El cupcake de Proust

con No hay comentarios

El cupcake de ProustAquella tarde el viento corría entre los árboles más deprisa que otros días y una tormenta que había permanecido adormecida detrás de las montañas había ido oscureciendo el cielo. Un destello resaltó la silueta de los cerros que delimitaban el pueblo y un trueno rubricó el despertar definitivo de la tempestad.

El suelo tapizado de adoquines empezó a mostrar aquí y allá la huella acuosa de las primeras gotas. Un nuevo relámpago iluminó con más intensidad el cielo y otro trueno, potente y orgulloso, me confirmó que la tormenta ya tenía el pie posado en el cuello de la ciudad.

Me cobijé en una cafetería unos instantes antes de que comenzara a llover a cántaros. Contemplé la cortina de agua que había dejado a mi espalda con una mezcla de alivio y melancolía. Me dirigí a la barra. En una vitrina había ensaimadas pequeñas, cruasanes, churros y también magdalenas. Pensé en pedirme una y acompañarla con un té, como Proust, en “En busca del tiempo perdido”. Desestimé rápidamente la magdalena, no quería ponerme a recordar el pasado. Opté por un cupcake de color azul turquesa coronado con una rosa pequeña de fondant, y salpicada de toppings de almendra picada y pepitas de chocolate negro. La acompañé con un café con leche.

Al fondo del local, pequeño y acogedor, había una mesa medio escondida en un rincón. Me senté en una de las dos sillas que la flanqueaban. El camarero no tardó en aparecer con la merienda que había pedido. Arranqué un pedacito de aquella especie de magdalena venida del futuro y la mojé en el café.

En el preciso instante en que el gusto del café empapando las entrañas del cupcake entró en contacto con mi paladar, mi mente retrocedió sin previo aviso a la vieja masía que mis tíos tenían en un pequeño pueblo del Segriá. El caserón rodeado de campos de cebada, aquel perro repleto de pulgas, mi tío cabalgando en su tractor, las tardes calurosas bajo la morera, el estanque donde nos refrescábamos cada verano, un racimo de escenas de una parte de mi vida, que ya hacía tiempo que había dejado de existir, me vino a la mente. No sé muy bien por qué pero aquel gusto, que poco tenía que ver con las magdalenas con leche que me preparaba mi tía del pueblo, reactivó mi memoria. Quizás el espíritu de Proust, que se escondía dentro de todas las magdalenas del mundo, ahora también se había colado en las cupcakes.

Quizás el espíritu de Proust, que se escondía dentro de todas las magdalenas del mundo, ahora también se había colado en las cupcakes.

El extraño sabor de aquel pequeño bocado, en el que se mezclaban el amargor revitalizante del café y la acidez refrescante de un aromatizante de limón, me llevaron a revivir aquella época como quien vuelve a ver una película antigua. Pero por desgracia, el metraje había perdido definición y las caras de los protagonistas aparecían desdibujadas, el sonido también era tan deficiente que había deformado los diálogos haciéndoles perder palabras y matices. Todo parecía poco más que una parodia de la experiencia original. Los años habían pasado por encima de la memoria como una apisonadora. Aquel inesperado reencuentro con los recuerdos me provocó cierta tristeza.

Di otro bocado al cupcake, no sé si para seguir encontrando esencias que me refrescaran aquellos veranos desaparecidos o quizás para buscar un sabor nuevo que me rescatara de aquel viaje al pasado en el que yo no había decidido embarcarme. Inesperadamente, el gusto dulce y mantecoso del fondant me arrancó de la masía y me envió muy lejos del campo leridano y de lo que su evocación me había provocado. El viaje mental desencadenado por la pasta multicolor dio un giro de ciento ochenta grados y me propulsó hacia el futuro.

