El extraño

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El extraño
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Aquel día volví a casa pasadas las once de la noche. Estaba exhausto, unas partidas a la ‘Play’, el entreno de fútbol, unas cervezas con los amigos de la plaza… Recé para que no se me notara el olor a alcohol.

Tampoco hoy había hecho los deberes. Mañana me caería bronca en la escuela, una más. No iba a dejar que me afectara, ya tenía práctica: mirada de condescendencia al profe de turno, resoplido de aburrimiento y nada, a soportar el resto de jornada escolar hasta que el sopor me obligara a hacer novillos. No creo que fueran a alarmarse por mi ausencia, de hecho, creo que mi no presencia facilitaba el trabajo a los profesores. Saltarme clases era, de alguna forma, un favor mutuo entre el personal docente y yo.

Introduje la llave en la cerradura intentando controlar la risa tonta que me asaltaba cuando llegaba a casa con los efectos del alcohol todavía navegando por mi océano mental. La llave no abría. O las cervezas me había subido más de la cuenta o me había equivocado de casa. Contemplé la llave con atención para comprobar que fuera la correcta, observé a mi alrededor para cerciorarme que, efectivamente, estaba en mi rellano y que aquella puerta que se me resistía era la de mi casa y probé de nuevo. Nada de nada. ¿Mis padres me habrían echado de casa sin más aviso que cambiar la cerradura? Bueno, como tampoco es que habláramos mucho últimamente, igual era lo único que se les había ocurrido. No les iba a dar la satisfacción.

Llamé al timbre. Nadie contestó al primer campaneo eléctrico. Insistí, ninguna reacción. Aporreé el interruptor provocando varias ráfagas de tañidos atonales. Era tarde, estaba hambriento y me había quedado sin batería en el móvil. Si no me abrían, echaría la puerta abajo… bueno, lo intentaría porque la puerta era muy gruesa.

Unos pasos tomaron entidad sonora desde el interior de la casa. Un pestillo se desliza a través de sus raíles metálicos, dos golpecitos secos y graves escapan del bombín de la cerradura. La puerta se entorna levemente y los pasos se marchan por donde vinieron, desapareciendo en alguna región lejana de la casa.

Penetré en la vivienda sin preocuparme de mi aroma a ‘alcohol’. Quien me había abierto, sospeché que mi padre por su andar lento y pesado, no se había quedado para darme la bienvenida.

Me dirigí directamente a la cocina y saqueé la nevera. No encontré nada que me sedujera y registré los armarios. Una bolsa de nachos y un pedazo de chocolate con pan de textura ya gomosa me servirían para aguantar hasta mañana. Agarré los víveres y me fui a mi habitación, necesitaba cargar el móvil.

De camino a mi cueva pasé por el comedor. La tele estaba encendida y en el sofá que estaba ante ella, dos personas contemplaban en silencio las peripecias de un médico autista. Los diálogos afectados de los protagonistas de la serie flotaban por el salón, los destellos electrónicos de la pantalla se reflejaban en las figuras que habitaban el sofá. Descarté la posibilidad de arrancarles de su estado hipnótico y me fui a la habitación sin más preámbulos familiares. No tardé ni un minuto en volver a salir. No encontraba mi cargador.

–  Ey, ¿Dónde está mi cargador? -pregunté con poca amabilidad.

Uno de los seres del sofá se giró hacia mí. Era un hombre, calvo y orondo. Me miró fijamente un instante y devolvió su atención al televisor. Aquel tipo no era mi padre. Quizás tenía algunas características que me recordaban a él pero decididamente no era quien me había criado. Me quedé sin habla. Aquella era mi casa pero aquel hombre no era mi padre. Me acerqué al sofá para mirar a la otra figura. Era una mujer, delgada y de pelo ensortijado. Su cara estaba escondida tras unas gafas parecidas a las de mi madre. Su físico también era el de ella pero decididamente tampoco era mi madre. Aquella pareja silente y pasiva, quizás un matrimonio como el de mis progenitores, no eran mis padres.

