El paraíso perdido

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El paraíso perdido– ¿Tanto te cuesta separarte del sofá durante una semana?

– Pues sí, me cuesta.

– Para una vez que te pido hacer algo distinto…

– Tú siempre estarías haciendo cosas distintas.

– Si te parece voy a hacer como tú…

– ¿Como yo?

– Desde que te jubilaste todo ha ido a peor. ¿Vas a seguir así hasta que te mueras?

– …

Llevaba unos diez minutos observándoles e imaginando sobre qué estarían discutiendo. Al otro lado de la calle, una pareja de unos sesenta años dirimían algún conflicto. Él, más bien bajito y barrigudo, miraba con estupor a la que debía ser su esposa y le replicaba con gestos ahora suaves ahora crispados. Ella, algo más alta que él, delgada y aparentemente en mucho mejor forma que él, removía el aire de la calle con ampulosos aspavientos y reforzaba sus quejas con un semblante enojado. Dejé de contemplarles un instante para fijar mi atención en uno de los carteles que decoraban el interior de mi modesta agencia de viajes. En él, un hombre y una mujer jóvenes y bien formados, estaban de pie, uno a cada lado de un árbol tropical del que colgaban un montón de frutos anaranjados. Ella, como si de una Eva en bikini se tratara, le ofrecía uno de los frutos a él, un Adán en bermudas, que la miraba sonriente mientras sostenía un copa de cóctel.

– ¿Quieres ir? ¡Pues vamos!

Una potente voz masculina irrumpió en la agencia y me expulsó de mi moderno Edén de pared.

– Buenos días – saludó una voz femenina.

– Buenos días – reafirmó la potente voz masculina.

– Buenos días – contesté yo.

A ella le temblaba la comisura izquierda de la boca y uno de los dos ojos, también el izquierdo, le parpadeaba el doble que el derecho.

La pareja enojada había abandonado su lado de la calle para venirse al mío. Confié en que ya hubieran terminado su discusión. Trabajar en una agencia de viajes hace que casi siempre trate con seres humanos felices e ilusionados por sus vacaciones. Por lo que no estoy demasiado acostumbrado a lidiar con clientes enfadados y menos antes de que se vayan de viaje.

Les invité a sentarse ante mi mesa. Me obedecieron. Los dos seguían enojados y arrugaban las cejas. Él parecía más sofocado ahora que cuando estaba al otro lado de la calle. A ella le temblaba la comisura izquierda de la boca y uno de los dos ojos, también el izquierdo, le parpadeaba el doble que el derecho. Se me pasó por la cabeza que, como seguramente no querían pegarse entre ellos, me habían escogido a mí, un desconocido al azar, para descargar su rabia mutua. No sabía si prepararme para mostrarles opciones de viaje o para recibir un aluvión de puñetazos.

– ¿Qué se les ofrece? – pregunté, escondiendo mi inquietud tras una amplia sonrisa.

– Quiere ir de vacaciones a un lugar exótico – respondió el hombre señalando a su mujer con la cabeza.

– Queremos ir a un lugar exótico – corrigió la mujer acentuando la forma verbal con contundencia.

– Pues han venido al lugar ideal – dije a la vez que les plantaba tres folletos turísticos ante sus narices.

– Tailandia, República Dominicana y Madagascar – repetí los títulos que encabezaban la portada de cada una de las revistas.

El hombre, a pesar de parecer el menos predispuesto a viajar más allá de tres manzanas de su zona de confort, fue el primero en mover ficha y agarró una de las revistas.

-Eso está algo lejos, ¿no, Silvia? – preguntó el hombre mientras empezaba a ojear sin interés la revista de Madagascar.

– ¿Sabes cuál es el significado de exótico? – le soltó la mujer en plan retórico y arrugando el labio superior con asco.

El hombre miró al techo y respiró hondo. Después me miró a mí buscando apoyo y comprensión. Yo esquivé su demanda de complicidad masculina y me reafirmé en mi papel de vendedor neutral.