Rememoré una gran cúpula azul turquesa erigiéndose orgullosa, imponente, en una árida estepa rojiza. El viento tan pronto se encarnizaba con el edificio con la virulencia de un huracán como la acariciaba con la ternura de la brisa de una noche de verano. Yo, desde el interior del edificio, contemplaba los constantes cambios atmosféricos del exterior con pesar y fascinación. Sabía que tarde o temprano llegaría la gran tormenta, la que se extendería por todo el planeta, la que nos sumergiría en una noche larga y densa. Mi alma, apaciguada por el anochecer marciano, no se dejó capturar por los malos augurios y vagó distraída entre el resto de pensamientos. En Marte tampoco había mucho qué hacer.

El cupcake de Proust

Continué escrutando el exterior. A unos cincuenta metros de la estación espacial que nos protegía a mí y al resto de la expedición había otra cúpula. Era mucho más pequeña, quizás una décima parte de la estación, y de color sepia, como el virado de una fotografía antigua. Quedaban aún dos días marcianos para que tuviera que volver a ella a hacer el cambio de cuerpo. El clima de Marte, mucho más frío que el de la Tierra, las monstruosas tempestades de arena y el exceso de metano atmosférico hacían que un cuerpo adaptado a las condiciones benignas del planeta azul no fuera nada viable. Así, la única forma de mantener una colonia humana en la superficie del planeta rojo pasaba por una solución tan imaginativa como traumática: el relevo corporal.

El edificio adyacente a la estación era el generador de cuerpos sintéticos. Cada seis meses teníamos que mudar nuestra consciencia a un nuevo cuerpo. La primera muda la habíamos hecho en la Tierra, antes de iniciar el viaje. Si bien el trayecto hasta Marte no duraba más de dos meses, el constante bombardeo de rayos cósmicos, la radiación ionizante, la baja gravedad y otros problemas logísticos hacían que la mejor opción fuera la de enviar dobles sintéticos de los tripulantes. Los cuerpos artificiales, a los que se habían transferido las consciencias de los astronautas, soportarían mejor el viaje y serían substituidos por otros cuerpos prefabricados al llegar al planeta rojo. Mientras, los cuerpos originales eran preservados en animación suspendida en la Tierra. Los dobles sintéticos tenían muchas ventajas, entres ellas que no necesitaban ni agua ni alimentos para funcionar. La única aportación energética provenía de unas cápsulas que contenían un potente cóctel químico.

Volví al presente, medio consternado por las visiones de un futuro tan remoto. ¿Qué hubiera pasado si Proust, en lugar de viajar al pasado a partir de un bocado de magdalena, hubiera imaginado un futuro? La pregunta permaneció flotando en mi mente hasta que decidí guardarla en un rincón. Mojé un trocito más de cupcake. El fragmento esponjoso de aquella magdalena que muy bien podría provenir del futuro se empapó de café. Lancé una mirada hacia la puerta de la cafetería. Detrás de los cristales salpicados por innumerables constelaciones acuosas, la lluvia y el viento iban amainando. Tomé un sorbo de café y la calidez del líquido resbalando por la garganta me envió de nuevo a Marte, a aquel porvenir protagonizado por mi avatar sintético.

Los organismos artificiales que albergaban nuestras consciencias y nos protegían de las inclemencias marcianas no tenía sistema digestivo, ni pulmones, ni corazón, ni arterias. No sentíamos ni frío ni calor, tampoco percibíamos ningún olor, ningún gusto, ningún sonido. Aunque hubiéramos podido tomarnos un café con leche nunca habríamos podido disfrutar ni de su aroma, ni de su sabor, ni de su textura. De hecho, las sensaciones que pudieran ser relevantes eran registradas por la estación espacial. Éramos poco más que muñecos de látex articulados, capaces de sobrevivir en un ambiente hostil pero cada vez más incapaces de sentir.

Éramos poco más que muñecos de látex articulados, capaces de sobrevivir en un ambiente hostil pero cada vez más incapaces de sentir.

