A la vuelta del espejo

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A la vuelta del espejoLlegó septiembre tras un verano interminable. Y con él las primeras y anheladas lluvias. A Daniel le tocaba volver al cole y a mi al curro. Mientras él tomaría posesión de un nuevo pupitre en su aula de segundo de ESO yo reconquistaría mi despachito en la oficina.

Como la nueva e inesperada política de conciliación familiar de la empresa me permitía cierta flexibilidad para empezar la jornada laboral pude acompañarle en su primer día de escuela tras tres largos meses de vacaciones. Durante ese tiempo, Daniel había hecho de todo: partidos de fútbol improvisados en campos de tierra con pilas de ropa para delimitar las porterías, largas jornadas en la playa de las que volvía arrugado y con el cuerpo salado, primeros e ingenuos escarceos amorosos de los que salió algo mal parado, quince días con sus tíos y sus primos en una idílica masía en el campo… A Daniel no le desagradaba la escuela, pero no se daba cuenta de ello hasta más o menos una semana de reencontrarse con profesores y compañeros. Mientras, lidiaba, y lidiábamos, con su mal humor. La verdad es que le entendía mejor de lo que, como padre, me permitía demostrar. Para mí, volver a la oficina era bastante parecido a volver a la escuela. Con la diferencia de que Daniel, al cabo de nada, se olvidaba del verano para disfrutar de la rutina escolar. Yo solamente podía vencer mi malhumor con la resignación, más que con la aceptación.

Acerqué a Daniel a la escuela en coche. Durante los quince minutos de trayecto casi no habló. Y lo poco que salió de su boca torcida por el enfurruñe fueron quejas y lamentos. Yo, que en poco rato volvería a una oficina a la que querría prender fuego, dibujé una sonrisa muy bien ensayada en mi rostro y le acribillé con frases optimistas del tipo: te reencontrarás con tus amigos, les contarás qué has hecho este verano, las asignaturas de este año parecen muy interesantes, Silvia, la profe de naturales es muy maja y te quiere mucho, … y está muy buena. Lo último lo dije para mí mismo.

Mi verborrea de mal coach de adolescentes sirvió más bien de poco. Cuando un zagal decide estar enfadado hay poco qué hacer. Daniel se bajó del coche, farfulló una especie de hasta luego y se dirigió taciturno hacia un grupo de niños con aspiraciones adultas que hablaban animadamente ante la puerta de la escuela. Le contemplé mientras se alejaba. Ahora me tocaba a mí volver a la rutina.

Entré en la oficina y saludé sin mucho entusiasmo a los compañeros. La mayoría hacía ya unas semanas que había terminado sus vacaciones. Como respuesta recibí dos tímidos buenos días, un movimiento de cabeza y dos sutiles levantamientos de mano. Si bien la empresa se había comprometido por motivos poco claros con la conciliación familiar, por otro lado hacía todo lo posible para minimizar la comunicación no estrictamente laboral entre sus empleados. La amistad entre trabajadores estaba mal vista. Me instalé en mi despacho en medio de aquel monstruoso silencio, sólo apaciguado por el claqué digital sobre los teclados.

Entré en la oficina y saludé sin mucho entusiasmo a los compañeros. 

Aún no se había iniciado el ordenador y una voz a mi espalda atravesó el silencio como un hacha.

– Buenos días, David. En cuanto puedas ven al despacho – la voz, sin rastro de cordialidad, traspasó mi corazón como una daga. Isabel, la jefa, tenía la capacidad de convertir cada frase que salía de su boca en un objeto lesivo: una espada, un puñal, un hacha, una daga, una maza…

No tardé ni cinco segundos en presentarme en su despacho. La jefa estaba revisando unos papeles y me indicó que me sentara con la mano, sin levantar la cabeza. Me senté intentando estabilizar mi pulso.

– David, ¿estás bien aquí? – me preguntó fríamente y sin mirarme.

– Claro- evidentemente mentí.

