El niño sin juguetes

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El niño sin juguetesCada madrugada caminaba hasta que los primeros rayos de sol se precipitan sobre su piel. Entonces sabía que pronto empezaría su jornada laboral; doce horas intensas a cambio de unas pocas monedas, agua y una comida; normalmente un pedazo de harina mal cocida con legumbres en su interior.

Trabajaba de sol a sol en la fabricación manual de ladrillos de arcilla para la construcción. Era la moda del momento y se exportaban a Estados Unidos, Rusia y Europa. Desde hacía meses los clientes pedían mayores cantidades; querían más y en plazos de entrega más breves. Entonces ellos tenían que trabajar duro y, gracias a la demanda de pedidos, recibían menos dinero porque los gobernantes de la explotación tenían que bajar el precio a los clientes.

Cargaba en sus espaldas cestos de cincuenta kilogramos de arena mojada. La sustraían de un oscuro pozo que a base de excavar en él no se veía su fondo. Estaba a quinientos metros y era tan grande como un cráter. De vuelta a la factoría hundían el barro en moldes de madera y, aporreándolo con las manos para comprimirlo, perfilaban la madera con un listón para alisar el exceso de arena. Lo dejaban fraguar escasos minutos porque el clima deshidrataba rápidamente cualquier intento de vida. Pasado el infierno extraían los tochos y los amontonaban unos encima de los otros dejando espacios vacíos entre ellos para que el aire abrasante los secara. Formaban gruesas y altas paredes. Había centenares de falsos muros que, desde lejos, parecían murallas inexpugnables. En sus sombras se formaban tortuosos pasadizos que asemejaban los del Valle de la Paz, pero éste, en vez de albergar carne seca y huesos, tenía el primer aliento de Dios; calor, tierra y agua.

El sello de identidad de esos ladrillos eran unas pequeñas huellas grabadas en sus horizontales porque al secarse al aire libre muchos pequeños mamíferos caminaban sobre éstos y dejaban sus rastros. El logotipo de la empresa era una pisada de mangosta.

Cuando el astro tocaba su techo era la hora de la comida. Todos ellos, como si fuera un regimiento de soldados tras una batalla en una albufera, cuarteaban sus gestos hacia la sombra de las murallas. Se sentaban uno junto al otro en silencio, agotados, esperando que pasara un Kalashnikov con un cubo de agua ofreciéndoles un cucharón y, tras él, un M 16 con una gran bandeja de tortitas rellenas de legumbres. Una anciana ciega cocinaba todo el día en cuclillas haciendo centenares de ellas porque en la factoría trabajan más de quinientas personas.

Tras la comida y el crepitar de los maxilares la tarde avanzaba perezosa y pesaba con la misma rutina hasta la caída del sol.

Tras la comida y el crepitar de los maxilares la tarde avanzaba perezosa y pesaba con la misma rutina hasta la caída del sol

Mahjabeen trabajaba allí desde los seis años. Tenía trece y, gracias al levantar tanto peso, caminar dos horas de ida y dos de vuelta hacia su poblado, era uno de los niños más corpulentos. También lo consideraban valiente ya que a las siete de la tarde y después de recibir la paga diaria, porque en países de conflictos armados sólo un loco quiere cobrar semanalmente, era hora de volver junto a su familia antes de que la noche, con todos sus peligros, lo cogiera por sorpresa. El conocía muy bien la sabana, sus reglas y riesgos.

Llegó al poblado contento y con la paga escondida en un pequeño saco atado al cuello. Si alguien quería robárselo tendría que cortarle la cabeza.

Se dirigió hacia su choza donde su familia le esperaba con la olla en el fuego. Les había dicho muchas veces que cenaran antes porque él ya había comido en la factoría. Pensaba que su madre tenía que alimentar a sus hermanos pequeños antes que a él. Mahjabeen se lo repetía cada noche pero ni ella ni sus nueve hermanos le hacían caso. Lo esperaban porque le querían. Era el mayor. Deseaba ser un buen ejemplo de valor, valentía y generosidad para los pequeños.

Estaba orgulloso de tener un trabajo porque la mayoría de niños estaban todo el día ayudando en las tareas del poblado, que eran muchas, pero a él no le gustaba tener que barrer, estirarle la piel a un antílope o machacar los cereales hasta convertirlos en harina.

Él era fuerte, bravo y quería ser cazador como su padre. Deseaba cumplir la mayoría de edad que, en su tribu, sucedía cuando los niños podían eyacular.

Él era fuerte, bravo y quería ser cazador como su padre. Deseaba cumplir la mayoría de edad que, en su tribu, sucedía cuando los niños podían eyacular y, después de un largo y complejo ritual para que los ancestros le portaran vigor, salía el recién adulto a cazar toda una noche solo con un cuchillo. Si cumplía el periplo, normalmente abatir un facocero, recibía a manos del Jefe del poblado su primera lanza y arco.

Sus hermanos dormían, unos desperdigados, otros abrazándose y los más pequeños estaban suspendidos en pequeñas hamacas que eran impulsadas por sus propios movimientos. Su padre hacía días que no estaba. Era la época de caza y todos los hombres salían hasta tener suficientes presas para alimentar a todo el poblado durante meses ya que secaban la carne.

