Noche de Reyes

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Noche de ReyesLa noche de Reyes se acercaba con paso lento pero firme y los monarcas de Oriente ya habían cargado su infinita caravana de camellos, dromedarios, elefantes y furgonetas con los regalos para todos los niños del mundo. Mientras, Martín repasaba mentalmente la lista que había entregado al paje unos días antes…

– A ver… una bici nueva, un dron, la nueva Play, dos videojuegos… ¿o puse tres?, un patinete eléctrico, un Lego de Star Wars, un futbolín… buf, seguro que me olvido algo… debería haber hecho una copia de la carta… un balón de fútbol, unas raquetas de ping-pong…

Los padres de Martín entraron en la habitación de su hijo de nueve años interrumpiendo su singular mantra. Aquélla probablemente sería la última Navidad en la que su hijo esperaría con ilusión la llegada de unos personajes mágicos que venían de un lugar indeterminado de Oriente para colmarle de obsequios. Por eso, sus progenitores querían hacer lo posible para que tuviera todo lo que había pedido.

– ¿Aún no duermes, Martín?- preguntó la madre, que esperaba encontrar a su hijo en brazos de Morfeo, para hacer que las estrellas proyectadas por luz de la lámpara de mesa dejaran de danzar por la habitación.

– Estaba mandando mensajes mentales a los Reyes Magos para que no se olviden de ningún regalo -contestó Martín con decisión.

– Los Reyes Magos tienen una memoria prodigiosa. A veces, eso sí, no pueden traer todo lo que se les pide. Hay muchos niños en el mundo -le explicó el padre, asomando la cabeza tras la madre.

– Pues yo quiero que me traigan todo lo de la carta, por eso les mando señales telepáticas -insistió el niño con cierto enojo.

– Bueno, ahora duérmete. Ellos lo ven todo y si no te portas bien aún están a tiempo de no traerte todo lo que has pedido -advirtió la madre arropando a Martín y poniendo fin al recorrido de las constelaciones por las paredes y techo de la habitación.

– Buenas noches -susurró el padre, mientras desaparecía tras el marco de la puerta.
La madre cobijó un ‘felices sueños’ en un beso en la mejilla y Martín se durmió sin terminar el enésimo recuento de regalos.

Al día siguiente, por la tarde, Martín fue con sus padres a ver la cabalgata de reyes. Había pasado todo el día muy nervioso, tanto que incluso le había costado comer. De hecho, había escondido parte de la comida bajo la mesa con la esperanza de que la acción no sería observada por ninguno de los Reyes. Martín supuso que, como andarían de camino, no estarían pendientes de las últimas travesuras de los niños.

El niño estaba preocupado porque temía no haber escrito la carta con su mejor letra y que hubiera regalos cuyo nombre no pudiera entenderse. También temía haberse dejado alguna cosa. A pesar de que sus padres le habían advertido que los Reyes nunca pueden traer todo lo que se les pide porque hay muchos niños en el mundo y que debe haber para todos, él quería que le dejaran el mayor número posible de juguetes. Así que, durante el desfile, se aseguró bien de chillarles de nuevo toda la lista a cada uno de los Reyes.

Mientras Martín exigía a los monarcas, voz en grito, que debían traerle todo lo que les demandaba, sus padres le observaban con una mezcla de ternura y preocupación. Su hijo ya tenía nueve años y cada vez se volvía más y más exigente. Pese a que ellos habían intentado darle todo lo que ellos, a su edad, creían no haber tenido, él siempre quería más.

Mientras Martín exigía a los monarcas, voz en grito, que debían traerle todo lo que les demandaba, sus padres le observaban con una mezcla de ternura y preocupación.

