Ensimismundo

con No hay comentarios

EnsimismundoEl Ensimismundo está ubicado, generalmente, en lo alto de una elevada montaña. Ésta, de paredes casi verticales, se halla en el centro de una isla perdida en algún océano de nombre desconocido y de cartografía incierta o incluso inexistente. El pedazo de piedra que da cobijo a la susodicha montaña se protege de los inesperados visitantes colocando la anhelada tierra firme a más de quinientos metros de las enfurecidas olas.

Nadie sabe la ubicación exacta del singular islote. Hay quien dice que su posición varía caprichosamente. Otras voces afirman que siempre está en el mismo sitio pero que no es visible todo el tiempo, o al menos no lo es para todo el mundo. Más allá de estas consideraciones geográficas, algunos teóricos afirman, medio en broma medio en serio, que existe una Isla, una Montaña y un Ensimismundo para cada navegante, siendo esta extraña tierra, origen y destino al mismo tiempo. Algunas leyendas nos cuentan que en cada uno de estos territorios personales existe un solo habitante que, si bien en la mayoría de los casos es muy consciente de donde se encuentra, raramente conoce dónde están el resto de Ensimismundos que pueblan el Océano.

Nadie sabe cómo surgieron tales territorios o cómo aparecieron en ellos sus solitarios habitantes. Es difícil saber si estos misteriosos universos de piedra fueron construidos por sus ocupantes o si bien fueron éstos los creados a partir de la isla. Sea como sea, las características particulares de cada Ensimismundo vienen determinadas por el especial carácter de cada uno de sus singulares pobladores. Asimismo, también la orografía determina en gran medida la personalidad de estos.

………………..

Mi antiguo mundo dejó de ofrecerme estímulos con que saciar mi alma curiosa y como que en aquel momento tenía más de un acreedor enfadado que quería molerme los huesos y algún que otro familiar, amigo o conocido que maldecían el día de mi nacimiento, decidí empezar a construir una barrera de espacio y tiempo a mi espalda. Sin pensármelo demasiado partí de mi discutible patria y anduve con un rumbo determinado más por el lugar de partida, al que no quería volver, que no por un destino concreto al que quisiera llegar. En pocas palabras: huí.

Desde aquel momento, los bosques, las cuevas, los graneros, los establos, los puentes, viejas aldeas abandonadas y rincones olvidados de muchas ciudades se convirtieron en moradas transitorias. Con mil personas me crucé en mi errático deambular y de ellas apenas llegué a conocer a unas pocas. Y a decir verdad, de estas pocas casi todas están ya olvidadas.

Quise alejarme tanto de todo que me volví incapaz de darme la vuelta para mirar atrás. Temía que el abismo de olvidos que estaba construyendo a mis espaldas fuera a engullirme. Así, no tardé en darme cuenta de que las piedras que iba amontonando en el simbólico muro que tenía que salvaguardarme del pasado me impedían pavimentar un sólido camino hacia el futuro. De la misma forma, más tarde que temprano, también fui consciente de que el espacio desechado tras de mí se sumaba indefectiblemente a cuanto me quedaba para llegar a alguna parte. Pronto me encontré entre un pasado emborronado e indescifrable y un futuro árido y laberíntico. De hecho, había corrido tanto en mi huida que incluso llegué a dejarme atrás a mí mismo.

Sin ningún lugar al que ir ni al que volver, decidí refugiarme en las tabernas, invertir mis escasos ahorros en ron y compartir mi vacío con el del resto de borrachos. El alcohol suelta las lenguas y el corazón y hace que los adultos entablen amistades tan férreas y fugaces como las de los niños. Así, yo, el hombre sin patria, pasado, futuro ni amigos, fui aceptado en la animada y maloliente comunidad etílica del Muelle Trece.

El Muelle Trece era sin lugar a dudas el peor antro de la ciudad. La taberna estaba frecuentada por marineros y pescadores malhumorados, ladrones y timadores a los que habían echado de todos los demás bares de la ciudad, algunas prostitutas desdentadas y un nutrido y variopinto grupo de borrachos del que yo formaba parte.