En Marte, los días se sucedían sin más meta que cumplir con las tareas estipuladas y esperar al nuevo relevo corporal. Cada jornada que pasaba significaba un paso más que me acercaba al abismo de la resurrección programada y que me alejaba del recuerdo de mi verdadero cuerpo, el que dejé en la Tierra. Añoraba mi yo terrestre para poder mirarme al espejo y reconocerme en el reflejo, recrearme en mis arrugas mientras buscaba los sentimientos que las forjaron. Con frecuencia me sentía atrapado en aquel simulacro de eternidad y sentía la necesidad de chillar. Desafortunadamente, mi boca no era más que un pequeño orificio que sólo servía para ingerir las cápsulas de nutrientes. Aquel muñeco en el que habitaba no estaba hecho ni para disfrutar de la comida ni para comunicarse. Cada uno de los miembros de la colonia tenía una función muy específica e individualizada. Por tanto, no era necesario hablar con nadie. En realidad, nuestra existencia no difería demasiado de la de un robot. Cada vez era más consciente de que la humanidad la habíamos dejado en la Tierra.

El cupcake de Proust

Agité el café para acabar de deshacer los restos de azúcar que habían quedado compactados en el fondo de la taza. Noté la orografía efímera que se había ido formando en las profundidades del océano de café y cómo la cucharilla iba deshaciendo el relieve. Un hombre mayor entró en la cafetería e intercambió unas palabras amistosas con el camarero. Hablaba con acento francés y parecía que hacía tiempo que se conocían. El anciano se sentó en una mesa cercana a la mía y me dedicó una afable sonrisa.

De vez en cuando me cruzaba con alguno de los otros habitantes de la cúpula, intercambiábamos una mirada inexpresiva y seguíamos nuestro camino hacia ninguna parte, haciendo tiempo para realizar la siguiente tarea programada. Nuestros rostros no estaban diseñados para sonreír. Las horas vacías que nos quedaban entre experimento y experimento, y ante la imposibilidad de comunicarnos entro nosotros, las pasábamos conectados a la red digital terrestre. La red, tejida a base de cruces casi infinitas de fuentes humanas y robóticas de la Tierra y del resto de colonias espaciales, funcionaba como una especie de subconsciente colectivo. Desafortunadamente, conectarse a esta híperconsciencia era como asomarse desde lo alto de una rascacielos. La multitud de visas anónimas y minúsculas que se agitaban a pie de calle parecía poco más que hormigas ajetreadas. Y lo que nos unía a aquel lejano torbellino humano no era demasiado distinto a lo que nos podía unir a un nido de insectos. De hecho, conectarse a la red acentuaba todavía más la soledad de los habitantes de la estación.

La multitud de visas anónimas y minúsculas que se agitaban a pie de calle parecía poco más que hormigas ajetreadas.

Miré de reojo al anciano que se había sentado cerca de mí. La aridez del futuro que estaba imaginando me hizo buscar presencia humana. El hombre estaba charlando animadamente con el camarero. Ahogué el último pedazo de cupcake en la taza. El aire que quedaba en el interior de la carne esponjosa de la magdalena huyó hacia la superficie en forma de burbujitas. Removí el café dibujando una espiral en la superficie cremosa.

El viento chocaba contra la cúpula con más fuerza que nunca y formaba gigantescas espirales de polvo que ascendían hacía el cielo rojizo. Las previsiones meteorológicas auguraban una nueva y virulenta tempestad. Esta vez el cielo  oscurecería durante dos o tres meses.

Desconecté de la red digital terrestre justamente cuando uno de los habitantes de la estación espacial entró en el amplio mirador. Deduje que era una mujer, probablemente del equipo de ingenieros rusos. Los cuerpos sintéticos eran prácticamente indiferenciados por lo que respecta al género. Los cuerpos de los hombres eran algo robustos y rudos, y los de las mujeres, estilizados y delicados. A ellas se les podría adivinar la forma de unos senos sin pezones que les conferían una apariencia decididamente femenina. Aparte de esto, no había ni rastro de genitales.

Al otro lado del ventanal, el polvo que cubría toda la superficie de Marte iba ascendiendo hacia el cielo describiendo espirales cada vez más amplias y agresivas. Busqué la mirada de la compañera de estación y me topé con unos ojos tan vacíos e inexpresivos como los míos. Los dos miramos hacia el exterior, hundiendo nuestras respectivas soledades en los colosales torbellinos de polvo que asediaban el edificio.