Por la noche, después de cenar y esconder parte de la comida, esta vez en una maceta con un ficus, Martín empezó su espectáculo preferido de la noche de reyes. El niño tenía una táctica que, tras años de ensayo y perfeccionamiento, funcionaba con precisión alemana. Primero, con aparente diligencia y serenidad preparaba una platito con tres pedazos de turrón, uno para cada Rey Mago, y un cubo de agua y unas hojas de col para cada camello. Este acto generoso y adorable despertaba el orgullo y el cariño de sus padres que bajaban unas defensas, ya de por sí poco convincentes. Entonces Martín, veterano de cientos de batallas emocionales, empezaba a insistir en que creía haber visto a los Reyes Magos dejar ya los regalos. Los padres le contemplaban con ternura y aseguraban que los monarcas, aunque pueden llegar a todas partes del mundo, tampoco son tan rápidos. Ante esta respuesta, poco original pues ya llevaba años escuchándola, el niño bajaba la cabeza e iniciaba el primer ataque, serio y calculadamente sutil, contra la resistencia emocional de sus padres. Martín empezaba a sollozar, primero tímidamente.

Poco a poco, y a medida que sus padres iniciaban la primera refriega cuerpo a cuerpo con el niño intentando consolarle, éste iba aumentando la intensidad y volumen del lamento. La cuarta parte de la táctica consistía en echarse al suelo, patalear, llorar y chillar. Martín el conquistador había abierto de par en par el portón del castillo con unos platitos de turrón y ahora estaba en el interior de la fortaleza emocional de sus confiados progenitores berreando y volviendo loca a toda la guarnición. Y el último episodio de la estrategia consistía en, por sorpresa, detener de golpe el ataque y quedarse sollozando con la cara pegada al suelo. Entonces, los padres se miraban el uno al otro con impotencia, momento que aprovechaba el fino estratega infantil para lanzar el estoque final…

Los padres se miraban el uno al otro con impotencia, momento que aprovechaba el fino estratega infantil para lanzar el estoque final…

– ¿Qué os cuesta mirar si han pasado?… ya no me queréis… – una vocecita lastimera surgió de la masa sollozante del suelo y el castillo, una vez más, acabó rendido a sus pies sin condiciones.

– Bueno, parece que he oído algo… -dijo la madre con timidez, entregando sus armas emocionales.

– Sí, a un camello, creo, ¿vamos a ver? -le apoyó el padre, con la armadura despedazada.

Y Martín III, el batallador, conseguía por cuarto año consecutivo que los regalos de Reyes fueran entregados unas horas antes de que empezara el reparto oficial.

Cuando los padres fueron a comprobar si un camello se había colado en la casa Martín detuvo su sollozo y aún boca abajo en el suelo esbozó una sonrisa de satisfacción.

Los derrotados progenitores reaparecieron dos minutos después cargados de regalos.

– Vaya, pues acaban de pasar los Reyes- dijo el padre depositando un montón de presentes para su hijo.

– Sí, este año también se han adelantado -apuntilló la madre, descargando otras tantas ofrendas ante su vástago.

Martín se puso en pie de un salto y contempló a sus padres con gratitud. Éstos le miraron con absoluta devoción y se sonrieron el uno al otro como diciendo: al fin se ha calmado el angelito.

Y el angelito empezó a despedazar los envoltorios multicolores de los regalos como si fuera un demonio enloquecido.

Noche de Reyes

Martín desenvolvía, examinaba el juguete ilusionado, lo apartaba y seguía abriendo regalos. Así, hasta el último, la bicicleta nueva. Cuando terminó levantó la vista, miró a sus padres y dijo con gravedad: ¿Y el resto de regalos?

Sus padres volvieron a mirarse el uno al otro, ahora sin sonreír y contemplaron de nuevo a Martín, que parecía a punto de armar una nueva ofensiva de llantos y pataletas.

– Los Reyes no han podido traer todo lo que les has pedido -se atrevió a explicar el padre.

– Los pobres camellos no pueden cargar tanto peso -completó la madre.

