Gestionar las rabietas

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Gestionar las rabietas

En torno a los dos o tres años de edad es habitual que aparezcan las rabietas en el niño. Estos enfados, a veces repentinos y bruscos, son resultado de su dificultad para comunicar verbalmente aquello que desea y de la baja tolerancia a la frustración.

A lo largo de esta etapa infantil, los niños tienen dificultad para gestionar y canalizar sus propias emociones, pierden el control sobre ellas y tienden más a enfadarse y a mostrarse rebeldes. A ello, hemos de añadir que cada niño posee sus propias peculiaridades y puede ser más sensible y vulnerable a tener rabietas y a patalear con mayor frecuencia. Las pataletas disminuirán cuando el niño sea capaz de expresar sus deseos y necesidades a través del lenguaje verbal y a medida que aprenda a manejar sus propias emociones.

Frente a las pataletas, sería conveniente saber cómo actuar para gestionar su enfado, controlar las rabietas del niño y evitar que mantenga un comportamiento perturbador.

A continuación, os propongo algunas orientaciones para manejar estas situaciones de conflicto vinculadas a las rabietas, desde una perspectiva clínica:

No entrar en su juego ni responder a la rabieta

Es importante no mostrar reacción alguna ante el enfado o la conducta negativa en sí del niño porque quizá lo que él pretende es captar nuestra atención en un sentido negativo, porque no estaríamos reaccionando de una forma sana al atender a sus demandas cuando lo hace de una forma totalmente inadecuada.

El niño realiza un aprendizaje, si respondemos a su pataleta con “acción-reacción”, de una forma indirecta acabaría adquiriendo poder sobre nosotros, sobre nuestras respuestas y, en definitiva, sobre nuestra conducta. De manera que sería conveniente ignorar la conducta negativa que muestra en ese mismo momento. Para ello, en psicología, existe una técnica conductual muy efectiva, si se lleva a cabo siempre, conocida como técnica de la extinción.

La extinción es un método conductual basado en el condicionamiento clásico y operante que se utiliza para disminuir la conducta. Esta técnica consiste en ignorar conductas disruptivas o negativas. Si dejamos de reforzar una conducta inapropiada, dejará de darse con el tiempo y desaparecerá debido a que carecerá de sentido, al no haber respuesta por parte del adulto. Por lo tanto, ignorar significa: no hablarle, no entrar en razonamientos, no hacer gestos ni carotas.

Gestionar las rabietasCuando actitudes como gritar, dar golpes o portazos se presentan de forma aislada, claramente debemos ignorarlos.  En cambio, si el niño demanda de forma inapropiadas deberíamos moldear su conducta, redirigiéndolo en positivo para que la realice como nosotros deseamos. Por ejemplo, si pide agua llorando, haríamos extinción a la conducta negativa de gritar y llorar, es decir, ignoraríamos el grito en sí y, a la vez, le exigiríamos que pida bien el agua, sin mencionar en ningún caso la conducta inapropiada.

Mostrar seguridad ante nuestras exigencias

De la misma manera que nosotros, como padres, conocemos las distintas reacciones de nuestros hijos, ellos también perciben nuestra manera de actuar de una forma u otra. Por lo tanto, para que una demanda por parte del adulto sea efectiva, un ingrediente importante debe ser la firmeza, es decir, mostrar seguridad a la hora de dirigirnos a él. Mirarle a los ojos, con un tono claro, firme y sereno, sin necesidad de enfadarnos ni mostrar tensión, utilizando un lenguaje neutro y acompañándonos de la extinción.

Las rabietas disminuyen cuando el niño es capaz de expresar sus necesidades a través del lenguaje verbal y aprende a manejar sus propias emociones.

Focalizar la atención del niño a la hora de hablarle

Para favorecer una respuesta positiva del niño ante nuestras exigencias, debemos focalizar su atención. ¿De qué manera? Esperar a que se calme un poco para que conecte con la situación, ponernos frente a él, mirarlo fijamente a los ojos y asegurarnos de que él también nos mira en ese momento y nos está escuchando. Si es necesario, darle ayuda física, cogiendo con nuestras manos su barbilla para centrar su atención en nosotros.

Utilizar un lenguaje claro, conciso y breve

El lenguaje ha de ser poco extenso por dos motivos. El primero, para promover la comprensión del niño y facilitarle que entienda lo que le estamos pidiendo. El segundo, porque en un momento de frustración en el que demanda con una rabieta, cuanto menos lenguaje utilicemos mayor será la probabilidad de obtener éxito en sus respuestas.

Anticiparnos a los hechos

La anticipación verbal es la clave para evitar quejas y asegurarnos de que éstas se den lo menos posible. Si nos acostumbramos a anticipar los acontecimientos, obtendremos varios beneficios en nuestro hijo, como darle seguridad y confianza, favorecer la comprensión ante los hechos y disminuir su nivel de ansiedad frente a los cambios que se vayan a producir.

Darle dos opciones de respuesta

Cuando nos enfrentarnos a una rabieta de nuestro hijo, podemos ofrecerle dos opciones de respuesta. De esta manera, evitamos decirle un no directamente, ya que le presentamos dos alternativas totalmente válidas y permitimos que sea él quien elija, pero bajo nuestro control. Un ejemplo sería preguntarle: ¿Quieres agua, o zumo? Mostrándole físicamente ambas cosas y permitiéndole que señale o verbalice aquello que quiere o desea.

Dar explicaciones breves

Evita los debates eternos, ya que en ese momento el niño está perdiendo la batalla porque no le hemos dado aquello que pedía. No nos comprenderá mejor ni se sentirá bien si le damos muchas explicaciones. Es un error pensar que responderle de forma continuada hará que él se quede más tranquilo. Por e contrario, con esa conducta entramos en el famoso “círculo vicioso” en el que no sabemos cómo hemos entrado ni cómo podemos salir y que genera una situación de conflicto y malestar emocional.

Silvia García Velasco

Silvia García Velasco

Col. nº 15377 Copc

Psicóloga Infanto-Juvenil

sgarcia@copc.cat

Gabinet Psicològic Mataró Mèdica de Premià

Psicólogo infantil

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