– Eso es mentira- me respondió, ahora sí, mirándome con severidad. Me guardé las ganas de alabar irónicamente su inteligencia.

– Nadie está bien aquí. Esos de ahí afuera están incluso más amargados que tú – me soltó señalando hacia la oficina.

– Pero… – quise rebatir lo irrebatible pero me frené porque no se me ocurría nada y porque me daba miedo debatir nada con Isabel. Si ella creía que la Tierra era el centro del Universo yo me olvidaba de Copérnico y listos.

– Tengo un nuevo trabajo para ti – me dijo secamente mientras me acercaba un papel.

Empecé a leer pensando que sería una carta de despido o una sanción por sonreír en horario laboral. Pero nada más lejos de mis temores. La empresa en la que trabajaba estaba metida en un sinfín de actividades en todo el mundo y el departamento de ‘Recursos Mágicos para el Bienestar’ estaba buscando a un empleado para una misión muy especial: conseguir muestras de un extraño mineral de propiedades milagrosas. Miré a mi jefa sin poder disimular mi sorpresa.

La empresa en la que trabajaba estaba metida en un sinfín de actividades en todo el mundo y el departamento de ‘Recursos Mágicos para el Bienestar’ estaba buscando a un empleado para una misión muy especial.

– Te han escogido a ti- me señaló con el dedo.

– ¿A mí? – me señalé a mí mismo con cara de estupor.

– Buscaban a alguien que estuviera siempre con la cabeza en las nubes y les di tu nombre – me explicó inexpresiva mientras seguía apuntándome con el dedo.

Por un momento pensé que iba a traspasarme el corazón con su uña, larga, afilada e ideal para arrancar órganos de empleados.

– El portal está en uno de los sótanos del edificio. En la planta menos treinta – me explicó retirando su amenaza digital.

– ¿Cómo? – cada vez lo entendía menos.

– Sigue leyendo- me señaló el papel con la cabeza.

El mineral en cuestión se hallaba en un mundo paralelo cuyo portal de acceso estaba, efectivamente, en el último sótano del edificio. La misión consistía en abandonar mi dimensión para meterme en otra y buscar y encontrar una roca con propiedades mágicas. Me recomendaban llevarme calzado adecuado, agua y comida para varios días. Levanté la cabeza y la miré idiotizado un instante antes de echarme a reír como un poseso.

– No te lo tendré en cuenta – dijo terriblemente seria cuando me calmé.

– Ante el portal encontrarás una mochila con agua y víveres, y un equipo de montaña completo del Coronel Tapioca … – me informó.

– … un miembro del consejo de administración tiene acciones – me aclaró aspirando profundamente.

– ¿Es una prueba de los de recursos humanos para ver cómo reaccionan los empleados, no? – me aventuré a preguntar.

– Planta menos treinta. A partir de la menos dos no hay ascensor y tendrás que bajar por las escalera – y volvió a meterse en sus papeles.

Salí del despacho de Isabel medio grogui. Contemplé a mis compañeros. Nadie levantó la cabeza ni se rió entre dientes. No sé si sería o no una prueba de obediencia pero me dispuse a hacer lo que me habían ordenado.

Cogí el ascensor hasta la planta menos dos y de ahí empecé a descender por las escaleras de emergencia. A medida que bajaba, la temperatura no dejaba de aumentar. Llegué sudando a mi destino. Abrí la puerta que daba acceso al sótano menos treinta y me encontré con una habitación muy amplia y diáfana. En la pared opuesta había un agujero ovalado de unos dos metros de alto por uno y medio de ancho. A un lado vi una mochila, un montoncito de ropa color caqui y unas botas de montaña. Encima del agujero, un cartel me informaba que estaba a punto de penetrar en el ‘Mundo 27A’ y que tuviera cuidado con los Sharancs y la lluvia ácida. En aquel momento no supe si echarme a llorar o presentar a mi jefa una carta de renuncia voluntaria. Como me sentía demasiado deshidratado para llorar y me daba una pereza terrible ascender por los veintiocho tramos de escalera opté por la alternativa menos razonable: me disfracé de Doctor Livingstone y me metí en el agujero.