Así, yo, el hombre sin patria, pasado, futuro ni amigos, fui aceptado en la animada y maloliente comunidad etílica del Muelle Trece.

Un día o una noche, es difícil de precisar ya que en el Muelle Trece siempre había tan poca luz que apenas se distinguían, un viejo lobo de mar se acercó a nuestra mesa. Poca gente se acercaba a la mesa de los borrachos. No había mucho que sacarnos y nuestra absurda verborrea podría hacer naufragar a la mente del más avezado pirata.

El hombre, sin que se lo pidiéramos y sin que pareciera que le fuéramos a escuchar, empezó a contarnos sus aventuras en alta mar. Había sido marino mercante por cuenta ajena, capitán a las órdenes de su majestad, pirata por cuenta propia, corsario a las órdenes de los enemigos de su majestad, y cazador de ballenas y focas por puro placer. Casi sin querer, su relato me fue rescatando de la noche alcohólica en la que llevaba tanto tiempo metido.

El lobo de mar también nos habló de un lugar mítico, una extraña isla perdida en el océano, alejada de cualquier ruta y nunca reclamada ni luchada por ninguna de las potencias navales de la época. El pequeño pedazo de roca albergaba, según contó el hombre, un tesoro maravilloso y al mismo tiempo una trampa terrible, quedando borrosa la frontera entre el uno y la otra.

El resto de integrantes de la cofradía del ron fueron resbalando con dejadez y parsimonia hasta desaparecer debajo de la mesa. El único que decidió no abandonarse de nuevo al sopor etílico fui yo, que continué escuchando al lobo de mar hasta que casi todos los parroquianos hubieron abandonado la taberna.

El experimentado narrador culminó su relato mostrándome un viejo mapa. El papel amarillento era una carta náutica en la que estaban, según aseguró, las coordenadas de la hipotética isla del tesoro. El hombre me confesó que se sentía demasiado viejo para volver a adentrarse en el laberinto oceánico para buscar algo cuya existencia era, como poco, discutible. Enrolló el mapa con delicadeza, lo empujó hacia mí, sonrió, se levantó y se fue. Quise pararle antes de que despareciera del Muelle Trece pero comprendí que aquella promesa cartográfica ya no le interesaba.

Me quedé unos instantes pensativo, con los sentidos mecidos por los ronquidos de mis compañeros de borrachera que yacían bajo la mesa, hipnotizado por la historia del lobo de mar. Acaricié la superficie rugosa del mapa enrollado y lo hice rodar encima de la mesa, acercándolo y alejándolo de mí alternativamente. La niebla del alcohol, disipada durante un rato por la narración del viejo marino, volvió a espesarse hasta sumergirme en una bruma opaca y lechosa. Poco a poco, la taberna se fue desdibujando y con ella los contornos de la realidad. Caí en un sueño intoxicado por las traviesas musas del licor y salpicado por las visiones de una isla, un pedazo de roca en medio de la nada que tan pronto se me aparecía como el paraíso perdido tan pronto como la antesala del infierno.

Tras muchas horas de lucha por mantenerme a flote en un mar de imágenes oníricas pude liberarme finalmente de las redes de Morfeo. La taberna seguía tan oscura como siempre. Una cueva siempre es una cueva, tanto a las dos de la madrugada como a las doce del mediodía. En mi mano aún estaba el mapa y de debajo de la mesa aún se escuchaban ronquidos. Me levanté, no sin alguna dificultad, contemplé la carta náutica e hice algo que no hacía desde hacía mucho tiempo: salí del Muelle Trece.

