Educar con límites, una apuesta segura

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Educar con limitesEducar con límites encierra en sí misma una connotación que en principio puede parecer negativa, pues sugiere restricción, coacción de la libertad y autoritarismo. En cambio, desde que nacemos recibimos una educación con límites y, aunque sea de forma inconsciente, los establecemos cuando damos el pecho o el biberón (admito que hay varias teorías al respecto y no entraré en ello), a la hora de dormir, durante el baño… Son límites que permiten al bebé adquirir unos hábitos, una rutina.

Los límites son fundamentales para el desarrollo de la personalidad de los niños porque actúan como una prueba que ellos intentarán saltar para comprobar hasta dónde llega el adulto.

La manera de establecer unos límites en la educación de nuestros hijos dependerá del estilo de padres que somos o queremos ser. Hay padres que interpretan los límites como una privación en la libertad del niño y son negligentes en su educación. Por otro lado, conocemos padres excesivamente estrictos que no permiten flexibilidad alguna. No es preciso decir que lo deseable es una actitud intermedia en la que los padres estén de acuerdo y marquen pautas consensuadas.

Si nos preguntamos cuál es el primer paso para marcar límites, yo propondría que instaurar el RESPETO recíproco entre padres e hijos (aspecto que a veces olvidamos) y adaptar las normas y los acuerdos en función de la edad del niño.

No existe un manual de instrucciones que nos indique cuáles son los límites ideales, ni cómo o cuándo establecerlos. Pero sí que deberíamos entender las normas y límites como una muestra de cariño y atención hacia los peques, en la medida en que les enseña sus derechos y les permite desarrollar un sentido de protección, cuidado, autocontrol y convivencia familiar.

Marcar límites no significa gritar, amenazar o reprochar, sino enseñar a los hijos a saber lo que esperamos de ellos.

La idea de marcar límites o normas no significa gritar, amenazar o reprochar. Es aconsejable mantener la calma para aceptar que la imposición de ese límite puede generar una rabieta en el niño. Precisaremos de esa serenidad para que, una vez pasado el enfado, reflexionemos con nuestros hijos sobre lo que ha sucedido. Es positivo darles espacio y tiempo para que expresen sus sentimientos, saber cómo se sienten y empatizar con su situación, sin ceder a su demanda.

En realidad, deberíamos practicar todos los días el ejercicio de ESCUCHA y no esperar que se provoque un altercado para ello. Pararnos un momento en nuestra ajetreada vida y pensar CÓMO está nuestro hijo: ¿se siente feliz o, por el contrario, está triste o frustrado?, ¿Por qué no me hace caso?…

Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos no implica actuar en detrimento de su educación. Podemos establecer las normas de forma tranquila y firme cuando todo está en calma, y nunca evitar ponerlas para evitar el conflicto, ya que no hacerlo en ese momento no garantiza su desaparición a posteriori. Es obvio que el hecho de no establecer normas y límites resulta más cómodo para evitar discusiones, berrinches, una mala contestación… Pero a la larga será perjudicial para el niño, pues no le habremos dotado de las herramientas necesarias para su equilibrio emocional, para aceptar frustraciones, opiniones diferentes, conseguir autocontrol. En definitiva, para solucionar y reaccionar ante las diversas situaciones de la vida cotidiana.

Nunca es tarde para educar con límites y conseguir que el niño y el adolescente se conviertan en personas responsables, autónomas y con criterio propio.

Nunca es tarde para marcas límites. Es más, los iremos adaptando a medida que el niño se hace mayor. Pero sí es cierto que su aplicación debe ser progresiva y adecuada a la edad y situación. Sólo de esta manera conseguiremos que primero el niño y después el adolescente se conviertan en personas responsables, autónomas y con criterio propio.

Antes de finalizar, me gustaría resaltar un par de conceptos a tener en cuenta:

  • La familia no siempre es una democracia. Hay normas y pautas susceptibles de ser consensuadas, y otras en las que el criterio de los padres es prioritario, como adultos que son. En este caso, cuando establezcamos la norma, podemos justificar y razonar su razón de ser para que sea comprendida (o no). Esta explicación no la daremos en todas las ocasiones en la que se aplique, simplemente en el momento de plantearla por primera vez.
  • No confundamos nuestro rol de padres con el de amigos. Mezclar estos roles da lugar a interpretaciones erróneas de las cuales es complicado salir. Al mismo tiempo, tiene consecuencias directas en la forma de relacionarse entre padres e hijos: uso de ciertas expresiones, aceptación de las normas establecidas, falta de respeto… Será mejor prevenir de antemano y no caer en esa tentación.
  • Las normas y los límites deben ser claras para el adulto, puesto que será el encargado de transmitirlas al hijo.
  • Los padres han estar de acuerdo antes de establecer una norma. Lo ideal es discutirlo en privado y no delante de los hijos, en una situación determinada.
  • Transmitiremos las normas en positivo. Para el niño es más fácil entender lo que puede hacer que lo que se le prohíbe.
  • Explicaremos al niño que las normas se respetan porque tienen un sentido, no porque las impone el adulto.
  • Advertiremos que no cumplir una norma o no respetar un límite trae consecuencias. Es importante hacer entender este punto porque a medida que se hacen mayores saben de antemano qué efectos tiene una conducta determinada.
  • Diremos “no” con sentido, no en función de nuestro humor en ese momento o de cómo nos ha ido el día.
  • Las normas y límites son consecuentes con la edad de cada niño. Siempre será mucho más eficiente y educativo disponer de una lista concreta (y no muy larga) de conductas deseables.
  • Ante actitudes correctas siempre realizaremos un refuerzo positivo. Es mucho más importante destacar lo logrado que no la carencia.
  • Seremos pacientes y constantes. Una vez establecidos los límites, el niño hará el intento de saltarlos. Mejor contar hasta tres antes de explotar y decir algo de lo que después nos podamos arrepentir.

Sabemos que educar es una tarea difícil. Cada niño tiene una personalidad y se dan situaciones familiares particulares y múltiples variables que juegan un papel importante y a veces dificultan nuestra tarea, pero el solo hecho de intentar establecer unas pautas de conducta consensuadas ya es un gran logro. De ahí a conseguirlo dependerá de nuestra habilidad, paciencia y perseverancia.

Carme Pau

Carme Pau Gómez

Pedagoga

Colegiada 1845

Pedagogo online

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