Al otro lado del umbral me recibió un mundo poco o nada distinto al que había dejado. Aparecí en una llanura interminable delimitada por altísimas montañas. A mi derecha, algo alejado, discurría un río. La planicie estaba salpicada de pequeños bosques aislados, lomas poco elevadas y algunas lagunas.

– ¡Y dónde diantres encuentro el maldito mineral! – chillé con impotencia en medio de la sabana.

– Chisssst – un sonido emergió de entre unos arbustos a pocos metros de mí.

– ¿Quién anda ahí? – Grité sobresaltado, me puse en posición de combate y amenacé al seto con mi cantimplora.

– Chiiiiiiiiiiiist – insistió el arbusto aparentemente poco impresionado por mi arma improvisada.

De repente, otro sonido, éste más lejano pero que se iba acercando, empezó a reverberar en las montañas para extenderse después por la llanura. Sonaba como un tren de mercancías frenando precipitadamente. Una especie de shhhhraaaank estridente, seguido por un grooooongggg que le añadía un matiz sin duda amenazador, llenó el cielo.

– ¡Cállate ya y escóndete! – me sugirió el arbusto en el centro del cual había aparecido una cabecita de color azul, de grandes y puntiagudas orejas y enormes ojos felinos.

A pesar de que el hombrecillo no me inspiraba ni la más mínima confianza preferí compartir seto con él a dejarme pillar por lo que fuera que se estaba acercando. Hice bien. En pocos segundos un ave monstruosa, tanto por el tamaño como por el aspecto, pasó volando por encima de la llanura emitiendo su ensordecedor graznido. El animal era medio gallina medio libélula, y con algo de sapo y lagarto. Fuera como fuera, no parecía muy amigable.

En pocos segundos un ave monstruosa, tanto por el tamaño como por el aspecto, pasó volando por encima de la llanura emitiendo su ensordecedor graznido. El animal era medio gallina medio libélula, y con algo de sapo y lagarto.

Es un Shranc. Si te llega a ver ya estarías en su estómago – me contó el ser del arbusto, con voz infantil y en un perfecto español de Valladolid con cierto deje gallego.

– Ah, el famoso Sharanc… – dije suspirando.

– No, Shranc. ¿Tú también vienes a por el talismán verde? – me preguntó el extraño duende entornando sus enormes ojos felinos.

– Ummmh… – dudé – No, me gusta hacer turismo por lugares exóticos- mentí con poca convicción.

– Sí claro. Ya eres el octavo que viene de tu mundo a por lo mismo y ninguno ha conseguido sobrevivir– quiso mostrarme el número con los dedos pero no pudo porque sólo tenía tres en cada mano. Intenté no reírme y a la vez esconder la inquietud provocada por su recuento de víctimas humanas.

– Lo que buscas está en el Palacio de Thelurián – me informó diligentemente el niño azul. Yo le miré como si hubiera mencionado un pueblo de cabreros de Mongolia Occidental.

– Si quieres, puedo acompañarte. Los otros quisieron ir solos y… bueno – el chico se me ofreció como guía al notar mi desconcierto.

– De acuerdo – le respondí sin pensármelo demasiado. Confié que no tendría que pagarle nada. En la mochila sólo llevaba barritas energéticas de chocolate y frutos secos.

– Me llamo Dan-al. ¿Y tú? – se me presentó formalmente ofreciéndome su mano de tres dedos.

– Encantado, mi nombre es David – me identifiqué estrechándole la mano. Estaba viscosa y fría. Sentí algo de repelús que supe disimular.