Era de noche aún. Quizás no había dormido tanto como creía. Mi cuerpo parecía pesar toneladas y mi cabeza colgaba de él como si el cuello no tuviera fuerza para sostenerlo. Mis piernas se doblaban a cada paso y mis brazos buscaban torpemente algo a lo que agarrarse. Me caí varias veces y con dificultad pude levantarme y seguir andando por los muelles, de amarradero en amarradero, hasta que encontré un barco en el que me dejaron embarcar. Nadie me impidió el abordaje ni nadie me preguntó a dónde iba. Tampoco hubiera sabido qué contestar.

Una vez en cubierta, me dejé caer, esta vez sí, para seguir durmiendo hasta que el cuerpo decidiera que valía la pena despertar.

————-

Tras una noche que se me hizo eterna, abrí los ojos. La luna ya había puesto fin a su ronda nocturna y el Sol ya hacía horas que iluminaba aquella parte de mundo. Estaba en cubierta, a merced de unos elementos suavizados por la cálida caricia del astro rey. Giré sobre mí mismo para zafarme de la inesperada claridad celeste. Fue entonces cuando un intenso dolor de cabeza me recordó los excesos de la noche anterior y a mi mente volvió la imagen de la mítica isla de la que me había hablado el viejo lobo de mar.

Acerqué la mano a mi bolsa y saqué la carta de navegación. No sé si fue por la resaca, por el reciente despertar o por ser lego en la materia que no entendí nada de lo que había en aquel atropellado papel. Sea como sea, decidí guardarlo de nuevo, ponerme a dos patas y cerciorarme de si, en verdad, me hallaba en un buque o si estaba inmerso aún en una de mis fragmentadas experiencias oníricas. La duda no tardó en despejarse. Me encontraba en una nave de pequeñas dimensiones, con una única y humilde vela tímidamente agitada por el viento. Alrededor, nada más que un paisaje infinito de agua apenas estremecido por menudas e innumerables olas.

Vagué por el barco buscando al resto de tripulantes sin encontrar nada más que una colección indefinible de ausencias. No había timonel, ni capitán ni marineros, ni tan sólo había ratas. Al parecer incluso ellas habían abandonado la nave. Si no fuera por el inmejorable estado del barco, velas y cabos en perfectas condiciones, timón funcional, cubierta limpia y ordenada, bodega con abundantes víveres y agua, cualquiera pensaría que estaba navegando en un barco fantasma.

El instinto, o mejor dicho el estómago, me alejó de pensamientos inquietantes y volví a la bodega para apagar la sed y el hambre. Bebí agua de un gran tonel y mastiqué unas cuantas galletas de pan. El agua estaba buena y fresca, y las galletas estaban tiernas y sin insectos, ambas circunstancias muy sorprendentes. De hecho, el marinero común debía temer más al agua y a los alimentos almacenados en la bodega que al mar más embravecido.

Una vez saciado el cuerpo pero aún desajustado por la resaca de la noche anterior, me dispuse a escuchar las necesidades del alma. Su demanda era clara: un rumbo. Saqué el viejo mapa y volví a examinarlo con atención. Una crucecita roja en el centro de un inmenso mar surcado por incontables líneas medio borradas era lo único que había en el ajado papel. Para mí era lo mismo que si hubiera estado en blanco. Respiré hondamente y a falta de más señas ni consejos de una tripulación ausente tomé el timón y me dispuse a seguir el único punto de referencia que tenía a la vista: el Sol.

Al cabo de muchas horas el astro rey cedió su trono a la Luna. Con ella llegó la oscuridad y el firmamento me regaló infinidad de nuevos rumbos. Obvié al infinito séquito estrellado y me dejé atrapar por su fascinante reina, la Luna. Seguí sus pasos durante muchas noches. Pero el sendero de espuma que tracé tras ella no me condujo a ningún lugar distinto del que me encontraba al principio del viaje. Un desierto acuático en continuo y mareante movimiento era lo único que había alrededor de la nave. Y en lontananza, un horizonte limpio e infinito, sin rastro de tierra firme ni nada que indicara que fuera a haberla.