Aquella pareja silente y pasiva, quizás un matrimonio como el de mis progenitores, no eran mis padres.

Volví a mi habitación incapaz de añadir nada más, preocupado por lo que acababa de ver. No sabía si el hecho de no poder reconocerles tenía que ver con el alcohol o o con que no había nadie a quien reconocer, porque los del sofá realmente no eran los que me habían criado. Pero si la segunda posibilidad era la correcta, ¿por qué me habían abierto la puerta? Y si yo no era su hijo, ¿por qué no me echaban de su casa?

El extraño
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Me tumbé en la cama olvidándome del cargador y del móvil. Mañana será otro día, me dije. Seguro que todo estaba motivado por el cansancio, concluí a la espera de que la noche me restituyera el equilibrio mental o a mi familia cercana.

Pasé aquella noche inquieto, debatiéndome en un mar embravecido, poblado de criaturas oníricas extrañas. Y cuando creía llegar a tierra, la pesadilla tomaba otra forma, la de una isla poblada por humanos sin cara ni voz. Me acercaba a ellos buscando consuelo, una mirada amiga o unas palabras amables. Pero a mi alrededor sólo había seres sin ojos, ni boca, ni nariz. Les habían robado las facciones. Se paraban ante mí en silencio, contemplándome con ojos inexistentes y después se marchaban para seguir con lo que fuera que estuvieran haciendo. Yo les seguía con mirada suplicante y observaba sus evoluciones, también en silencio, sin saber qué decir o hacer. Me centré en uno de ellos, era una chica, deduje por el cuerpo y la vestimenta juvenil. La chica estaba revolviendo en un saco. Me acerqué para ver el contenido. En la bolsa de arpillera había máscaras de hombres, mujeres, niños y ancianos; unas sonreían, otras estaban enojadas. Todas eras muy expresivas y parecían vivas; movían los ojos, fruncían el ceño, hacían muecas, incluso algunas parecían susurrar.

La chica escogió una de las máscaras y se la ajustó encima de su cara sin vida. Me miró con expresión de anciana, sonrió y pronunció una especie de saludo que no entendí. Le devolví la sonrisa y las facciones de la chica-anciana se contrajeron esbozando una mueca de horror. Se le cayó un ojo al suelo y rodó hasta mi pie. Lo miré con pánico. La máscara de anciana empezó a derretirse encima de la cara de la chica que se la arrancó y la lanzó a un lado contrariada. Su cara sin forma volvió a mirarme, a pesar de que sus facciones inexistentes no expresaban nada.

Me fui. Anduve cabizbajo, sin saber qué hacer, sin mirar a nadie, exhorto en mis pensamientos, hasta que llegué a un estanque. En el agua se reflejaban los árboles que anidaban la pequeña laguna. Me acerqué para refrescarme la cara y al acercar la cabeza al agua descubrí que yo tampoco tenía ojos, ni boca, ni nariz. Grité sin voz ante mi reflejo impersonal y lloré sin lágrimas.

Me desperté chillando y sollozando. Estaba sudado y el corazón golpeaba mi pecho como queriendo largarse de mi cuerpo. Afortunadamente se calmó al comprobar que, al menos, mi habitación era la misma de ayer.

Habían pasado casi diez horas desde que me metí en la cama el día anterior. No había oído el despertador y nadie me había despertado. Normalmente, cuando mi mente ignoraba la alarma, mi madre me arrastraba lejos de los dominios de Morfeo. Pero aquella mañana mi cuerpo descansó hasta la saciedad.

Me vestí con prisa. Iba a llegar tardísimo a la escuela. Sabía que las clases podrían seguir sin mí y que el instituto no era el lugar más sugerente para pasar las horas pero, inexplicablemente, no quería llegar tarde, aunque sólo fuera por el puro placer de hacer novillos.