Iniciamos la expedición atravesando la llanura en dirección a las montañas. Dan-al empezó a hablarme de su mundo y de su vida. Su pueblo pasaba gran parte del año recolectando bayas, raíces y conocimientos naturales. Cada cierto tiempo se tomaban un largo descanso que llenaban con aminados bailes, música, pantagruélicos festines e infinidad de juegos en los que participaba toda la comunidad. Aquel mismo día había empezado lo que los de su especie llamaban ‘vuelta a la sabana’. A Dan-al no parecía que el reinicio del trabajo le entusiasmara demasiado. A pesar de ello me reconoció que los de su especie se adaptaban rápidamente a sus tareas y no tardaban en disfrutar de las virtudes de la recolección y el aprendizaje. Por otro lado me mencionó a los Adulen, otro pueblo muy parecido al suyo pero con hábitos más rígidos y con menos capacidad para el disfrute vital. Yo le conté que en mi mundo se funcionaba de forma parecida aunque la mayoría de nosotros hacía tiempo que no recogíamos bayas ni raíces.

Tras una eternidad andando a través del páramo, llegamos a un pequeño bosque. Nos sentamos bajo un inmenso árbol parecido a un baobab pero con una ancha copa cubierta de flores amarillas. Bebí de mi cantimplora y le ofrecí a mi compañero. Él la rechazó amablemente y se zampó una especie de babosa de color fosforito y cubierta de ojitos que tuvo la mala suerte de encontrarse en el sitio equivocado y en el momento equivocado.

– Deberíamos pasar la noche aquí- me dijo.

– No tengo demasiado tiempo. Tendría que volver a mi mundo a recoger a mi hijo del cole… – le informé con cierta ansiedad. Me miró pensativo.

– Va a ser difícil. En nada empezará la lluvia roja- me pasó el parte meteorológico haciendo con sus manitas como que llovía.

– Por un poco de agua no va a pasar nada, ¿no? – le repliqué.

– La lluvia roja deshace los cuerpos. La mayoría de tus compañeros terminaron convertidos en esqueletos descarnados- me advirtió tranquilamente tomando otro bocado de la babosa.

– Pero…es que… – intenté quejarme sin mucha convicción y poniendo cara de agobio.

– Bueno. Quizás haya una forma… pero es peligroso. La lluvia afecta a la carne pero no al musgo – y arrancó un pedazo de musgo.

– Si nos cubrimos con esto podríamos andar bajo la lluvia pero si el chaparrón dura demasiado… – completó la frase apuntando con el pulgar hacia abajo.

– Adelante- dije cogiendo un trozo de musgo.

Tardamos un buen rato en confeccionar los trajes. Los dos nos convertimos en una especie de osos verdes y algo malolientes ya que, al parecer, el musgo solamente crece en las heces de Sharanc.

Al tener los dos el mismo aspecto y al ser Dan-al más bajito que yo y algo cabezón, parecíamos padre e hijo. El pensamiento me hizo sonreír.

El chico azul salió corriendo en dirección a una colina arbolada y yo le seguí como pude. Bajo el mar de hierba que cubría la sabana había un lecho de piedras irregulares que me hacían tropezar cada pocos metros. No tardó en empezar a caer una fina llovizna ligeramente rojiza. Dan-al aceleró la carrera y yo empecé a brincar por la pradera, esquivando a toda velocidad las trampas rocosas. Es increíble lo rápido que aprende uno a moverse en un nuevo medio cuando el peligro acecha. Cuando llegamos al cerro ya estaba lloviendo a cántaros y toda la llanura estaba humeando.

– Si es tan peligroso, ¿por qué me has acompañado? – le pregunté a Dan-al tras recuperar el aliento.

– Porque me caes bien y porque los primeros días de vuelta a la sabana son muy aburridos – me dijo sonriendo detrás de su máscara de musgo.

Nos quitamos los trajes de osos veganos y nos adentramos en el bosque que coronaba el altozano. La maleza se iba haciendo más y más densa a medida que avanzábamos. Mientras Dan-al se movía con agilidad y sigilo yo parecía un elefante que se hubiera perdido en los pasillos del Ikea. Pronto llegamos a un gran claro.

La maleza se iba haciendo más y más densa a medida que avanzábamos. Mientras Dan-al se movía con agilidad y sigilo yo parecía un elefante que se hubiera perdido en los pasillos del Ikea.

