El verano en que me atreví a salir de casa

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El verano en que me atreví a salir de casaEl verano en que me atreví a salir de casa fue uno de los más calurosos que recuerdo de mi infancia. El mercurio escalaba el termómetro sin piedad y la humedad pulverizaba el efecto compensador térmico del mar. Así, los treinta y cinco grados que abrasaban el ecuador de cada jornada se convertían dramáticamente en cuarenta en lo sensitivo. Resumiendo, los cuerpos se fundían con el calor y ninguna sombra podía aliviarlos.

A pesar de haber nacido y vivido mi infancia en un pueblo de la costa, el mar nunca me atrajo más allá de contemplarlo con curiosidad. Bañarme en él me provocaba inquietud. Cuando mis pies desaparecían en el poso arenoso y turbio de aquel infinito caldo azul y salado, en vez de echarme a nadar, me volvía a la orilla, al abrigo de tierra firme, de mi toalla de Vicky el vikingo, la sombrilla, junto a mis padres y lejos del resto de niños que chapoteaban alegres en el mar.

-¿Qué haces otra vez aquí?, tus amigos están en el agua- me decía mi padre.

-Arman demasiado barullo. No me gustan sus juegos- mentía yo.

-Aquí te vas a asar- me advertía mi madre.

Y yo callaba y me echaba sobre el personaje de dibujos animados que decoraba mi toalla, de espaldas al cielo encapotado por la sombrilla y de culo al continente líquido que tanto me asustaba. De vez en cuando, alguno de mis amigos se acercaba a mi mundo seco y seguro para invitarme a unirme a los juegos del resto de niños. Y yo me deshacía de él con alguna excusa: me duele la barriga, antes he tragado agua, mis padres no me dejan… esta última la soltaba cuando ellos estaban en el agua. Y el amigo volvía al mar con cierta decepción infantil, momentánea y fugaz.

Mis padres no estaban excesivamente preocupados porque no me fuera a bañar con mis amigos. Ellos ya habían llegado a la conclusión de que me asustaba el mar sin que yo se lo hubiera dicho. Los niños no son tan buenos mintiendo como creen. Es lo que hace la ingenuidad y la falta de práctica. En cambio, de adultos muchos nos hacemos expertos, mientras otros siguen manteniendo la inocencia infantil y quizás también la bondad.

Si algo realmente era un rompecabezas para mis padres era que a mí no sólo no me gustara el mar sino que siempre tenía una excusa para no mezclarme con el resto de niños. Era buen compañero de clase, iba y volvía de la escuela con mi grupo de amigos, en el cual yo era el raro. Pero cuando se trataba de hacer algo fuera de las clases, de vivir alguna aventura infantil lejos de las aulas y del trayecto de vuelta a la seguridad doméstica, yo desertaba del grupo con algún pretexto inventado.

Ya en mi entorno familiar, en mi habitación o en cualquier otra parte del mundo de ladrillo que era mi casa, me refugiaba en la tele, en un libro o en algún juego solitario donde yo era Dios y parte. Así, mi buscada soledad infantil se fue llenando de historias y personajes, de aventuras internas y de fantasmas, de mil proyecciones de mí mismo en las que ahora era un policía, ahora un guerrero, ahora un futbolista de élite, avatares que no tenían continuidad en la vida real. Quizás por este motivo intentaba inmiscuirme lo menos posible en el ‘otro mundo’.

Mi buscada soledad infantil se fue llenando de historias y personajes, de aventuras internas y de fantasmas, de mil proyecciones de mí mismo en las que ahora era un policía, ahora un guerrero, ahora un futbolista de élite, avatares que no tenían continuidad en la vida real.

Pero todo empezó a cambiar un martes del mes de agosto por la tarde. Hacía un calor bochornoso. Mis padres no estaban en casa y yo iba de un lado a otro intentando encontrar un rincón lo suficientemente fresco para dejar de sudar y poder leer un poco. Y sonó el timbre.