Me vestí con prisa. Iba a llegar tardísimo a la escuela. Sabía que las clases podrían seguir sin mí y que el instituto no era el lugar más sugerente para pasar las horas.

Fui a la nevera a buscar algo que meterme entre pecho y espalda antes de salir corriendo para la escuela. Pero al pasar por el comedor no pude dejar de fijarme en las fotos familiares que había en la repisa de encima del televisor. Llamaron mi atención porque noté que algo había cambiado. No reconocí a mis padres ni tampoco a mí mismo. Aquel niño que jugaba en el parque bajo la mirada atenta y feliz de sus padres no era yo. Y los adultos que le contemplaban no me sonaban de nada. Tampoco reconocí al chico que soplaba las velas de su décimo cumpleaños ni a los adultos que le flanqueaban. ¿Quiénes eran aquel niño y sus padres? Recordaba cuando se habían tomado aquellas fotos, el lugar, la ocasión, pero los protagonistas no eran los mismos.

El extraño
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Me fui al baño a refrescar la cabeza y lo que había dentro de ella. Al mirarme al espejo, un desconocido me devolvió la mirada. Era de mi misma edad, con un corte de pelo parecido y unas facciones que también me recordaban a mí. Pero no era yo. El extraño aún conservaba rasgos infantiles pese a que la adolescencia había conferido cierta tosquedad al conjunto: la boca era más ancha, el mentón más cuadrado, la nariz más grande, la mirada más estupefacta. Aparté la vista avergonzado. Me marché de casa asustado y con el estómago vacío.

Ya en la calle, mi hábitat natural, miré a mi alrededor. Eran mi calle, mi barrio, mi ciudad, pero los sentía extraños, ajenos a mi vida. No sabia si presentarme en la escuela o no. Eran ya las diez de la mañana. Pero, bueno, tampoco me van a echar de menos, me dije. Además, probablemente, Luis y Joaquín se habrán cansado de las clases y ya estarán en la calle. Pasé por el parque que estaba a medio camino del instituto para encontrarme con mis amigos. Estaban en el banco se siempre, charlando. Vaya cracks, siempre de parranda, me dije.

Eran mi calle, mi barrio, mi ciudad, pero los sentía extraños, ajenos a mi vida.

– Ey- les saludé, acercándome.

Los dos me miraron con desdén.

– ¿Muy aburridas las primeras clases? -les pregunté mientras me sentaba con ellos.

Me miraron de nuevo sin hacerme mucho caso.

– Ya me imagino, buf -dije.

– Oye tío, ¿no tienes más bancos? -me preguntó Joaquín despectivamente, mientras Luís me contemplaba con desagrado.

– Ehhh, qué pasa…-respondí animadamente y levanté la mano para chocarla con la de mi amigo.

– ¿Si no tienes amigos, por qué no te vas a molestar a otra parte? -preguntó Joaquín sin devolverme el gesto.

– Eh tíos, ¿qué os pasa?, ¿ya estáis colocados? -les interrogué entre risas, pero ya con un poso de inseguridad.

– Aire -Joaquín me invitó a marcharme con la mano.

Empecé a pensar que igual que yo no me había reconocido en el espejo, ellos tampoco.

– Soy Sergio -les informé en un intento de ser reconocido y también de autoafirmación.

– Buuuffff, qué pesado -Joaquín se levantó enojado.

– Sergio, Sergio García -les repetí, añadiendo más información.

– Tío, que no sabemos quién eres. ¡Lárgate, subnormal!

– ¿Pero de verdad no me conoces? -me levanté y le puse una mano en la espalda.

– Te aseguro que si estás buscando bronca la vas a encontrar -me advirtió, apartándome la mano con agresividad.

– Per… perdona -me disculpé, sin saber muy bien porqué.

– Déjalo, ¿no ves que no está bien? -le calmó Luis.