– Buf, ¿seguro que me estás llevando a Pelurián?- pregunté un poco contrariado.

– Thelurián. Sí, y habla bajito, estamos muy cerca – me susurró.

– Pero si aquí no hay nada – dije buscando algún resto de civilización a mi alrededor.

– Está bajo tierra. Ven – me cogió de la mano y tiró de mí hacia el centro del claro.

Dan-al cerró sus enormes ojos felinos, agachó la cabeza y entonó una especie de melodía en voz baja. Un rumor proveniente de debajo de nuestros pies replicó a su cántico. Yo también cerré los ojos e improvisé una oración. Sabía que lo que iba a pasar no me gustaría. Y acerté. Cuando se terminó la canción, se abrió el suelo y fuimos engullidos por la tierra. Aterrizamos bastantes metros más abajo encima de un montón de estiércol de Shranc.

Estábamos en el centro de una enorme sala sostenida por colosales pilares de roca. A unos veinte metros de nosotros había lo que parecía un altar con un pequeño objeto que emitía un ligero fulgor verdoso.

– ¡El talismán! – deduje en voz alta mientras descendía de la pila de heces.

– Sí, pero cuidado con los pitusines – me advirtió viendo cómo empezaba a correr hacia el altar. No hice caso. ¿Qué podía esperarse de algo con ese nombre?, ¿arrumacos?.

De repente, entre la tabla de piedra con el talismán y yo aparecieron una decena de pelusas multicolores del tamaño de pelotas de tenis. Casi me echo a reír. Los pitusines eran aún menos amenazadores de lo que había pensado. Le pegué un puntapié al que estaba más cerca de mí. La bolita peluda rebotó contra uno de los pilares de roca y me golpeó en la cabeza con una dureza inesperada. Cuando me disponía a arrearle otra vez, el bicho pateado y sus hermanos habían aumentado de tamaño y eran ya más grandes que balones de baloncesto. Quedé paralizado no sólo por el cambio de tamaño sino porque seguían creciendo.

– ¡Les has hecho enfadar! – gritó Dan-al desde la montaña de estiércol.

– ¿Y qué hago? – le pregunté histérico y flanqueado por varias pelusas que ya eran más grandes que yo.

En el centro de cada una de las bolas se abrió un enorme ojo. Y debajo, lo que me aterrorizó aún más, una boca del tamaño de un horno microondas. Unas lenguas grandes y viscosas asomaron a través de sus labios peludos. Empecé a chillar mientras los pitusines se echaban encima de mí. Debían de ser animales sordos porque mi grito resonó por toda la cripta de piedra sin que a ellos les afectara para nada.

Al cabo de un rato de soltar alaridos y forcejear entre pelos y babas, los pitusines decidieron dejarme en paz. Retomaron su tamaño inicial de pelotas de tenis y desaparecieron. Yo quedé tendido en el suelo empapado en saliva y moco, pero sorprendentemente entero.

– Buf, qué susto. ¿Cómo estás?- me preguntó Dan-al tras abandonar su atalaya de heces de Shranc.

– Entero. ¿Podrías haberme ayudado, no? – le eché en cara mientras me sacudía la saliva de pitusín.

– Odio las babas. Me recuerdan a mis tías Adulen. No saben besar sin llenarme de saliva – me dijo poniendo cara de asco.

Una frase parecida la podría haber dicho mi hijo respecto a las hermanas mayores de su madre. Me pareció muy gracioso. Le contemplé con cierta ternura.

– Pensaba que me iban a comer – le confesé.

– No les ha gustado tu sabor. Los pitusines lo chupan todo antes de comérselo – me aclaró con una sonrisa burlona en los labios.

Me acerqué al altar para coger el talismán. Empezaba a tener algo de prisa. Tenía que volver a mi mundo, remontar las escaleras hasta la planta menos dos de mi edificio y llegar a la oficina con el mineral milagroso y salir a tiempo del trabajo para recoger a mi hijo en la escuela.