Aquel sonido inesperado me paralizó. Guardé silencio. No me gusta el mar por lo que esconden sus entrañas y por lo voluble de su carácter. Por los mismos motivos tampoco me gustan las sorpresas. El timbre volvió a sonar, ahora con más insistencia. Igual mi madre se ha olvidado las llaves, me dije. No podía dejarla fuera. Pensé en hacerme el dormido para no resolver la incógnita. Si era mi madre, tendría una excusa para no abrir y si era otra persona, también. Pero la insistencia de quien estuviera al otro lado de la puerta se incrementó hasta el punto de obligarme a ir a abrir.

Primero miré por la mirilla, esperando encontrar cualquier cosa menos lo que vi. Era otro niño, pecoso, cabello alborotado, camisa a rayas, pantalón corto y una rodilla enrojecida.

-¡Eh! Te he oído, ¡sé que estás ahí!- sonó desde el otro lado.

No contesté.

-Hace nada te he visto en el balcón. ¡Ábreme!- bramó el niño.

Seguí callado. Era Manuel, el hijo del estanquero del barrio. Siempre estaba en la calle y no había día en que no se metiera en un lío u otro. ¿Qué querría de mí?, me pregunté.

-Se nos ha colgado la pelota en tu balcón. ¿Nos la puedes devolver? – me pidió a voz en grito.

Dudé qué hacer un instante. Si no le devolvía la pelota, lo mismo estaría molestando hasta conseguirla o peor, me esperaría un día a la salida de la escuela para darme mi merecido. Era mejor no meterse con él, todo el mundo lo sabía. A su corta edad ya era un veterano de mil aventuras y de cientos de trifulcas infantiles. Tal vez sería mejor renunciar a mi seguridad presente en favor de un futuro plácido. Decidí abrir.

Era mejor no meterse con él, todo el mundo lo sabía. A su corta edad ya era un veterano de mil aventuras y de cientos de trifulcas infantiles.

-Hola, dime- le solté con frialdad tras apartar el muro de madera que nos separaba.

-¿Estás sordo?, ¡la pelota!- me soltó con impaciencia.

-Per..- intenté decir.

-La pelota – insistió enojado.

Fui al balcón a buscar el esférico extraviado. Miré a la derecha, a la izquierda, entre las plantas. El cuero no estaba. Me volví para disponerme a dar la mala noticia a Manuel pero éste ya estaba detrás de mí.

-¿Qué has hecho con ella?- me interrogó con desconfianza.

Cuando quise comunicarle mi desconocimiento él ya estaba rastreando la casa para encontrarla por sí mismo.

-¡No la tengo!- grité.

-Sí, ya- dijo sin tan siquiera mirarme mientras se metía en mi habitación y empezaba a revolverlo todo.

-¡Márchate!, ¡No la tengo!, ¡se lo diré a mis padres!- le amenacé.

-Tus padres no están- me observó con agudeza.

Ante el peso de los hechos fui incapaz de responder.

-¿Qué es esto?- preguntó cogiendo mi Máster del Universo preferido.

-¡Déjalo! -ordené, viendo que uno de los personajes más prolijos en mis aventuras inventadas había sido capturado.

-Me lo llevo. Cuando me devuelvas la pelota te lo doy- me planteó un trato en el que yo no tenía ni voz ni voto ni firma.

Sin darme opción ni tiempo de réplica se marchó corriendo. Y yo, inconsciente de mí, salí detrás de él. Manuel atravesó el pasillo como una centella, flanqueó la puerta y se precipitó escaleras abajo en pos de la calle. Y yo, sin darme cuenta, dejé atrás el umbral de mi mundo, descendí las escaleras corriendo y sin pensar que podría caerme, y crucé la última frontera para darme de bruces con el exterior. Seguí a Manuel hasta debajo de mi balcón. Ahí estaba la pelota, balanceándose con suavidad.

Manuel se quedó parado ante la inesperada presencia del balón. Me abalancé sobre él, rodamos por el suelo. Me soltó un sopapo para deshacerse de mí y se levantó. Yo me quedé en el suelo, me pareció la opción más segura.

-¡Iros a jugar a otra parte! ¡La próxima vez no os devolveré la pelota!- bramó desde su balcón el vecino que vivía encima de casa.

-Toma tu juguete- me devolvió el muñeco.