Y Martín, lejos de querer escuchar ni entender lo que sus progenitores le decían, lanzó un ataque jamás visto contra ellos, contra los Reyes, los camellos y contra el mundo entero. Lágrimas, gritos, insultos, quejas, un arsenal entero se desató aquella noche de Reyes.

Pero, esta vez, el niño consiguió sacar de sus casillas a los padres, que le confiscaron todos los regalos hasta nueva orden y le mandaron a la cama.
Martín se debatió durante horas en la cama deshecho de rabia y tristeza. Aquella noche había sido víctima de la más terrible de las injusticias. Estaba tan enfadado que llegó a desear la muerte de sus padres.

Cuando finalmente consiguió conciliar el sueño, empezó una serie de pesadillas en las que los Reyes Magos y sus padres huían con los regalos mientras se reían de él. Cuando Martín intentaba perseguirles, un camello le agarraba de los pantalones del pijama para que no pudiera moverse. De hecho, tiró tan fuerte de él que se cayó de la cama.

Martín se despertó en el suelo sobresaltado. Su habitación estaba tenuemente iluminada por una lucecita quitamiedos. En una esquina de la estancia, una sombra se separó del resto de la oscuridad y se acercó a él.

– Hola Martín -una voz amistosa y solemne surgió de la sombra.

– Ho… ho… la… -el niño retrocedió sentado en el suelo, quedando con la espalda pegada a la cama.

– No te asustes. Soy Melchor -la sombra penetró en el haz de luz del quitamiedos y Martín pudo reconocer la barba blanca, la corona y el semblante venerable del Rey Mago.

– En…can…tado… -Martín alargó una mano temblorosa a su mágico interlocutor.

– ¿Te has quedado sin regalos, verdad? -le preguntó Melchor, estrechándole la mano y ayudándole a levantarse.

– Sí… -reconoció el niño con cierta indignación.

– ¿Y entiendes por qué tus padres te los han quitado? -le interrogó el Rey Mago.

– Les odio. Ojalá se mueran -respondió enojado.

– Acompáñame -ordenó Melchor con severidad y cogió al niño de la mano.
De repente, una espesa niebla devoró la cama, la lámpara de las constelaciones, la luz quitamiedos, el resto de la habitación y a ellos mismos.

La bruma se desvaneció y Martín, aún de la mano de Melchor, se vio a él mismo en una casa algo distinta de la suya.

La bruma se desvaneció y Martín, aún de la mano de Melchor, se vio a él mismo en una casa algo distinta de la suya. Los muebles parecían antiguos, el papel de la pared también, incluso él aparecía vestido de forma algo extraña. Estaba abriendo un objeto envuelto en papel de periódico. Era un camión de madera. El niño saltó de alegría ante la visión del rudimentario juguete.

– Vaya birria. A mí eso no me gusta -dijo Martín con cara de asco.

– A ti, no, pero a tu padre sí le gustó -aclaró Melchor.

– ¿Es mi padre? -preguntó Martín, repasando las facciones de su padre cuando era niño.

– Sí, y este fue el único regalo que tuvo aquella Navidad -explicó Melchor.

– ¿Y por qué está tan contento? -preguntó el niño con extrañeza.
Melchor no respondió y dejó que Martín contemplara a su padre jugando con el camión de madera. El niño saltaba y reía de dicha.

– Está feliz… ¿puedo ir a jugar con él?

Martín se despertó en el suelo de su habitación. Su padre y el camión de madera habían desaparecido, tampoco había rastro de Melchor. El niño volvió a la cama aún con la sonrisa de su padre cuando era niño clavada en el recuerdo. No tardó en volver a dormirse.

El sueño no duró demasiado. Una extraña sensación en la cara hizo que Martín abandonara abruptamente los dominios de Morfeo. El niño abrió los ojos sobresaltado y se topó con el morro de un camello. Ambos se miraron con curiosidad. El animal le pegó un lametón que le levantó de la cama y el niño gritó.

