Daniela

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Daniela

Daniela siempre había sido una niña bastante singular, a la que muchos calificarían como ‘rara’. Su actitud respecto al resto del mundo se alejaba del estándar. Ya de bebé apuntaba maneras poco convencionales de relacionarse con el resto de sus babeantes congéneres.

En la incubadora, su primera casa después de salir del útero antes de tiempo, exhibía una actitud más bien flemática: no lloraba ni se quejaba en absoluto y escrutaba con curiosidad a sus vecinos de pecera y a las enfermeras. Ya fuera de la sala de prematuros, demostró que no se casaba con nadie. Sólo le sonreía a sus padres y al resto de humanos, como mucho, les miraba con escepticismo. Con el tiempo añadió a sus afectos a los abuelos, a dos de sus tíos, a un primito suyo más bien callado y taciturno, y a Pituso, la mascota de la familia, un bulldog rechoncho y de buen corazón. Fuera de este selecto grupo, no había nadie que pareciera interesarle. Así, en el parque, mientras los otros niños hacían por congeniar entre ellos, Daniela no pasaba de mantener una actitud distante y se distraía jugando sola.

Por aquel entonces sus amigos eran las piedras, los árboles y su inseparable bulldog. Que no jugara o no se relacionara con la mayoría de mortales no significaba que fuera callada. En absoluto, Daniela hablaba por los codos y a los tres años ya podía mantener conversaciones inauditas en alguien de tan corta edad. Pero sólo hablaba con quien le interesaba. Y si no tenía nadie con quien hablar, leía. Inició su camino por el mundo de la literatura a los tres años, algo antes que el resto de niños. Pronto los cuentos infantiles empezaron a saberle a poco y comenzó a reclamar lecturas menos simplistas. Los padres de Daniela contemplaban a su hija con una mezcla de admiración y preocupación pues su rápida evolución intelectual parecía ir en detrimento de sus habilidades sociales.

Esta circunstancia adquirió tintes dramáticos cuando empezó primaria. Por entonces aquella niña singular ya contaba con seis años, una capacidad intelectual sobresaliente y ni un miembro en su club de amistades infantiles. Por este motivo, sus padres decidieron llevarla a un psicopedagogo. A pesar de ello, parecía una niña feliz, jugaba con su perro, con su primito, conversaba con sus familiares más cercanos, leía compulsivamente y desde hacía un tiempo había empezado a dibujar.

Daniela

En el colegio obedecía a la maestra, hacía los deberes y tenía un comportamiento ejemplar durante las clases. En el recreo, se apartaba del resto de niños y se dedicaba a observar lo que pasaba a su alrededor con cierta fascinación. Su vida seguramente habría continuado en este estado de contemplación y reflexión si no hubiera sido por un acontecimiento que le hizo plantearse algunas cosas. Sus padres decidieron separarse de mutuo acuerdo y de forma lo menos traumática posible para todos. Daniela, aparentemente, vivió el proceso con serenidad y comprensión. Pero había algo que se le escapaba. Aquella niña había razonado la decisión de sus progenitores y la había entendido pero había una parte de ella que no podía aceptar aquel cambio. Sus emociones, que hasta el momento se habían quedado en un segundo plano, gritaban algo que su razón no podía procesar.

Por entonces aquella niña singular ya contaba con seis años, una capacidad intelectual sobresaliente y ni un miembro en su club de amistades infantiles.

Daniela se volvió arisca de la noche a la mañana. Dejó de obedecer a los profesores y empezó a relacionarse más intensamente, por decirlo de alguna manera, con los otros niños. No había día en que no gritara o se peleara con alguien. Su comportamiento poco o nada sociable siempre había hecho que fuera considerada un bicho raro y eso hacía que sus compañeros se metieran con ella. Daniela, hasta antes de la separación, siempre había ignorado las provocaciones y las bromas. Pero ahora reaccionaba con una agresividad inesperada ante cualquiera que se atreviera a molestarla. Dicho cambio le alejó aún más del resto de niños.

La niña estaba enrabietada consigo misma y con el mundo y no sabía cómo lidiar con su tormenta interior. Además, ahora ya no miraba a los otros niños con indiferencia, sino con ansia. Daniela, por primera vez, necesitaba hablar con alguien de lo que pasaba en su interior pero no se veía capaz. Para ella era como si una densa barrera invisible le separara inevitablemente del resto de la humanidad. Y eso la ponía triste, muy triste.

Sus amigos literarios no la podían ayudar pues era ella quien les daba vida y voz, los personajes de sus dibujos, increíblemente bien hechos para alguien de su edad, tampoco le daban la conversación que ella anhelaba.