Me levanté, cogí a Heeman y me volví a casa sin despedirme. Cuando llegué al portal descubrí horrorizado que la puerta se había cerrado. No podía ser, un cristal enmarcado en madera me separaba de los dos tramos de escaleras que conducían a mi mundo. Me vinieron ganas de llorar pero no lo hice, el héroe de plástico que llevaba en mi mano nunca lo haría.

El verano en que me atreví a salir de casa
El verano en que me atreví a salir de casa

Me vinieron ganas de llorar pero no lo hice, el héroe de plástico que llevaba en mi mano nunca lo haría.

-Oye, ¿qué haces?- una voz infantil sonó a mi espalda. Era Manuel y su pelota.

-Me he quedado encerrado, por tu culpa- respondí enojado.

-Y mis amigos se han marchado cuando se ha colgado la pelota- respondió.

-¿Y qué hago yo ahora? No sé cuándo volverán mis padres- contraataqué conteniendo un sollozo.

-Oye, tranquilo- se acercó y me puso la mano en el hombro.

Lo aparté enfado y me separé de él temiendo otro puñetazo

-Que no te voy a pegar. Antes te he dado porque te has echado encima de mí.

-¡Me habías cogido a Heeman! -protesté.

-¡Y tú mi pelota!- se justificó.

-¡No estaba en mi balcón!- le recordé.

-Bueno, da igual, ¿no?- me respondió esbozando una sonrisilla entre pícara y culpable.

Me alargó la mano.

-¿Amigos?

-Supongo- dudé en un principio pero acabé encajando.

-Venga, acompáñame, no sé dónde se han metido los otros- me invitó.

Dudé nuevamente, miré el cristal de la puerta, contemplé mi reflejo, a Heeman en mi mano, a Manuel y su pelota, bajé la cabeza un instante, abatido, y acepté la invitación.

Le seguí por las calles de mi barrio. La mayoría, como estaban fuera de mis recorridos habituales, no las conocía de nada. La inquietud por lo desconocido fue dando paso poco a poco a una curiosidad poco familiar pero inesperadamente placentera.

El verano en que me atreví a salir de casa
El verano en que me atreví a salir de casa

-Mira, ésta es la casa de los fantasmas- me dijo señalando un caserón destartalado.

-¿De los fantasmas?- pregunté. Yo conocía a los fantasmas de mis lecturas pero no creía que existieran en la vida real.

-Sí, a veces, por las noches se oyen gritos y lamentos. Mis padres dicen que ahí vivía una mujer muy mayor y muy fea, que siempre andaba encorvada y que no hablaba con nadie. Y que, hace muchos años, en el barrio empezaron a desaparecer niños. Mis padres dicen que ella los secuestraba, se los llevaba a la casa, los mataba y hacía caldo con sus huesos. Los gritos que se oyen por las noches son de ellos…-empezó a contarme.

Un escalofrío muy poco acorde con el bochorno estival recorrió mi columna.

-Eso es mentira -aseveré, para convencerme a mí mismo de que no le creía.

-No lo es. Javier, el niño que desapareció hace unos meses, seguro que está ahí dentro- me aseguró entornando los ojos y mirando hacia una de las ventanas del edificio.

-Javier se fue a vivir con sus padres a otro pueblo- le informé.

-Eso es lo que dicen todos. Pero la verdad es que está ahí dentro.

Dicho esto, ni corto ni perezoso, Manuel se metió por entre los barrotes retorcidos de la verja que daba paso al descuidado jardín de la casa. Yo le contemplé aventurarse entre la maleza camino del caserón mientras valoraba si era mejor quedarme donde estaba, solo y seguro, o ir tras él.

-¿Y tú qué dices, Heeman?- le pregunté al muñeco.

No contestó, pero su trayectoria heroica como Master del Universo seguro que no se había fraguado mirando cómo otros arriesgaban el pellejo. Decidí traspasar la verja.

Manuel se coló por una ventana rota en un lateral del edificio y Heeman y yo le seguimos. El interior de la casa estaba todo patas arriba. Sillas, sofás y mesas volcadas, armarios caídos o destripados, con sus cajones colgando como si fueran vísceras de madera.