– Shhhhh -alguien, desde la penumbra, le reclamó silencio.

Noche de Reyes

– ¿Quién eres tú? -pregunto Martín, limpiándose la cara de saliva de camello.

– Buenas noches, soy Baltasar -y detrás del animal apareció otro Rey Mago.

– Ho…la… -saludó el niño, mirando de reojo al jorobado mamífero.
Un estruendo proveniente del comedor llamó la atención de Martín y del animal. El Rey miró hacia la puerta cerrada de la habitación.

– ¿Qué es este alboroto? -preguntó el niño un poco asustado.

Del exterior provenían llantos, gritos y golpes.

– ¿De verdad no lo sabes? -preguntó Baltasar enarcando una ceja. El Rey Mago le dio la mano.

– Y tú, quédate aquí -le dijo al camello, que bufó contrariado.

El desconcertado niño y el Rey Mago salieron de la habitación.

El ruido aumentaba a medida que se acercaban al comedor. Una vez ahí, Martín se vio a él mismo, unas horas antes, gritando y pataleando tras descubrir que no le habían traído todo lo que había pedido.

– Vaya berrinche, da miedo, ¿no? -preguntó Baltasar.

Martín contempló la escena alucinado. Sus padres también estaban presentes y observaban a su hijo con impotencia. Finalmente, y muy a su pesar, decidieron castigarle quitándole todos los juguetes.

– Pero… son míos… -se lamentó Martín.

– ¿Son tuyos?, pues por cómo gritabas y llorabas, parecía que no los quisieras -reflexionó el Rey.

Martín, lleno de rabia e incertidumbre, fue incapaz de responder.

– Ven, quiero que veas otra cosa -Baltasar agarró al niño de la mano y lo llevó a la habitación de sus padres. Ambos ya estaban en la cama.

– No lo entiendo, le hemos dado siempre todo lo que ha querido -dijo abatido el padre.

– Es buen chico. Seguro que mañana estará más tranquilo -replicó la madre.

– Y si le compramos los regalos que faltan, quizás… -apuntó el padre.

Martín sonrió. Finalmente conseguiría lo que quería.

– Te quieren mucho. Lo darían todo por hacerte feliz -afirmó Baltasar.

– Claro -aseveró el niño con orgullo.

– ¿Harías tú lo mismo? -preguntó el Rey.

– Sí -contestó con seguridad.

– ¿Serías capaz de renunciar a tus regalos por ellos?

Martín no respondió.

Noche de Reyes

El niño y el rey mago volvieron a la habitación infantil en silencio. Martín se metió en la cama y Baltasar lo arropó con ternura. El monarca se mantuvo al lado del niño hasta que éste se durmió. Después, se apartó del haz del luz del quitamiedos y se fundió en la oscuridad de la habitación hasta desaparecer. El camello, que no siguió a su amo, se recostó en el suelo, al lado de la cama, y se entregó al sereno sueño de los animales.

Un sonido agudo truncó el descanso infantil. Martín se levantó de un salto y descubrió que el jorobado animal aún seguía en la habitación.

Un sonido agudo truncó el descanso infantil. Martín se levantó de un salto y descubrió que el jorobado animal aún seguía en la habitación. Una especie de alarma seguía sonando desde algún lugar indefinido. El camello se levantó y tiró de la manga del pijama de Martín. El niño se desasió enojado de la presa del animal. Y éste volvió a cogerle, ahora de los pantalones, lo levantó y lo colocó delicadamente en su grupa.

– Oye, ¿qué estás haciendo? -se quejó Martín.

El camello giró la cabeza, miró fijamente al niño, esbozó una especie de sonrisa y empezó a trotar atravesando las paredes de la habitación. En poco más que un suspiro, criatura y animal estaban atravesando el firmamento. Martín se agarraba al cuello del animal mientras éste corría y volaba cada vez más alto, cada vez más lejos de su habitación, de su casa, de su barrio e incluso del mundo.