Joaquín respiró hondo y volvió a sentarse, ignorándome. Me quedé de pié contemplando a los que se suponía que eran mis amigos, que se pusieron a charlar de nuevo.

El extraño
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Me sentía tan aturdido y descolocado que decidí no insistir e irme. Miré atrás, esperando que se estuvieran riendo por la broma, pero lo que único que vi fue a Luis mirándome de reojo y poniéndose un dedo en la sien como diciendo: ‘¿está chalado?’.

Dirigí mis pasos hacia la escuela con la cabeza baja y perdido en mis pensamientos, cada vez más oscuros y confusos.

Recorrí los pasillos del instituto con destino a mi clase. Tocaba matemáticas. No me gustaban, pero se me daban bien. Sería fácil de soportar, aunque una vez más iría sin los deberes hechos.

Miré por la ventanilla que había en la puerta del aula, la clase ya había empezado. Algunos pupitres estaban vacíos: los de Joaquín y Luis, y dos más. Pero el mío estaba ocupado por un chico al que conocía mucho mejor, o eso creía, que al que había visto esta mañana en el espejo de mi casa.

Yo estaba sentado en mi mesa tomando apuntes con diligencia. Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir, entornando la mirada para distinguir bien los rasgos de aquel extraño que se había quedado con mi cara. No cabía la menor duda, el pelo, los ojos, la boca, el acné, la cicatriz sobre la ceja de cuando me caí de un columpio con cinco años… Ese chico era yo.

No cabía la menor duda, el pelo, los ojos, la boca, el acné, la cicatriz sobre la ceja de cuando me caí de un columpio con cinco años… Ese chico era yo.

Huí del instituto con la esperanza de dejar atrás la pesadilla. Pensé en volver al parque para interrogar a mis amigos, pero ellos ya no sabían quién era y me exponía a recibir un puñetazo de Joaquín.

Decidí volver a casa y encerrarme en mi habitación a esperar que un nuevo despertar me devolviera mi cara y mi vida. Pero ya ante el portal, dudé. En el hogar en el que quería refugiarme solamente había recuerdos de una vida que no era la mía, de unos padres que no me habían criado y de un chico que tampoco era yo. No me atreví a entrar y di varias vueltas a la manzana mientras mi mente imitaba mi deriva circular. Finalmente, me marché sin más rumbo que el de alejarme de donde estaba.

El extraño
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Pasé varias horas pululando por la ciudad sin más compañía que mis pensamientos y sin más horizonte que el que ellos me marcaban: chocar una y otra vez contra un muro de incomprensión. De pronto, la luz, mortecina e inquietante, se filtró por una grieta de mi oscura realidad. A lo lejos distinguí una figura conocida. ¿Me conocería ella a mí?, me pregunté. Debería, me respondí, pues aquella figura era yo mismo. Corrí hacia ella con la mano levantada y gritando mi nombre, su nombre, el de ambos.

– ¡Sergio! -y él, o yo, según se mire, se dio la vuelta.

– ¿Nos conocemos? -me preguntó.

– Creo que sí. Más de lo que crees -respondí con suficiencia.

– Pues, ahora mismo… ¿eres del instituto? -me interrogó.

– Sí, me llamo Sergio y tienes algo que me pertenece -me presenté.

– Oye, lo siento, no llevo dinero -se puso a la defensiva.

– Devuélveme mi cara y mi vida -le pedí.

– ¿Perdona? -se quedó a cuadros.

– No te hagas el despistado. ¿Dónde están mis padres? -le presioné.

– Mira, no sé qué te pasa ni con quién me has confundido, pero me voy -me dijo, dándose media vuelta.

– ¿Tú también me tomas por loco? -le grité.

Y Sergio echó a correr. Quizás no era yo, me dije. Probablemente, si yo me encuentro a alguien que me acusa de haberme quedado con su cara, sus padres y su vida, le soltaría un sopapo. Sea como sea, eché a correr tras él. ¿Quién iba a saber mejor lo que estaba pasando que alguien que tenía mi cara y que ocupaba mi pupitre en clase?

