente y tras pasar una muy mala noche debatiéndome en un mar de pesadillas colmadas de cuchillos, hachas y ropa de abrigo, volví a la consulta. Llegué como siempre, a las tres menos diez de la tarde. En la sala de espera sólo había una chica, bajita y delgada, muy guapa. Quizás era una nueva paciente.

Al día siguiente y tras pasar una muy mala noche debatiéndome en un mar de pesadillas colmadas de cuchillos, hachas y ropa de abrigo, volví a la consulta.

Entré en mi consulta, encendí el ordenador, revisé la documentación que me había dejado el médico de la mañana y me dispuse a empezar las visitas.

La paciente desconocida se llamaba Sara Cervín. Me contó que tenía migrañas desde hacía unos dos años. Éstas empezaron justo a la semana de separarse de Raimundo, su ex marido. Tras la separación, él decidió cerrarse en banda y borrar cualquier cosa que le recordara a su anterior relación: el coche, la casa conyugal, los paseos por el parque, las noches abrazados en el sofá, las tardes de domingo en la cafetería de la esquina, todo. A pesar de que fue ella quien decidió terminar la relación le dolía la reacción de su ex marido, su aparente y repentina ausencia de emociones, su extremo desapego…

La escuché con atención, como hago con todos mis pacientes y le receté un antiinflamatorio.

La mujer, antes de marcharse, se fijó en el cuchillo que el extraño paciente del día anterior había olvidado en la consulta y me dijo que su ex marido tenía uno muy parecido, también con una muesca en el filo y con una veta más clara que recorría el mango.

Respiré hondo y contemplé como se marchaba. Luego miré el cuchillo, ya sin inquietud, y sonreí.

David Puig

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

https://davidpuigescriptoralsnuvols.wordpress.com/

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