Mensaje en una botella

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¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”? Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada.
—Dónde está Dios?—, exclamó, ¡se lo voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!
Friedrich Nietzsche. La ciencia jovial, de 1882, (III, §125)

Mensaje en una botellaOtra noche más sin un latido al que poder abrazar. Había dormido mal. El pálido de la mañana entraba por el ventanal del salón y se tragaba los objetos; yacían sin sombras camuflados en su lugar. Parecían que estaban pintados con un tono de cielo oscuro, camino al olvido. Me preguntaba si eran los mismos que, esa misma madrugada, danzaban chispeantes con las imágenes del televisor.

Los restos de la noche destacaban en el salón y lo desordenaban concretando el futuro. Olía a lleno estrangulado. Era otra de las muchas páginas de mi presente que había articulado con ahínco y perseverancia. Ésta en concreto la había aprendido de memoria porque recordaba su cabecera; soledad. Ya no había en mis gestos ni un solo esfuerzo para dar salida a ese confinamiento. Todo moría bajo ese techo y yo con ello. Abrí la ventana para que entrara un poco de aire con la esperanza de que el tufo, una mezcla de colilla, cerveza derramada y comida seca, desapareciera.

Era invierno y hacía frío. Bostecé.

Fui a la cocina a prepararme el desayuno. Era el primer ritual del día. Distraído en mis pensamientos se me quemaron las tostadas y la leche hirvió hasta que se derramó en los fogones, sobre la costra beige que, por mucho que me empeñara, no podía arrancar.

Salí al bar de la plaza a tomar café. Bebí dos en cuatro tragos. No tenía hambre así que fumé unos cigarros y, entonces, perezoso, decidí ir a caminar por la playa. El día acompañaba y pensé que un poco de ejercicio no me iría mal. De camino, con otro cigarro en los labios, el estómago me advirtió que tenía que cuidarme porque sentí un ardor punzante. Di la última calada y lo aplasté en el asfalto.

Inspiré hondo. Soplaba un viento que te desnudaba. El cielo aplastaba el mar enfureciéndolo y erizando sus crestas. Estaba demasiado bravo para que algún intrépido capitán pusiera un pie en su embarcación. Entré en el arenal y, al dar dos pasos, pensé que me había equivocado porque unas de las muchas cosas que odio es que me entre arena en los zapatos.

El instante de ilusión me ahogó de sopetón por mi adicción a la nicotina y hamburguesas dobles regadas con mucho kétchup. Decidí ir a sentarme a la orilla. Cuando me acerqué pude observar que no estaba solo. Había una figura delgada, casi transparente, que se confundía con el horizonte. Estaba en posición de loto y parecía que flotara encima del plomo.

Cuando me acerqué, pude observar que no estaba solo. Había una figura delgada, casi transparente, que se confundía con el horizonte.

Su perro vino rápidamente a olerme. Me gustó. Estaba igual de perdido que yo porque su amo no estaba por él. Se fue con un ladrido, volvió moviendo el rabo y mordiendo un trozo de madera seca. Quería jugar.

— ¿Quieres que te lo tire? ¡Dámelo! ¡Si no lo sueltas no podré lanzarlo, chucho tonto!

Jugué con él un buen rato. El yogui ni se inmutó y mi nuevo amigo no se cansaba. Corría de lado a lado tras el palo y, por muy lejos que lo intentaba echar, lo agarraba casi al vuelo y venía a ofrecérmelo. Sólo viéndolo me faltaba oxígeno. Tiré la madera al agua para ver si dejaba de hacer eso unos minutos, tenía miedo de que reventara y, de paso, para joder un poco al yogui. Se detuvo en seco, empezó a ladrar justo donde el agua abraza la arena y, con las patas delanteras, emprendió a hacer un socavón. Excavaba como un campeón olímpico. Se detenía, me miraba extrañado preguntándome qué tenía que hacer, rodeaba su hoyo, ladraba al viento y continuaba con su tarea. Parecía excitado. Con su última brazada extrajo lo que parecía un recipiente de color verde.

— ¿Qué has encontrado? ¿Una botella?

La cogí y la sostuve entre mis manos. Era de cuerpo ancho y de cuello largo. Por uno de sus lados, aferradas a su mundo, había docenas de lapas que se amontonaban unas encima de otras y, por el otro, media docena de anémonas caían sacudidas por el viento hacia su nueva gravedad.