El chico tenía tan buen fondo físico como yo y no pude alcanzarle. Se metió en un edificio y allí terminó la persecución. Resoplé agotado y, cuando estaba pensando en llamar a todos los timbres, escuché la voz de mi madre. Levanté la cabeza y ahí estaba ella, sacando la cabeza por el balcón.

– Oye chico, ¿estás bien? -me preguntó comprensivamente.

– ¡Mamá! -grité con ilusión.

– ¿Quieres que llamemos a tu madre? -preguntó desde las alturas.

– ¡Tú eres mi madre! -le recordé.

– ¿Te has perdido? -siguió interrogándome.

– ¿Por qué me haces esto? -le pregunté con impotencia desde el portal.

– Luisa, ¿qué pasa? -una voz masculina conocida sonó a mi espalda.

– Papá -acaba de llegar de trabajar. Ahora comeríamos y todo volvería la normalidad, me dije. Normalmente no quería comer con ellos y me iba a la habitación, pero hoy me moría de ganas de estar con ellos.

– Creo que te confundes, chico. ¿A quién buscas? -me preguntó con cara de preocupación.

– A… a vosotros -contesté con la voz entrecortada.

– Ha seguido a Sergio, está desorientado -explicó mi madre desde el balcón.

– ¿Estás bien, chico? ¿Quieres que te acompañemos a casa? -me preguntó, poniéndome una mano en el hombro. Mi padre hacía tiempo que no hacía aquel gesto.

– Mi casa está ahí arriba, con vosotros -le dije, a punto de romper a llorar.

– Mira, no sé qué te pasa. Creo que estás confundido. ¿Has fumado algo? -me interrogó, con un punto de severidad.

-No, no, desde ayer que no he fumado nada- le confesé. Mi padre, o al menos el que tenía hacía veinticuatro horas, ya había dejado de preguntármelo, y yo de querer darle ninguna explicación de nada.

– Vale, debía ser fuerte lo que te tomaste. Vete a un parque, que se te baje y después vuelve a tu casa.

– ¡Esta es mi casa! -le grité.

– No, esta no es tu casa. Y ahora déjame pasar, si no quieres que llame a la policía -me apartó con delicadeza.

– Jesús -llamó mi madre desde el balcón.

– Tranquila, Laura, el chico está algo desorientado, pero ya se va.

– Papá -musité con frustración.

– Oye, creo que ayer se te fue la mano. Pasea hasta que se te baje y vuelve a tu casa, seguro que tus padres estarán preocupados -me aconsejó, antes de cerrar la puerta.

El extraño
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Me quedé inmóvil ante el portal, contemplando la puerta de cristal y cómo mi padre desaparecía escaleras arriba. Quise llorar, ¿dónde estaba mi familia?, ¿dónde estaba yo? Sentí las últimas palabras de mi padre como la gota que hace derramar el vaso, el último paso hacia un abismo que llevaba años fraguándose, la confirmación de una pérdida paulatina e inevitable. Deseé volver a ser un niño, a caminar bajo el abrigo de mis padres, cogerles de nuevo de la mano para que me devolvieran a casa.

Deseé volver a ser un niño, a caminar bajo el abrigo de mis padres, cogerles de nuevo de la mano para que me devolvieran a casa.

No era un niño, pero tampoco era un adulto, era un híbrido extraño en un planeta alienígena. Poco a poco había ido perdiendo mis cartas de navegación y nadie había hecho nada para guiarme y si lo habían hecho yo lo había ignorado deliberadamente.