Desencantado de la Luna, decidí buscar en la noche salpicada de lejanas luciérnagas al pequeño lucero que tendría que guiarme. Escogí al más brillante y con un golpe decidido de timón encaré mi nave hacía Sirio. La persecución se alargó varias semanas. Pero la estrella más brillante de la noche siguió tan alejada de mi velero como antes lo habían estado el Sol y la Luna. Así que decidí buscar una nueva estrella, y después otra, y otra más, hasta que en el firmamento no quedó ningún rumbo luminoso que no hubiera seguido. La acumulación de rumbos erróneos y la inutilidad de una carta de navegación ininteligible me hundieron en un desasosiego existencial que ya conocía.

Después de incontables jornadas de navegación, los alimentos y el agua almacenados en la bodega del barco seguían tan frescos como el primer día de embarque. A pesar de ello, cada vez tenía menos hambre y sed, y pasaba gran parte del tiempo dormitando en cubierta anidado en sueños fragmentados y sin sentido, ajeno al laberinto oceánico que me rodeaba. El tiempo, como cuando estaba en el Muelle Trece, empezó a pasar sin sentido, y los días y las noches, indistinguibles los unos de las otras, se empezaron a amontonar a mis espaldas. Hasta que un día un fuerte sonido me arrancó de mi largo letargo. Despegué la cara de las tablas recalentadas por el Sol y me incorporé con dificultad, entumecido tras tantos días de sueño ininterrumpido. Miré a mi alrededor para buscar el origen del sonido. Di unos pasos dubitativos por cubierta y sentí como si el barco se tambaleara y de nuevo oí un sonido que esta vez, ya libre de las nieblas de Morfeo, pude identificar: madera astillándose. Con suma lentitud me asomé por un lateral de la nave y descubrí que lo que lamía el casco ya no era la espuma de las olas sino el etéreo tejido de las nubes. El mar aún estaba, pero muy pero que muy por debajo del barco.

Mi pequeño velero se sostenía merced a un equilibro algo precario en la cima de un altísimo farallón que nacía directamente del océano. Metí la mano en el bolsillo y saqué el plano. En el papel seguía destacando la crucecita roja pero las antiguas líneas que surcaban el mapa de extremo a extremo se habían borrado del todo y en su lugar habían aparecido una serie de círculos de distintos diámetros. Dichos círculos, superpuestos los unos a los otros, rodeaban a la cruz central, sin que sus perímetros llegaran nunca a tocarla. Parpadeé desconcertado como queriendo apartar los nuevos círculos y recuperar las viejas líneas como si así fuera a devolver mi barco a las olas. Pero los nuevos elementos cartográficos no se marcharon.

El barco se inclinó un poco a babor y las maderas volvieron a crujir. Solté el mapa para agarrarme al mástil y el viejo papel se alejó volando montado en una breve pero potente racha de viento. Me di cuenta de que debía salir del barco antes de que éste se despeñara. Bajé a la bodega en busca de agua y algún alimento para meter en mi equipaje antes de aventurarme fuera de la nave. También cogí un rollo de cuerda, un cuchillo y un pedernal. No tenía ni idea de lo que iba a encontrarme ahí afuera.

Con más voluntad que habilidad conseguí descolgarme del velero hasta un pequeño saliente de piedra que estaba a unos cuatro metros por debajo del casco. La nave se inclinó unos grados más a babor. Afortunadamente, la aguja de piedra que sostenía el barco se iba ensanchando a medida que iba descendiendo y cada vez tenía más rincones donde agarrarme. Cuando ya había bajado unos veinte metros, oí de nuevo el sonido de las maderas astillándose. Pero esta vez el sonido se convirtió en estruendo y la nave empezó a despeñarse. El velero navegó farallón abajo, acompañado por una nutrida y ruidosa escolta de piedras. Afortunadamente pude refugiarme en una pequeña oquedad en la roca y ni la nave ni su séquito pudieron llevarme consigo. Observé cómo mi barco descendía velozmente hasta la base del farallón y acababa convertida en poco más que un montón de mondadientes. Tras inspirar profundamente seguí descendiendo con lentitud, ahora agarrándome con pies y manos a la piedra, ahora amarrando la cuerda a algún saliente, ahora andando tranquilamente por pequeños senderos pegados a la roca.