Un día, tras las burlas y las bromas de rigor en la escuela, y unas cuantas peleas infantiles a la espalda, Daniela volvió a su casa, andando, sola y taciturna. El sol le daba de frente y ella entornaba los ojos desafiante ante su hiriente resplandor. El astro rey no iba a acobardarla, se dijo. De repente, un susurro a su espalda le llamó la atención.

-Ssssss, Dan…i…e…la…sssss

-¡Dejadme en paz!- gritó sin darse la vuelta, creyendo que algún niño la había seguido para incordiarla.

-Ssssss, va…a….serrrrr…di…fí…cil….ssss – respondió el extraño susurro.

-¡Que me dejéis en…!- se volvió y no terminó la queja al ver que no había nadie detrás de ella.

Daniela giró varias veces sobre ella misma buscado el origen del susurro. Pero no vio a nadie. La calle era ancha y sin ningún recoveco donde poder esconderse.

-Sssss…psss, pssss… aquí… abajo -le informó el susurro.

Y la niña miró abajo, a sus pies, sin ver nada más que sus zapatos manchados de barro.

-Sssss… no… abajo… y… a… tu…espal…da -le indicó el susurro.

Daniela miró abajo de nuevo y atrás. De cada uno de sus talones nacía una sombra que se alargaba hasta formar un oscuro cuerpo infantil de niña, un calco en dos dimensiones de su propio cuerpo.

-Ssss… Ahora sí… ¿cómo… es…tás? -le preguntó la sombra a la niña a la que estaba pegada.

Daniela miró a su alrededor convencida aún de que se trataba de una broma pesada. Pero en esa calle sólo estaban ella y su sombra.

– No es… ninguna… sssss… broma… ssss. Soy tu propia sombra… sssss -confirmó la figura oscura que estaba pegada a sus talones.

– Pero… ¿Cómo?… – balbuceó la niña.

– Ssss… yo… también… me siento… sola. Podríamos… ser… ssss… amigas… -se ofreció.

-Umh…- dudó Daniela aún si creer lo que le estaba pasando.

-Ssssssiempre he estado contigo y…. siempre lo estaré. Entonces… mejor ser amigas… ssssss

Daniela contempló a aquel ente oscuro que surgía de sus pies y que probablemente la estaba observando con unos ojos disueltos en oscuridad. Y pensó: ¿por qué no? Me será más fácil hablar con ella que con los otros niños.

-Encantada – la niña sonrió a su sombra y le alargó la mano en señal de amistad.

Daniela volvió a su casa, andando, sola y taciturna. El sol le daba de frente y ella entornaba los ojos desafiante ante su hiriente resplandor.

Daniela ya tenía una nueva amiga, su única amiga. Quizás no era como los niños y niñas de la escuela pero, al fin y al cabo, ella tampoco se sentía como uno de esos críos alborotados y gritones.

La niña y su sombra no tardaron en fraguar una sólida amistad. Daniela le hablaba de sus lecturas, le mostraba sus dibujos, recordaba los momentos felices vividos con sus padres, cuando aún estaban juntos, jugaban con Pituso y con la sombra de Pituso, el bulldog también venía con un ente oscuro pegado a sus patas.

Daniela y su sombra se lo pasaban de fábula aunque a veces discutían. Las dos tenían un carácter endiablado y no solían dar su brazo a torcer. Pero al ser inseparables, les era difícil estar demasiado tiempo enfadadas.

La nueva amistad de la niña dejó atónitos a niños y adultos. Mientras los adultos decidieron llevarla de nuevo al psicopedagogo, los críos empezaron a observar con curiosidad a aquella compañera extraña que hablaba con su sombra.

La niña y su amiga no sólo compartían gustos, juegos y confidencias sino que se ayudaban la una a la otra. En una ocasión en que un niño se acercó y pisó, queriendo o no, a su sombra, Daniela le soltó un sopapo que lo tumbó de espaldas ante la mirada atónita del resto de críos. El abusón de la clase había sido derribado por la niña extraña, se dijeron todos.

Unos días más tarde, el niño volvió a la carga, ahora contra Daniela. No podía permitir que todos creyeran que le habían humillado. El abusón se acercó a la niña por la espalda sin pensar en que ya hacía un tiempo que las tenía bien cubiertas. Su traicionera maniobra tuvo su justo castigo. La sombra sacó un pie a tiempo para que el crío tropezara y acabara mordiendo el polvo de nuevo. El resto de niños que se habían juntado en el patio para contemplar la terrible venganza del abusón de la clase se encontraron con una nueva e inesperada sorpresa: la niña y su sombra habían vencido de nuevo.