Empecé a andar en dirección a los límites de la ciudad, hacia un bosque al que iba a jugar de pequeño. También habíamos ido de pícnic con mis padres y a buscar espárragos. Hacia tiempo que no lo hacíamos. Qué tonto, me lo pasaba de muerte. Era todo tan sencillo. Me gustaba la escuela, jugar con los amigos en el parque, volver a casa para merendar y llevar a algún colega. ¿Dónde ha ido a parar todo?

Pululé por el bosque. Estaba bastante limpio. Hace años no era así pero ahora la gente es más cívica. A mí me molestaba ver papeles y latas en plena naturaleza e incluso las recogía para después tirarlas a una papelera. En cambio, ahora, cuando estoy en el parque con los colegas, lo tiramos todo al suelo, aunque haya una papelera al lado. Creo que me he convertido en un tonto. Ya no hablo con mis padres porque creo que no saben nada y que censurarán cualquier cosa que les cuente. Tal vez me equivoco, hace tanto que no lo intento…

Me senté en el suelo y apoyé la espalda en el tronco de un árbol. El bosque olía muy bien, a fresco, a limpio, olía a tranquilidad. Cerré los ojos y me dejé llevar por mis pensamientos, sin querer dominarlos: mis amigos, la escuela, las chicas, las cervezas, el banco del parque, los compañeros del equipo de fútbol sala, mis padres, mi infancia, los granos, la moto que quería comprarme, mi habitación, mi casa, mi hogar, los recuerdos, la infancia, mi madre, mi padre, yo ante el espejo…

Yo me había quedado sin ojos, ni boca, ni nariz, ni nada que pudiera identificarme. Mi cara sin facciones se reflejaba en la superficie del estanque. Había vuelto a la isla del sueño, pero esta vez no me asusté al ver mi cara sin cara. Reflexioné unos instantes, no podía ir por el mundo sin cara, pero tampoco podía calzarme la primera que encontrara. Debía encontrar uno de los sacos en los que la chica estaba buscando máscaras. Volví al pueblo de los seres sin cara y busqué a la chica sin demasiada fortuna. El hecho de no tener cara dificultaba bastante la búsqueda. Pregunté por señas por la joven, recibiendo como respuesta silencios y encogimientos de hombros. No tardé en darme por vencido.

Tras un rato de deambular onírico tuve la fortuna de toparme con un hombre y una mujer hurgando en un saco de máscaras. El hombre era calvo y algo barrigón y la mujer era delgada y con el pelo ensortijado. Me recordaron a mis padres. Les contemplé, mientras buscaban en el saco y se probaban caras. Tras desechar unas cuantas, parecieron encontrar lo que buscaban. Me miraron, ya con ojos, nariz y boca, y sonrieron. Un escalofrío recorrió mi espalda. Eran mis padres. A pesar de mi inquietud, quise abrazarles, pero no me atreví.

– Toma -dijo mi padre, entregándome una máscara de adolescente.

Contemplé la cara, era parecida a la mía y decidí probármela. Me calzaba como un guante. Mi madre sonrió.

Desafortunadamente, la cara empezó a escocerme y tuve que arrancármela. La lancé a un lado y se desintegró al tocar el suelo.

– Prueba ésta -mi madre me dio otra máscara, parecida a la anterior, pero con rasgos más aniñados.

Me la probé y me provocó la misma reacción. Me la quité y la tiré. Mis padres me miraron con decepción y se volatilizaron. Volví a quedarme sólo, triste y frustrado.

A unos metros de mí estaban unos chicos hurgando en otro saco. Me acerqué hasta ellos. Acababan de encontrar sus máscaras y me miraron con curiosidad. Eran Joaquín y Luis. Me dieron otra máscara, no era como las de mis padres, pero también se parecía a mí y me la probé. Una vez más, aquellos ojos, aquella nariz y aquella boca me provocaron escozor y me vi obligado a quitármela. Joaquín y Luís movieron la cabeza con desaprobación y desaparecieron. Resoplé decepcionado. Incluso en mi sueño, mi familia y mis amigos parecían huir de mi.