La real montura y su pequeño jinete detuvieron su vuelo en el espacio, un lugar frío y colmado de estrellas, desde el que se podía contemplar la Tierra como una pequeña esfera azulada. El planeta empezó a girar a toda velocidad alrededor del sol, poco más que una lejana y brillante lucecita.

Cuando la tierra aminoró su acelerada translación hasta casi pararse, niño y camello se precipitaron hacia la tierra a toda velocidad.

Aterrizaron en la azotea de un viejo edificio de dos plantas. El animal se arrodilló para que Martín pudiera descabalgarse. Ahí les estaba esperando Gaspar.

– Bienvenido al futuro -dijo el Rey Mago, acercándose con paso solemne al niño.

Martín estaba tan mareado que no fue capaz de contestar. Gaspar sacó dos turrones de almendras y dátiles de debajo de su capa y se los ofreció al animal, mientras el niño se recuperaba.

– ¿Cómo ha ido el viaje, chaval? -preguntó el rey, dándole una palmada en la espalda.

– Buf, no sabía que los camellos… -respondió el niño.

– El resto de camellos, no, pero los de los Reyes Magos, sí -explicó Gaspar con una sonrisa.

– ¿Por qué me has traído al futuro? -le interrogó Martín.

– Porque quiero que conozcas a alguien.

El rey y el niño desaparecieron de la azotea y aparecieron en un viejo salón comedor. Allí, sentado ante una mesa, un hombre de unos cincuenta años miraba un notebook. Estaba consultando ofertas de trabajo. La casa se veía bastante desordenada, vasos y platos sucios encima de una mesa baja, un sofá manchando, un ordenador portátil tirado en el suelo, un cenicero lleno a rebosar de colillas de cigarro.

– Ecs, qué asco de sitio -se quejó Martín, al ver la pocilga en la que vivía aquel adulto desconocido.

De repente, un zumbido proveniente del sofá llamó la atención del niño. El hombre del futuro hurgó entre los cojines y extrajo un teléfono móvil.

De repente, un zumbido proveniente del sofá llamó la atención del niño. El hombre del futuro hurgó entre los cojines y extrajo un teléfono móvil. Miro la pantalla, hizo una expresión de desagrado y contestó.

– Mamá, ¿qué quieres? -preguntó de malhumor.

Una avejentada voz femenina respondió desde el otro lado sin que Martín pudiera oírla.

– ¿Y qué?, ¿no podéis llamar a una ambulancia?

La voz del otro lado aumentó el volumen pero ni así se pudo oír.

– Si tardan, igual tampoco es tan grave, ¿no?

La madre suplicó algo desde el otro lado del hilo telefónico.

– Dejadme en paz, ahora mismo tengo otras cosas más importantes que hacer – y el hombre colgó.

Entonces sonó el timbre. Tras la puerta, una mujer de mediana edad, ropa ajustada que resaltaba sus encantos femeninos, tacones de vértigo, labios encendidos y mirada entornada por el rímel, esperaba que su cliente de la tarde le abriera.

El hombre abrió la puerta y entró la mujer que inspeccionó el salón con expresión asqueada. Se sentó en el sofá manchado, dejó el bolsito a un lado y se miró las uñas.

– Serán setenta y cinco euros, como siempre -informó la mujer con indiferencia.

– Buf. Podrías hacerme un descuento, estamos en Navidad -sugirió el hombre, mientras se desabrochaba los pantalones.

– Los Reyes Magos no existen, y yo no soy tu juguete -replicó la chica, remangándose la falda.

Volvió a sonar el móvil y el hombre que ya tenía las zarpas encima de la mujer lo ignoró por completo.

– No entiendo nada -dijo Martín.

– Pronto lo entenderás.