Cuando ya había desandado casi una cuarta parte de la altura del farallón, las nubes que se había instalado en su cima empezaron a hincharse y oscurecerse. Las contemplé un instante con inquietud y apresuré el paso. Un destello, seguido de un trueno, me hizo levantar de nuevo la cabeza. Encima de mí, un extenso círculo de nubarrones, en cuyo corazón estaba clavada la aguja del farallón, había enlutado el cielo por completo. La tormenta empezó a escupir rayos y truenos haciendo temblar la roca. Empecé a correr por los estrechos senderos que descendían en espiral por la empinada ladera. Empezó a llover a cántaros. Resbalé y estuve a punto de despeñarme varias veces, esquivé desprendimientos y algunos rayos cayeron tan cerca que llegué a pensar que la tormenta tenía algo personal contra mí. Cuando ya estaba exhausto y seguro de que era imposible llegar a la base de la montaña vi, en uno de los ramales del sendero que estaba por debajo de mí, lo que parecía la entrada a una cueva. Saqué fuerzas de donde casi no quedaban y alcancé la promesa de un refugio. La vista no me había engañado: era la entrada de una cueva.

Encima de mí, un extenso círculo de nubarrones, en cuyo corazón estaba clavada la aguja del farallón, había enlutado el cielo por completo.

Ya a cubierto de la tormenta, descansé unos instantes, comprobé que mi equipaje y yo mismo aún estábamos enteros. Aproveché un pedazo de madera que azarosamente había caído en la entrada de la cueva, lo prendí con el pedernal para usarla a modo de tea y me adentré en las entrañas de la montaña.

En algunos tramos la gruta descendía suavemente, en cambio en otros volvía a ascender bruscamente, a veces llaneaba describiendo curvas muy abiertas y de golpe se truncaba en codos tan cerrados que si no andaba atento casi acababa chocando con la roca. La oscuridad apenas atenuada por la cada vez más mortecina luz de la tea y la tortuosidad de aquella madriguera de roca no tardaron en hacerme perder la orientación. Es como si no existiera nada más que mis pasos, mi respiración y lo que abarcaba el haz de luz. También estaban mis pensamientos, que recorrían mi vida para atrás y para adelante, sin encontrar nada más que una oscuridad tanto o más espesa que la me envolvía. Así, recordé mi huida, los conflictos que la motivaron, la búsqueda de un yo distinto de mí mismo yendo de un lado para otro sin más rumbo que el olvido, la inevitable caída que le espera a todo árbol sin raíces ni ramas en el Muelle Trece, la súbita aparición del viejo lobo de mar y su mapa que brillaron como un faro en medio de la niebla, el lento errar a la deriva en el barco solitario y finalmente el abarrancamiento en la cima del farallón imposible.

El túnel empezó a ensancharse de manera que el haz de luz ya no llegaba a iluminar las paredes ni el techo. Intenté pegarme a la roca para sentir que no andaba en medio de la nada. Caminé durante un rato pegado a la pared pero con la sensación de que estaba recorriendo el diámetro de un círculo. El reencuentro con un saliente rocoso de contornos conocidos confirmó mis sospechas. De alguna forma me había metido en una especie de enorme sala esférica. Recorrí varias veces la cripta de piedra sin hallar por dónde había entrado ni por dónde podría salir. Tampoco fui capaz de hacerme una idea de sus dimensiones.

La tea decidió alimentar mi incertidumbre y se apagó dejándome casi a oscuras. A mi alrededor, a una distancia indefinible, empezaron a surgir diminutos puntos de luz de un color azulado. Estos se empezaron a multiplicar agrupándose la mayoría en franjas luminosas parecidas a las que la Vía Láctea dibuja en el cielo nocturno. El espectáculo me cautivó hasta tal punto que creí volver a estar a cielo abierto, contemplando la bóveda celeste y soñando con nuevos rumbos.