– Veo que le ha llamado la atención Madagascar… – dije para alejar al hombre de su suplicio personal e implicarle en la elección del viaje.

– Muy buena elección – le felicité.

– Veo que está mirando los resort – el hombre bajó la mirada para confirmar que estaba en la página de los resort.

– Doce noches, con todo incluido, desayuno, comida, cena y spa, 1.250 euros, vuelos aparte, claro – el tipo, algo desubicado, paseó la mirada por la página.

– Tenemos cosas más baratas y también mucho más caras pero usted se ha fijado en el establecimiento que sin duda ofrece la mejor calidad-precio – seguí llenando al cliente de vaselina verbal para meterle de lleno en el viaje.

Levantaron la cabeza y por primera vez desde que habían entrado pude percibir un brillo en el fondo de sus miradas.

La mujer contemplaba maravillada mi capacidad para engatusar a su marido a la vez que buscaba el momento oportuno para sumarse a mi estrategia. No tardó demasiado.

– Muy bien Carlos, el señor… – me preguntó la mujer con la mirada.

– Miltonez, Juan Miltonez – le respondí con mi calculada sonrisa de comercial experimentado.

-Sí, su marido tiene muy buen criterio. Por este motivo creo que debo ofrecerles mi producto estrella – con la mujer encantada y el hombre a punto de caer me decidí a ofrecerles una opción de viaje algo alejada de los tours convencionales, aunque en esencia muy parecida.

Me levanté y les miré a los ojos fijamente, primero a uno y después al otro, me acaricié la barbilla pensativo y les di la espalda para rebuscar en uno de los cajones del archivador que tenía detrás. Alargué la búsqueda más de la cuenta para acentuar la incertidumbre de la pareja. Finalmente, me di la vuelta, con un folleto en las manos, y volví a sentarme.

– Piensen que este viaje no se lo ofrezco a cualquiera – les advertí con el folleto aún oculto, aprisionado entre las palmas de mis manos y la madera de la mesa.

Separé les manos lentamente, como un telón que se fuera abriendo para mostrar el decorado de una obra inesperada. En la parte superior del folleto apareció el nombre del destino escrito en ampulosos tipos caligráficos y adornado con motivos vegetales:

EL PARAÍSO PERDIDO

Y debajo, emergiendo de una vegetación exuberante, dos figuras humanas desnudas: un hombre y una mujer, Carlos y Silvia, mis clientes.

Los dos miraron el folleto sorprendidos. Carlos alargó la mano velozmente para tapar su desnudez y la de Silvia.

– Le voy a denunciar. ¿Qué se ha creído?- amenazó el hombre blandiendo el folleto.

– ¿Es usted mago? -preguntó la mujer con fascinación.

– Ni soy mago ni creo que usted vaya a denunciarme – les dije con aplomo – les ofrezco el viaje que todo hombre y mujer sueñan. Les ofrezco el retorno al Edén, al Paraíso Perdido – rubriqué enfatizando algo teatralmente las dos últimas palabras.

Silvia cogió cariñosamente la mano de Carlos. Éste dejó de amenazarme con el folleto. Ambos examinaron el papel con atención, guardando un respetuoso silencio.

En el viaje al Paraíso Perdido no había ni hotel, ni piscina, ni spa. No se incluían las comidas, ni el avión, ni ninguna excursión o visita organizada. Lo único que había en el folleto eran imágenes de una vegetación exuberante, cascadas, pozas de aguas cristalinas, animalillos corriendo por el campo y bodegones con montones de frutas de distintas variedades reposando encima de enormes hojas de color esmeralda.

Ante aquel desfile de imágenes arquetípicas de la naturaleza más pura e ingenua, sus facciones no pudieron más que suavizarse y sus semblantes parecieron rejuvenecer de golpe. Levantaron la cabeza y por primera vez desde que habían entrado pude percibir un brillo en el fondo de sus miradas. Entonces, aquella pareja de jubilados cansados y furiosos con la vida y con ellos mismos esbozaron una sonrisa insegura e ilusionada. Me miraron y asintieron con la cabeza.