Sentí cómo una mano se posaba en mi espalda. Al darme la vuelta, me encontré con un hombre de unos treinta años y con un niño de unos diez. Ambos tenían cara. El niño exhibía unas facciones risueñas y sonrosadas; el adulto, que escudaba su mirada tras unas gafas, me sonreía con confianza. El niño me recordó a mí mismo a su edad y el hombre se parecía a mí con diez años más. La criatura me cogió de la mano y el adulto nos hizo un gesto para que le siguiéramos.

El niño me recordó a mí mismo a su edad y el hombre se parecía a mí con diez años más.

Los tres entramos en una especie de cabaña. En el interior había un chico buscando frenéticamente en un saco. Se probaba caretas y las desechaba al instante. Su frustración era visible, golpeaba el suelo y miraba al techo de la cabaña o lo que hubiera por encima, clamando por una cara que se adaptara a él.

– Creo que necesita ayuda -me dijo el adulto.

La criatura me llevó de la mano hasta el chico. Nos miramos sin ojos. Su constitución física, sus movimientos, incluso la expresión que no tenía, me recordaron mucho a mí.

El niño volvió con el adulto y el chico y yo nos pusimos a buscar en el saco. Sacamos las máscaras que me dieron mis padres, la que me ofrecieron mis amigos y unas cuantas más hasta que di con una que me encajaba como un guante. El chico también se calzó otra casi idéntica. Nos miramos y sonreímos. Era como si me estuviera viendo a mí mismo de nuevo. Mi expresión era algo distinta, más resuelta, alegre y feliz. Miré a los reflejos de mi infancia y mi madurez pero éstos ya habían desaparecido. Me volví de nuevo hacia el chico y éste también se volatilizó. Me palpé la cara, volvía a tener ojos, nariz y boca. Y juraría que aquellas facciones que repasaba con las yemas de los dedos sí que eran las mías.

Me palpé la cara, volvía a tener ojos, nariz y boca. Y juraría que aquellas facciones que repasaba con las yemas de los dedos sí que eran las mías.

Salí corriendo de la cabaña para ir al estanque. Éste se había secado casi por completo pero aún quedaba un pequeño charco en el que, si bien no podría ahogarme, sí que podía mirarme. El reflejo me devolvió mi cara, resuelta, alegre y feliz como la que había contemplado en el chico de la choza.

El canto de un pájaro recorrió el bosque y fue a caer en mi oído. Me desperté. No sé cuánto había dormido, pero ya estaba anocheciendo. Me levanté algo entumecido pero más descansado de lo que había estado en mucho tiempo y regresé a casa.

Mi llave funcionaba, entré. Mi padre estaba hablando con mi madre. Y ambos eran quienes debían ser.¡Sergio! -gritó mi padre.

– ¿Dónde has estado? -preguntó mi madre con preocupación.

Abracé a mi madre y me puse a llorar. Mi padre atenazó un amago de bronca y también me abrazó.

– Creo que nunca me fui -contesté.

– Tendríamos que hablar de algunas cosas -me dijo mi padre.

– Tenéis razón, hace tiempo que no hablamos -reconocí.

– Quizá nosotros también tengamos algo de culpa -aceptó mi madre.

Aquella noche hablamos de mí, de ellos, de todo. Más tarde, después de cenar, llamé a Joaquín y a Luis. Estaban preocupados porque no me habían visto en todo el día.

Ya en la cama, rememoré aquel extraño día, los sueños, el deambular sin rumbo y la soledad. Lo más curioso de todo lo que había pasado es que tanto mis padres como mis amigos me hablaron de un sueño en el que debían buscar sus caras en sacos.

Me dormí con la seguridad de que no volvería a la isla de los seres sin cara durante un tiempo.

David Puig Ferrer

David Puig Ferrer

Guionista, periodista
laplaneta73@hotmail.com

Guía para navegantes sin brújula, de David Puig Ferrer

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