El interior de la casa estaba todo patas arriba. Sillas, sofás y mesas volcadas, armarios caídos o destripados, con sus cajones colgando como si fueran vísceras de madera.

-Aquí traía a los niños para matarlos. Todo está así porque se resistían a su trágico final -me narró Manuel, entornando los ojos e intentando arrugar el rostro para poner cara de viejo.

-No hay sangre -me aventuré a observar.

-¿Dónde debe estar la cocina?- se preguntó internándose más aún en el estómago de la casa y sin hacer caso a mi observación.

Le seguí. Pasamos ante dos habitaciones igual de caóticas que el resto de la casa y llegamos a la cocina. La puerta de la nevera estaba medio arrancada. En su interior no había nada, excepto algo esférico envuelto en papel de periódico. Manuel y yo nos miramos. Me tocó la cabeza con ambas manos y contempló el paquete.

-Son del mismo tamaño – sentenció.

-¿Qué quieres decir?

-Javier…- concluyó con la mirada sombría.

-No puede ser…- dije con todos los pelos de mi cuerpo erizados.

Manuel asintió con la cabeza y acercó sus manos temblorosas al paquete.

-¡No lo toques!, ¡si dejas huellas te acusarán de su muerte!- le advertí exaltado.

Manuel retiró las manos asustado.

-Pero no le podemos dejar aquí- protestó Manuel.

-Vayámonos. Es muy tarde. Seguro que mis padres me están buscando- le dije. Quería irme de ahí. Presentía que algo iba a pasar.

Un ruido a nuestras espaldas avivó aún más mi inquietud.

-La bruja – susurró Manuel, alejándose de la puerta y cogiéndome del brazo.

Nos metimos los dos en el hueco que había bajo el fregadero y corrimos la ajada cortinilla que salvaguardaba las intimidades del desagüe.

Un paso, dos pasos, alguien apoyando su peso alternativamente en un pie y en el otro, aplastando las basura que tapizaba el suelo del pasillo que conducía a la cocina. Cada vez más cerca, más cerca, más cerca…

Entró en la cocina y se paró a tres palmos de donde estábamos escondidos. De quién o qué fuera que habitaba la casa sólo le veíamos los zapatos, grandes, toscos y viejos, con la suela medio despegada y la puntera desgastada y rota.

De quién o qué fuera que habitaba la casa sólo le veíamos los zapatos, grandes, toscos y viejos, con la suela medio despegada y la puntera desgastada y rota.

-Snnnif, sniiiif – la presencia husmeó sonoramente y se agachó hasta poner la cabeza a la altura de nuestro escondrijo. Yo tenía una ganas terribles de chillar y Manuel estaba templando. Estábamos seguros de que nos iban a descubrir.

La bruja se reincorporó, la oímos abrir un cajón y revolverlo. Abrió otro cajón y un armario. Estaba buscando alguna cosa. Al menos se ha olvidado de nosotros, pensé. Finalmente pareció encontrar lo que buscaba y dejó de trastear. Un golpe mudo nos informó que había puesto algo sobre la mesa. Escuchamos ruido de papel de periódico. Entonces me di cuenta de algo terrible: Heeman no estaba conmigo, lo había dejado encima de la mesa. Miré a Manuel con cara de asustado. Él movió la cabeza y se llevó un dedo a la boca para indicarme que guardara silencio.

-¡Otra vez! – una voz de trueno, que en nada se parecía a la de una bruja aunque si hubiera pasado por la de un demonio, atronó la cocina.

Una mano enorme y ruda corrió el delgado muro de tela que nos protegía y blandió ante nuestras aterrorizadas miradas el muñeco extraviado.

-¿Es vuestro?- tronó de nuevo la voz.

Asomamos la cabeza lentamente y descubrimos al propietario de aquel vozarrón demoníaco. Unos ojos saltones y enrojecidos que destacaban en un rostro tosco y peludo se clavaron en nosotros. Mientras Heeman seguía apresado por una de sus manazas, en otra se acomodaba un cuchillo enorme. No era una vieja jorobada y psicópata sino un horripilante diablo peludo con la intención de cortarnos a pedacitos. Estábamos perdidos.