Su madre cada mañana sonriente le ofrecía un tazón humeante de leche de cabra con miel y semillas. Sabía que tenía que caminar doce kilómetros hasta llegar a la factoría.

— Madre, quiero ser mayor para poder ir con padre a cazar. ¡Soy muy valiente, madre! ¡No soy un asno, quiero ser cazador! ¡Yo solo podría matar a un león! Desearía tener la lanza y el arco para poder defenderos de las fieras salvajes, los hechizos y el Mal. ¡Soy un guerrero y necesito un arma! ¡No hay nadie más fuerte que yo! ¡Levanto cien sacos al día! Todos me dicen que soy muy fuerte pero padre piensa que aún no soy un hombre. ¡Quiero tener la lanza como él! ¡Le demostraré a padre que puedo ser el mejor cazador del poblado!

— Mahjabeen, no tengas prisa por crecer. Bébete la leche. Eres un pequeño guerrero y pronto saldrás con el cuchillo para mostrar tu valía.

— ¡No soy pequeño, madre! ¿Cuándo seré un hombre?

— Padre salió por primera vez a tu edad y luego nos casamos. Lo recuerdo bien. Era guapo y esbelto como tú.

— ¿Ves como él no quiere que sea un hombre, madre?

— Tranquilo, pequeño. En tres lunas el brujo hablará. Ahora bebe esto y ve con cuidado. Las cosas andan mal allí afuera.

—No te preocupes madre, soy muy valiente.

Tras despedirse, caminó hasta que el primer rayo de sol tendió una sombra tras él. Observó que, cerca del camino principal, había vehículos “todo terreno” formando una gran circunferencia. Eran nuevos y algunos estaban abiertos por la parte trasera y aguantaban cañones de artillería antiaérea que los hundía hacia la muerte. Estaban aparcados en un círculo perfecto. En su centro había unas tiendas de campaña estilo militar con fusiles amontonados en sus oberturas construyendo perfiladas pirámides y, junto a ellos, pequeños montículos de botas desgastadas. Unos troncos humeantes se ahogaban con el rocío de la mañana.

Mahjabeen sentía la curiosidad del cachorro y se acercó hasta poder tocar el metal de los coches. Observaba la artillería, anonadado.

Mahjabeen sentía la curiosidad del cachorro y se acercó hasta poder tocar el metal de los coches. Observaba la artillería, anonadado. Una voz grave y amenazante le dio un alto. Se quedó en el mismo lugar sin titubear. No debía tener miedo. Su padre le había aconsejado que no debía mostrar debilidad ante desconocidos ni frente a animales salvajes porque si no sería pasto de los buitres, constantemente amenazantes en lo alto. Rápidamente fue rodeado por unos soldados fuertemente armados. Portaban chalecos forrados de granadas de mano, munición de mortero y algunos llevaban dos cinturones con balas de gran calibre que blindaban una equis en su tórax. Él estaba impresionado. Nunca había visto ese tipo de armas.

— ¿Niño, quién eres?

— ¡Soy hijo de Siad, cazador y guerrero!

— ¿Cómo te llamas?

— ¡Mahjabeen!

— ¿Eres valiente?

— ¡El que más!

— ¿A dónde vas?

— ¡A trabajar!

— ¡Sólo trabajan las mujeres y las niñas! Los hombres cazan y luchan. ¿Quieres ser un guerrero como nosotros? ¿Quieres ser un hombre?

— ¡Quiero ser un hombre, un gran cazador!

— ¡Somos los soldados que defendemos al mundo de los demonios!

— ¡Pronto tendré mi lanza y podré luchar contra el Mal! ¡Soy muy valiente!

— ¿Quieres ser un gran cazador?

— ¡Sí!

— ¡Esto es la lanza más mortífera! ¿Te gustaría cogerla?

— ¡Sí!

— Pero si la sostienes tendrás que unirte a nosotros, habrá días en los que tendrás que luchar, otros en los que no podrás comer y muchos en los que no dormirás, pero siempre tendrás munición para tu lanza. ¡Si la levantas seremos tus hermanos! ¡Moriremos por ti y tú por nosotros! ¡Te defenderemos del Mal! ¿Quieres unirte a nosotros? ¿Quieres ser un hombre?

— ¡Sí!

— ¡Ten, soldado, ahora esta lanza es tuya! ¡La tendrás que cuidar igual que la vida porque es la entrada al Paraíso!

— ¡Lo haré!

— Cógela fuerte y dispara al aire. ¡Aprieta el gatillo, hombre valiente!

Desde el poblado se oyeron unas largas ráfagas de M 16 que escondieron durante unos largos segundos los sonidos de la sabana.

— ¡Lo has hecho muy bien, soldado! ¡A partir de ahora te llamarás Al-Qatal! ¿Estás preparado para ser un hombre?

— ¡Sí!

— ¡Llévanos a tu poblado! ¡Vamos a cazar!

Los coches se alejaron a toda velocidad con el negro ondeando como bandera, disparando plomo al aire y dejando un rastro de polvo tras ellos.

— ¡Dios es grande!

Àlex Voltá

pintoralombra@hotmail.es

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