Noche de Reyes

Gaspar llevó al niño a su antiguo hogar. Ahí descubrió horrorizado como la casa estaba habitada por una pareja de ancianos. La mujer, que andaba algo encorvada y que tenía los cabellos blanquísimos, estaba llamando por teléfono. Nadie le contestó y colgó abatida. En una butaca, un hombre muy mayor y de aspecto palidísimo se esforzaba por respirar.

– No puede venir, tiene cosas que hacer… -le dijo la anciana al anciano.

– Es buen… chico, pe…ro siempre está…… ocupado -le respondió el anciano, entrecortadamente.

– ¿Quiénes son? -preguntó Martín, temiendo la respuesta.

– Ya lo sabes, son tus padres -respondió Gaspar con gravedad.

– Entonces, el hombre de la casa sucia …

– Sí -afirmó el Rey.

La anciana cogió la mano de su marido mientras éste arañaba el aire para conseguir el oxígeno que necesitaban sus pulmones. El anciano se agarró a su mano como el barco se agarra al ancla en un día de tempestad.

El anciano se agarró a su mano como el barco se agarra al ancla en un día de tempestad.

– Tranquilo cariño, pronto llegará la ambulancia… -intentó tranquilizarle la anciana.

– ¿Por qué… no viene… Martín? Está aquí… al lado… -insistió el padre.

– ¿Por qué no voy?, ¿por qué no voy? -Martín empezó a gritar y a llorar.

– ¡Por qué no voy!, ¡por qué no voy! -Martín se levantó a las dos de la madrugada de la noche de Reyes, chillando y roto por los lamentos.

Sus padres acudieron a la habitación infantil asustadísimos.

– ¿Qué te pasa, hijo? -preguntó la madre, tras encender la lámpara. Las constelaciones empezaron a rodar por la habitación.

– ¿Has tenido una pesadilla? -le interrogó el padre, sentado a los pies de la cama.

– ¡Estáis aquí! ¡Y tan jóvenes! -y Martín se lanzó a los brazos de sus padres como si hiciera siglos que no les hubiera visto.

– Tranquilo, tranquilo, estamos aquí -dijo la madre, abrazándole con fuerza.

– Puedo… quiero… -intentoó decir Martín, aún sollozando.

– ¿Los regalos? -preguntó el padre con desconfianza.

– No, ¿puedo dormir hoy con vosotros?

Padre y madre se miraron el uno al otro y asintieron.

– Sí, pero no te vamos a devolver los regalos hasta que aprendas a valorar las cosas -sentenció la madre.

– Me da igual, el mejor regalo es que estáis aquí -dijo Martín, abrazando a su padre como nunca lo había abrazado antes, como si nunca fuera a dejar de abrazarle, como si nunca fuera a dejar que se marchara.

Antes de dormirse, Martín contó a sus padres las visitas que había recibido. Ellos escucharon encantados la historia del niño. En cualquier otra ocasión se hubieran maravillado por la imaginación de su hijo pero aquella noche a ellos también les habían visitado los Reyes de Oriente. Y con ellos también habían viajado al pasado, al presente cercano y al futuro. Y a través de esta inesperada aventura nocturna habían descubierto cosas de ellos mismos y de su hijo que les asustaron y que les hicieron reflexionar.

Después de aquella noche de Reyes, Martín no se acordó de sus regalos hasta que, al cabo de muchos días, le fueron devueltos.

Después de aquella noche de Reyes, Martín no se acordó de sus regalos hasta que, al cabo de muchos días, le fueron devueltos. Entonces jugó con una ilusión inaudita, como si cada uno de los juguetes fuera aquel camión de madera con el que jugaba su padre de niño.

Y sus padres, viendo la ilusión del niño, recordaron la suya cuando, aún niños, disfrutaban como locos con cualquier cosa sencilla y única. Y entendieron que un niño colmado de regalos no es necesariamente un niño feliz.

David Puig Ferrer

Guionista, periodista
laplaneta73@hotmail.com

Psicólogo online. Logopeda online. Pedagogo online. Abogado de familia online

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