Mi amigo, distraído y cansado, se sentó en la orilla y emprendió a darle lametazos al agua.

— ¡No hagas eso, hombre! ¿Quieres enfermar, perro loco?

La botella estaba cerrada por algo parecido a un grotesco tapón; sobresalía bastante. Lo toqué. Su tacto era escurridizo. Tuve la sensación de que palpaba el lomo de un pez. Deseaba tirar de él. Me quedé en silencio observando el horizonte. El allá estaba ennegreciendo desde el gris plomizo. Escuchaba los quejidos de una gran tormenta y, de tanto en tanto, se encendían sus capilares. Me quedé allí anonadado.

Cuando volví en mí me dolían las manos. Las lapas se me clavaban en las palmas, sangrándolas, y la botella parecía podrirse porque emanaba un tufo a profundad marina.

— Cuando quieras ya abrirás los ojos, que tu chucho está bebiendo agua de mar y eso no ha de ser bueno! ¿Me oyes? ¿Mira qué ha encontrado?

Me senté. Mi amigo vino junto a mí. Puse el recipiente entre mis pies y con cuidado estiré del tapón. Se oyó un largo vacío. Lo incliné un poco para saber si contenía algún elixir pero de allí no salió nada. Lo agarré de nuevo, levanté y miré por su boca. Vi algo en su fondo, mientras sus fetideces crecían. Le di la vuelta y golpeé su culo. Cayó un rollo estrecho de papel. Estaba sujeto con una cuerda enmohecida y le daba una forma de pajarita. Sonreí.

Vi algo en su fondo mientras sus fetideces crecían. Le di la vuelta y golpeé su culo. Cayó un rollo estrecho de papel.

— ¡Tú, no te lo comas!

Lo cogí. Creí que en cualquier momento se desintegraría.

— ¡Hola!

— ¿Qué, ya te has despertado?

— ¡Mira qué ha encontrado tu perro!

— No es mío y se llama Enoc.

— ¿Enoc? No sé dónde lo he oído. Es un nombre un poco raro para un perro.

— Es su nombre. Los tibetanos…

— Ya empezamos.

— Los tibetanos creen que Dios…

— ¿Dios? Lo dicho, ya estamos.

— Los tibetanos creen que el nombre de Dios está escondido en su alfabeto y en los nueve millones de combinaciones posibles de sus letras. Ellos lo buscan hace más de mil años.

— ¡Ese es el título y argumento de un relato, lo he leído! Los nueve millones de nombres de Dios de Arthur C. Clarke. ¿Y tú cómo te llamas?

— Lo estoy buscando, aquí.

— ¿Un trabajo de chinos, no? —dije para joderlo de nuevo acariciando a mi amigo—. ¿Qué es Dios?

— Dios es todo lo que nos rodea.

— Eso no da opción a reflexionar sobre lo que es. ¿Define Dios?

— Es la verdad.

— ¿La verdad? ¿La mía? ¿La verdad tallada en unas piedras, escrita en pieles de animal o, en papel, de nuestro puño y letra por unos tíos que, ahora, probablemente, ingresarían en un psiquiátrico para que dejaran de escuchar esas voces que les inspiraron o dictaron las escrituras? Los creyentes no queréis ser libres porque Dios está sumergido en vuestros miedos. Por lo tanto tú Dios es persona. ¿Por qué Dios tiene que ser Dios? ¿Por qué tiene que hablar? ¿Acaso no podría ser un árbol o una simple sensación? ¡Estáis obsesionados! Incluso ahora los musulmanes han confeccionado un manual para que los astronautas puedan rezar en el espacio. ¡En fin! La colonización será hasta en las alturas que, según vosotros, es donde reside. ¿No sabes qué el exterior está regido por otro tipo de constantes? El Dios, muy a tu pesar, sólo tiene forma en la Tierra porque la ha conquistado y sucumbido gracias a su arrogancia. ¡La avaricia rompe el saco! No niego que las religiones pueden ser modelos familiares y sociales, ¿pero es que, acaso, no hemos aprendido lo suficiente para encontrarnos los unos a los otros sin necesidad de ningún intermediario? El mismo Dios que nos une también nos condiciona para rechazarnos. ¿Cómo se explica esa paradoja? ¿Quizás porque las religiones son doctrinas y, por ello, carecen de libertad? ¡A-d-o-c-t-r-i-n-a-m-i-e-n-t-o! El mal de las religiones es que sólo existe Uno, sólo uno y no quiere saber nada de los otros. Un verdadero y único Dios, un verdadero y único amor, un pensamiento, una moral, una ley. ¿Qué mierda es ésta, de libertad y respeto?