Los puntos luminosos deshicieron la Vía Láctea imaginaria y empezaron a moverse y a formar figuras definidas. Empezaron dibujando una casa y al lado, un riachuelo y un granero, en la entrada, un gran árbol. A pesar de que al principio no la reconocí o no la quise reconocer me di cuenta de que aquella casa fue mi hogar hace mucho tiempo. Las figuras de dos adultos aparecieron en la puerta de la casa, ante ellos, dos formas más pequeñas, unos niños, se perseguían. Eran mis padres, y yo y mi hermano.

Los miles de diminutos ojos azules deshicieron la escena y se reagruparon para construir otra. Me vi a mí mismo, ya de adulto, robando los ahorros de la familia y siendo expulsado de casa. Después vi a mi madre llorar mi marcha y a mi hermano blandiendo un puño hacia mí. A partir de ahí, ante mí desfilaron todos aquellos amigos a los que traicioné, conocidos a los que estafé o robé y mujeres a las que engañé. También vi, a través de las escenas que con inusitada pericia construían aquellas extrañas luciérnagas, el miedo, la culpa y el resentimiento contra mí mismo que se habían ido depositando en el fondo de mi alma desde hacía mucho tiempo. Todos los recuerdos, buenos y malos, fueron reconstruidos por aquellas luminarias y mi pasado, edificado a partir de múltiples olvidos y que ni tan sólo había osado aparecer durante la eterna noche etílica del Muelle Trece, volvió a mí.

Caí de rodillas en medio de aquella constelación de recuerdos, y lloré y grité. Y mis lágrimas y mis gritos parecieron materializarse en nuevos puntos de luz azul que se elevaron hacía aquella falsa bóveda celeste trazando un puente imaginario entre el presente y el pasado. Abrumado, me eché al suelo y me hice un ovillo. Permanecí en aquella posición, con los ojos cerrados y sollozando durante largo rato mientras las luminarias seguían bailando a mi alrededor. Cuando la oscuridad volvió a envolverme sentí más que nunca mi propia soledad y con ella mi rabia, mis miedos y mis culpas. Y también sentí que contra ellos, aún en desigual batalla, luchaban mis anhelos y mi necesidad de redención. Había pasado tantos años tan lejos de mí mismo que ahora, a pesar de estar tan cerca, ya no era capaz de reconocerme. Y si no era capaz de reconocerme y de encontrar algo bueno en mí estaba seguro de que no podría seguir adelante, de que acabaría muriendo en aquella cripta de piedra.

Finalmente, tras muchos sollozos y rencillas internas, conseguí encaramarme hasta lo alto de la sima de mi alma. Lo conseguí cosechando recuerdos ya olvidados: los tiernos abrazos de mi madre, los juegos infantiles con mi hermano, la mano firme pero justa de mi padre, las risas sinceras con los viejos amigos, mis primeros e inocentes devaneos amorosos, la mágica complicidad con mi primer amor verdadero, los sueños de juventud, las primeras pérdidas… De la misma forma, también entendí mi necesidad de olvidar y destruir lo vivido por el temor a echarlo de menos. Y con este último reconocimiento y el convencimiento de que tenía mucho por reconstruir, salí definitivamente del abismo y empecé mi verdadera redención.

No recuerdo muy bien cómo pero finalmente pude escapar de aquella cripta y de la red de grutas que horadaban el farallón como si fuera una inmensa madriguera.

En la base de la aguja de piedra estaban los restos de mi nave. Con las partes más enteras y mucha maña construí un pequeño bote y me eche de nuevo a la mar. Me quedaban pocos alimentos, casi ya no tenía agua, y había perdido la carta de navegación pero ahora tenía el convencimiento de saber a dónde iba y de dónde venía.

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

 

Dejar un comentario