————-

Carlos y Silvia pasaron cerca de un mes en el Paraíso Perdido. Corrieron desnudos por la selva, se bañaron en pozas de aguas cristalinas, comieron fruta hasta hartarse, se fundieron en un abrazo ante el cielo ardiente del atardecer, contemplaron las estrellas e imaginaron nuevas constelaciones, conversaron animadamente bajo la luna, durmieron al abrigo el uno del otro, copularon como adolescentes mientras el alba empezaba a iluminar sus cuerpos desnudos y se hicieron amigos del resto de animales del Edén.

Corrieron desnudos por la selva, se bañaron en pozas de aguas cristalinas, comieron fruta hasta hartarse, se fundieron en un abrazo ante el cielo ardiente del atardecer.

Pero la inocente dicha de vivir por vivir no tardaría en terminar. Pronto Carlos empezó a echar siestas interminables apoyado en uno de los árboles prohibidos, mientras Silvia recolectaba compulsivamente los frutos de otros árboles también prohibidos. En ninguna parte, ni tan solo en el paraíso, puede uno hacer todo lo que dé la gana.

Silvia le mostraba la cosecha multicolor a Carlos y éste, con un ojo medio abierto, asentía con desinterés. Pronto, Silvia decidió lanzarle las frutas en vez de mostrárselas. No tardaron en dejar de correr juntos por la selva. Como mucho, Carlos corría para escapar de los proyectiles frutales que le lanzaba su mujer. O era ella quien correteaba sola mientras él yacía aletargado entre los arbustos. Dejaron de contemplar los rojos atardeceres abrazados y las constelaciones dejaron de ser plataformas de sueños para convertirse en poco más que agujeros en la noche. También le dieron la espalda a la luna y un silencio incomodo se convirtió en un colchón cada vez más duro. Así la noche también dejó de ser refugió íntimo para sus cuerpos. Ella le apartó de su lado y él se fue a dormir con los animales. Hasta que éstos, hartos de sus ronquidos, huyeron a lo más hondo de la selva.

Por las mañanas, ya sin el aliciente de la cópula y ante la perspectiva de una larga e insoportable jornada por delante, Silvia y Carlos se gritaban el uno al otro, rompiendo sin pudor la sutil banda sonora de la naturaleza. Sus quejas, dirigidas contra ellos mismos y contra una divinidad anónima, aplastaron la esperanza que se escondía en el susurro del viento, en la caricia del sol, en el cosquilleo de la hierba bajo sus pies desnudos…

El tiempo en el Edén, reflejo del ánimo de sus dos moradores humanos, empeoró drásticamente. La eterna primavera del paraíso, floreciente y templada, dio paso al invierno más crudo. saltándose el verano y el otoño. Los vientos alisios se enfurecieron y pasaron de la caricia al azote. Los árboles lloraron lágrimas quebradizas hasta quedarse desnudos, mientras los últimos frutos cayeron y se fueron fundiendo poco a poco con la tierra. Las pozas y las cascadas se congelaron y los animales se agruparon para darse calor mientras echaban de la manada a aquellos dos monos desnudos que no paraban de chillarse el uno al otro.

Los árboles lloraron lágrimas quebradizas hasta quedarse desnudos, mientras los últimos frutos cayeron y se fueron fundiendo poco a poco con la tierra.

A su vuelta del Paraíso Perdido, Carlos y Silvia entraron en la agencia mucho más enojados que antes de irse. A pesar de ello, les convencí para que el año que viene se fueran a Madagascar, y el siguiente a Tailandia, y el siguiente a República Dominicana, y el siguiente, ya se vería. Se marcharon de la agencia igual que habían entrado: discutiendo. Les contemplé mientras cruzaban al otro lado de la calle. Estaba convencido de que seguirían muchos años juntos y, a su manera, felices. De hecho sabía que, de alguna manera y aunque solo fuera durante un instante, habían vuelto al Edén.

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com 

https://davidpuigescriptoralsnuvols.wordpress.com/

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