—Vas demasiado lejos. Dios es encontrarlo y después nombrarlo. Tú aún no la has encontrado pero pronto lo harás.

— ¿Es qué también eres vidente?

— No, yo soy también Él, pero busco su tono en el alfabeto.

— ¿Si encuentras el nombre será un nombre que se pueda pronunciar, o no? ¿Será masculino o femenino? ¿Por qué Dios es Él y no Ella? Sería más justo porque ellas nos han traído al mundo. ¿Por qué no lo puedo encontrar dentro de esta botella, eh? ¡Mira qué había dentro! ¡Este papel!

Enfurecido con el yogui deshice el nudo, desenrollé el papiro y leí en voz alta:

— ¡DIOS EXISTE!

La piel se me erizó y noté el azote del mar en la nuca. Sentí un pánico inexplicable, una verdad.

Enfurecido con el yogui, deshice el nudo, desenrollé el papiro y leí en voz alta: ¡DIOS EXISTE!

Un rayo del sol se abrió camino entre la densa capota y nos iluminó descaradamente. El chucho miró hacia arriba y ladró, yo deslumbrado no veía nada, sólo sentía que ese calor me invadía las pupilas y avanzaba hacia adentro. El yogui era transparente y volaba encima de nosotros. Mi amigo, contento, continuaba ladrando.

Excitado, corrí hacia la plaza para proclamarlo. El chucho me persiguió moviendo el rabo y saltando de alegría mientras los dos gritábamos:

— ¡DIOS EXISTE! ¡EXISTE!

¿No habéis visto en los telediarios a un loco agarrando una botella en la mano, perseguido por un perro rabioso, proclamando por la plaza Mayor de Canet de Mar que Dios existía? Era yo, Àlex Voltá. Como allí había muchas personas que no creían en Él, se burlaban de mí mientras me lanzaban monedas.

— ¡A ver si lo encuentras, zumbado! —dijo uno.

— ¡Nos tiene miedo, por eso ha desaparecido, gilipollas! —dijo el otro.

— ¡Vete a rezar y deja de molestarnos! ¡Llamaré a la policía! —dijo uno más.

— ¡Ése del que hablas se habrá perdido, capullo! —dijo otro más.

— Como no te largues te voy a inflar la cara, tío mierda —dijo el de más allá.

— ¡Qué calle tu puto perro! ¡Lo vamos a matar! —dijeron todos.

Los fulminé con la mirada:

— ¡Os voy a decir dónde está Dios! —grité en mitad de la plaza—. ¡Lo he desenterrado y olía a podredumbre! ¡Estaba preso en el mar que todos nosotros hemos contaminado a sabiendas de lo que hacíamos! ¡Lo he liberado! ¡Yo también fui un asesino, asesinos! Hemos yermado la tierra, borrado su paisaje y tenemos que ararla de nuevo. ¿No lo entendéis, salvajes? ¡Somos de Él y le pertenecemos porque estamos dentro de su danza! ¡Somos hijos del universo y estrellas! ¡Allí está nuestra alma! ¡Somos la constante del retorno, del abajo, del arriba, de los lados! ¡Por fin caminamos hacia el finito! ¡Dios ha llegado de nuevo para quedarse! La oscura noche se aleja. ¡No hay que buscarlo en sus escrituras por qué está aquí, entre nosotros! No hay un Dios: hay nueve millones de ellos! ¿No lo entendéis, malditos sepultureros? ¿No oléis su dulzor? ¡El cosmos somos todos! ¿No veis sus colores? ¡Dios nunca más se pudrirá en el agujero en el que le hemos enterrado porque no lo podemos matar nueve millones de veces! ¿No entendéis que Él Es todos los nombres y palabras que nos rodeaban? ¡Él nunca se consumirá! ¡DIOS EXISTE! ¡DIOS VIVE!

Me encerraron en un psiquiátrico una larga temporada. Aún sigo en él.

Alex Volta

Àlex Voltá

pintoralombra@hotmail.es

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