Diagnosticos o etiquetasAquellos dos episodios hicieron crecer la popularidad de Daniela, lo que no era muy difícil, pues todos sus compañeros la tenían por una niña loca e intratable.

Un día, a la salida de la escuela, un par de niños se acercaron a Daniela y a su sombra que volvían, como siempre, solas a casa.

-¡Vaya paliza le diste a Víctor! -dijeron los dos niños al unísono.

-Eh… umh – Daniela se quedó sin palabras. Habría esperado cualquier cosa de sus compañeros, bromas, insultos, risas, pero una frase más o menos normal…

-Es un bruto. Se mete con todo el mundo – dijo uno de los niños.

-Umh – volvió a intentar hablar mientras la sombra tiraba de sus talones para animarla.

-¿Qué estás leyendo? – le preguntó uno de los niños al ver el libro que llevaba en la mano.

-Umh sí, se titula Rebeldes – dijo mirando la portada, aunque ya sabía el título.

-¿Es divertido? – la interrogó el otro niño sonriendo.

-Bueno, hay partes que sí y hay partes que no… – dicho esto dio media vuelta y se marchó a paso ligero sin despedirse de los dos críos.

Mientras se alejaba, Daniela empezó a notar que le costaba andar, era como si le pesaran los pies.

-Ssssss… ¿Por… qué te vas? – le preguntó la sombra a la vez que tiraba de sus talones.

-Tengo prisa – le contestó enojada.

-Parecían buenos chicos – le replicó la sombra.

-Tengo prisa – repitió Daniela.

Aquellos dos episodios hicieron crecer la popularidad de Daniela, lo que no era muy difícil, pues todos sus compañeros la tenían por una niña loca e intratable.

Aquella noche, por primera vez desde que se habían hecho amigas, Daniela y su sombra no cruzaron palabra. La niña apagó la luz y su amiga se fundió con la oscuridad.

Al día siguiente, el sol volvió a dar forma a la sombra de Daniela pero las dos amigas no hablaron. Bueno, de hecho no se hablaron entre ellas, porque la sombra sí que habló, pero con las sombras de otros niños y niñas.

En el recreo, mientras Daniela se encerraba en su rincón particular leyendo y fabulando, su sombra, aprovechando que el sol estaba bajo en el horizonte alargó su cuerpo oscuro para acercarse a las sombras de otros niños. De vez en cuando, Daniela levantaba la cabeza del libro y contemplaba con curiosidad y envidia cómo su singular amiga jugaba con las sombras de sus compañeros.

La situación se dilató durante varios días en los que niña y sombra apenas intercambiaban algunas palabras. El orgullo de ambas les impedía romper aquel silencio tenso y absurdo que las atenazaba. Daniela ardía de ganas de preguntar sobre los otros niños y la sombra echaba de menos sus largas conversaciones y quería compartir lo que había aprendido jugando con las otras sombras.

Y llegó el viernes y con él una fiesta escolar para celebrar la Navidad antes de empezar las vacaciones. Todo el colegio estaba engalanado con cintas de colores, bolas, árboles de Navidad, pesebres elaborados por cada clase y alegres villancicos sonando por todas partes. Daniela estaba triste, sería la primera Navidad tras la separación de sus padres, sentía que su mejor amiga la había traicionado y que el mundo entero estaba feliz sin que ella pudiera participar de la dicha.

Como siempre hacía, escogió un rincón de la realidad para hundirse en su propio mundo. Intentó leer pero las frases parecían no tener sentido, intentó dibujar pero su mano mostraba una torpeza inaudita, intentó no pensar pero los ecos de la Navidad en la escuela y de su propia tristeza no se lo permitían. E hizo algo que aún no había hecho desde que había nacido: empezó a llorar.

De vez en cuando, Daniela levantaba la cabeza del libro y contemplaba con curiosidad y envidia cómo su singular amiga jugaba con las sombras de sus compañeros.

Los sentimientos de Daniela, tanto tiempo esclavizados en su interior, empezaron a resbalar por sus mejillas, a mojar los retales de falsa realidad impresos en su libro, a emborronar los torpes trazos de grafito de un dibujo a medio hacer, a humedecer y a ablandar su alma.

-¿Daniela? – una voz infantil irrumpió en su vasta y amurallada tristeza.

La niña apartó la mirada de sí misma y se encontró con los ojos de otra niña. A los pies de la criatura una sombra se daba la mano con su propia sombra.

Daniela se levantó, dejó de lado el bloc de dibujo, el libro y parte de su tristeza y sonrió a la niña con agradecimiento. Le dio la mano y se dejó guiar hacia las risas y los llantos del resto del mundo.

Daniela

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

David Puig Ferrer

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

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