En aquel momento entendí que no debería haberme alejado nunca de casa, que no debería haberme aventurado en aquel océano incierto. Maldije el momento en que Manuel llamó al timbre, y aun más el momento en que le perseguí para rescatar a Heeman. Pero eso fue cuando era un niño.

Asomamos la cabeza lentamente y descubrimos al propietario de aquel vozarrón demoníaco. Unos ojos saltones y enrojecidos que destacaban en un rostro tosco y peludo se clavaron en nosotros.

Ahora, con la perspectiva de los años y recordando aquella aventura estival, mi inesperada salida de la rutina para perseguir a mi parte heroica personificada en un muñeco musculoso, y sabiendo cómo terminó todo, bendigo todo aquello que maldije entonces.

La manaza y el vozarrón pertenecían a Ricardo, un hippie descendiente de los propietarios de la casa que se había metido en el edificio para empezar a reformarla. Su idea era fundar una comunidad hippie en el barrio y aquel caserón destartalado iba a ser su sede. Como no tenía llaves de ninguna parte de la finca, había hecho como nosotros, se había colado y dormía en ella desde hacía unas semanas. Lo que envolvía el papel de periódico, afortunadamente no era la cabeza del niño desaparecido, sino un melón bien jugoso. Y digo jugoso porque una vez descubiertos y tranquilizados, nos dio una gran tajada a cada uno.

Ricardo estaba algo enojado porque ya era la segunda vez que los niños se colaban en la casa. Y en el estado que estaba la vivienda era un peligro. Quizás por este motivo, los padres de Manuel, sabiendo lo curioso que era su vástago, le habían contado la historia de la vieja que comía niños. Aunque si su intención era asustarlo, quedó claro que la próxima vez iban a necesitar una historia mucho más aterradora.

Nuestros corazones fueron recuperando la normalidad poco a poco, y nuestros estómagos se abrieron ante la visión de las jugosas tajadas de melón. Heeman volvió a mis manos sano y salvo. Tras un tour improvisado por la casa de la mano de nuestra bruja convertida, primero en demonio y después en hippie, Manuel y yo salimos de la casa charlando animadamente como si hiciera años que fuéramos amigos.

Tras un tour improvisado por la casa de la mano de nuestra bruja, convertida primero en demonio y después en hippie, Manuel y yo salimos de la casa charlando animadamente como si hiciera años que fuéramos amigos.

Cuando llegué a casa mis padres ya hacía un rato que habían llegado y al no encontrarme, hecho totalmente inaudito, se pusieron a buscarme por todas partes. Preguntaron a todos los vecinos hasta que el de encima nuestro les dio la pista definitiva: me había marchado con el hijo del estanquero. El nuevo dato aún les extrañó más que mi desaparición.

Al verme, me abrazaron como si hiciera mucho tiempo que me hubiera marchado. Yo recibí los mimos algo sorprendido. Tras el emotivo reencuentro llegó la bronca. No sabían cómo hacerlo porque nunca, hasta el momento, les había dado motivos para practicar. Les conté mi historia. Seguramente y aunque era verdad, quizás algo adornada, no se creyeron ni la mitad. Pero no me castigaron. En el fondo estaban muy orgullosos de que me hubiera lanzado a la aventura de vivir las vacaciones de verano como el resto de chicos.

El verano en que me atreví a salir de casa
El verano en que me atreví a salir de casa

Desde aquel momento, ya lejano pero igual de vivo en el recuerdo, empecé a tomarme la vida de otra manera, dejándome ser niño, atreviéndome a echarme al océano, a perderme en sus caminos infinitos para acabar volviendo tras cada trayecto a mi Ítaca personal. Manuel sigue siendo mi amigo y desde entonces, desde aquella primera aventura infantil de verano, seguimos compartiendo viajes y retos estivales.

Sigo siendo un niño en el cuerpo de un adulto y me cuelo en mansiones abandonadas sólo por curiosidad, viajo para descubrir sitios nuevos, hablo con desconocidos para que me cuenten sus historias, y todo gracias a aquel verano en que me atreví a salir de casa.

David Puig Ferrer

David Puig Ferrer

Guionista, periodista
laplaneta73@hotmail.com

Guia per a navegants sense bruixola

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