– ¡Espera! – grito Dan-al.

– Tú solo no podrás cogerlo. Necesitas a alguien de este mundo – se acercó a mí y me dio la mano.

Esta vez ya no era fría ni viscosa, sino suave y cálida.

Estaba a punto de cumplir la misión que me había encomendado la arpía de mi jefa. Pronto tendría una muestra del codiciado material mágico para entregárselo. Dan-al y yo acercamos las manos al talismán en cuyo centro palpitaba la piedra verde fosforito…

Estaba a punto de cumplir la misión que me había encomendado la arpía de mi jefa. Pronto tendría una muestra del codiciado material mágico para entregárselo.

Poco antes de terminar mi jornada laboral entregué los informes que me había pedido mi jefa por la mañana.

– Gracias David. Por cierto, ¿qué tal las vacaciones? – me preguntó con su sonrisa mientras cogía los informes.

– Un poco cortas, Isabel – le confesé sin tapujos.

– Te entiendo, quién recuperara los largos veranos de cuando éramos niños…

Le devolví una sonrisa melancólica y salí de su despacho. Apagué el ordenador y me despedí de los compañeros que aún no se habían marchado. Todos reaccionaron con un sincero ‘hasta mañana’ o un ‘que pases buena tarde’. Ya no parecían tan áridos como por la mañana ,ni la jefa tan arpía. Aquel primer día de trabajo no había ido tan mal después del todo.

Conduje hasta la escuela y aparqué junto al resto de coches de padres y madres. Salí del coche y me dispuse a esperar junto a Silvia, la madre de Paula, una compañera de clase de Daniel, y de Alberto, el padre de Sergio, también amigo de mi hijo. Se unieron al grupo, Laura y Javier, los padres de Pablo y Sara, dos gemelos que estaban en primero de ESO. Todo el mundo estaba de excelente humor.

Daniel tardó poco más de cinco minutos en aparecer charlando animadamente con dos chicos más. Cuando me vio se despidió de los colegas con la mano y vino hacia mí.

– ¡Hola papá! – me soltó alegremente.

– Buenas. ¿Cómo ha ido tu primer día?- le pregunté afectuosamente.

– Ha sido extraño. Al principio me costaba hablar con mis compañeros, no escuchaba nada de lo que decía la profesora. Estaba en mi mundo… – reconoció un poco avergonzado.

– Vaya – aunque conocía muy bien la sensación no supe muy bien cómo replicarle.

– Pero poco a poco he empezado a hablar, primero con Miguel, después con Carlos, también con Sara. La profe me ha preguntado por mis vacaciones… – Daniel continuó relatándome su primer día con un brillo cada vez más intenso en la mirada.

– Lo que me cuentas está muy bien – sonreí y le dejé que continuar.

– Ha sido como andar perdido en un mundo extraño y acabar encontrando un tesoro escondido – me sorprendió su reflexión.

– Creo que este curso me lo voy a pasar muy bien – culminó su relato de la vuelta al cole con una guinda de ilusión y con un gesto que no hacía desde hacía mucho tiempo: cogerme de la mano.

Una emoción antigua se me subió a la garganta y la retuve ahí. Su mano era cálida y suave. Y su apretón sólido y afectuoso.

Subimos al coche y nos mantuvimos en silencio mientras volvíamos a casa. Por algún motivo no nos hacía falta hablar. Lo que tuviéramos que contarnos ya lo haríamos en casa, con su madre.

Cuando estábamos a punto de llegar se nos cruzaron en medio de la calle una decena de pelotas de tenis de distintos colores.

– No se te ocurra pegarles una patada, podrían enfadarse- me advirtió Daniel con una expresión divertida.

– No te preocupes. Seguro que no les gusta mi sabor- le respondí con una sonrisa de complicidad.

David Puig

David Puig Ferrer

Guionista, periodista

laplaneta73@hotmail.com

https://davidpuigescriptoralsnuvols.wordpress.com/

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