Clavé la cucharilla en el café y dragué el último fragmento de cupcake que se había precipitado hacia el fondo de la taza. Me lo introduje en la la boca y lo saboreé. El amargor del café y la dulzura de la leche y el azúcar disueltos se habían comido las sutiles notas cítricas de la pasta. En Marte, en aquel futuro probable que se había ido formando en mi imaginación y que aún cabalgaba a lomos de aquella merienda casi agotada, dos miradas escogieron un destino común.

La tempestad hizo temblar la cúpula. Contemplamos en silencio cómo el edificio del generador de cuerpos sintéticos, nuestro destino ineludible, era tragado por un remolino de polvo. Sonreí por dentro.

Le cogí la mano, acariciándola, recorriéndo los largos y delicados dedos. A pesar de que no podía sentir la calidez de su cuerpo sí que percibía la de su alma. Ella me agarró la mano con firmeza como queriendo retener lo que todavía nos quedaba de humanos. La atmósfera de Marte redobló su ataque contra la cúpula.

No teníamos miedo. Nuestros verdaderos cuerpos estaban tan lejos que casi los habíamos olvidado. Los ciclos de resurrecciones programadas nos habían hecho perder toda perspectiva vital y nuestros recuerdos ya no nos pertenecían. Nos habíamos convertido en autómatas, yermos de emociones, sin memoria ni sueños, poco más que piezas de un engranaje o grumos de un magma indiferenciado.

Nos habíamos convertido en autómatas, yermos de emociones, sin memoria ni sueños, poco más que piezas de un engranaje o grumos de un magma indiferenciado.

Lo que quedaba del cupcake se habían convertido en una especie de pulpa gelatinosa pegada al fondo de la taza. Recogí los restos de la magdalena con la cucharilla y los saboreé con fruición. Aún conservaban algo del gusto de mantequilla. Los últimos coletazos gustativos de aquella merienda me devolvieron por última vez al planeta rojo.

La decisión estaba tomada. Caminos juntos hacia una de las escotillas y salimos de la estación para librar nuestro último cuerpo artificial a Marte. Los colosales torbellinos de polvo rojizo nos agarraron como si fuéramos muñecos de trapo y desaparecimos para siempre en el estómago de la tempestad. Nuestros gritos, mudos, continuarían reverberando hasta el infinito dentro del viento eterno del planeta rojo.

Mi mente volvió a la primera estación de mi viaje y recordé con toda claridad las voces de mis tíos, retomé los juegos con el perro lleno de pulgas, me protegí del calor bajo la morera que había ante la antigua masía y sentí el frescor revitalizante del agua del estanque. Inesperadamente, todos los recuerdos de la infancia recuperaron una vitalidad que hacía muchos años que habían perdido. Entonces comprendí que todo lo vivido continuaría resonando en mi alma siempre que me comprometiera a recordarlo o, como hiciera Proust, a escribirlo.

Tomé el último sorbo de café con leche, donde aún flotaban algunos fideos de colores de la cobertura del cupcake. Acomodé la taza en la mesa y, contemplando el fondo, entoné un réquiem íntimo por los personajes que habían recuperado la libertad a manos de una tormenta marciana. También hice un homenaje silencioso a aquellos recuerdos de la infancia que, escondidos tras el sabor de una magdalena, me habían hecho recuperar un tiempo que creía perdido.

El cupcake de Proust

Me levanté y fui a pagar a la barra. Antes de marcharme no pude evitar contemplar al hombre mayor que había llegado hacía un rato. Encima de la mesa había una magdalena convencional, un té y una libreta. El anciano iba comiendo pedacitos de la pasta mientras escribía en un bloc. De repente, levantó la cabeza y me miró.

-À bientôt – me dijo con una sonrisa de complicidad.

Le respondí con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa, y salí de la cafetería. El viento se había calmado y la tormenta había tapizado el suelo de hojas. Mis pies se deslizaron por la alfombra de hojarasca húmeda. Caminé con lentitud y ligereza, sintiendo el otoño, sintiendo la vida y el paso del tiempo, sintiendo que había vuelto a la tierra.

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

 

Dejar un comentario