Espeleología con niños, juego de luces y sombras

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Espeleología con niñosNo nos engañemos. La espeleología con niños puede parecer un suicidio a priori, si seguimos la inercia que nos lleva a muchos adultos a traspasar nuestros miedos y dudas a nuestros hijos. Además de espeleóloga, soy madre de una niña de 8 años y hace más de 11 años que estoy enganchada a este mundo subterráneo, junto con mi marido e inseparable compañero de aventuras. A lo largo de este tiempo, he podido comprobar que la espeleología con niños es una actividad maravillosa.

Seguramente, la primera imagen que te ha venido a la cabeza cuando has visualizado una cueva es la de un lugar oscuro, frío, húmedo y estrecho, ¡qué agobio! No “contaminar” la imaginación de nuestros hijos con nuestros miedos les abre un mundo inmenso de aventuras, siempre, claro está, que estas se lleven a cabo bajo la supervisión de un adulto y guía especializado.
Es muy habitual que los niños sientan temor a la oscuridad y, efectivamente, las grutas son oscuras. Pero cuando descubren que la oscuridad de la cueva se puede “iluminar” y contemplar en ella lo más maravilloso del mundo, el miedo se disuelve y entra en juego la curiosidad.
Es en este punto donde intervenimos los espeleólogos, escogiendo una cavidad que se adapte a la progresión de los pequeños, o no tan pequeños, y enseñándoles el valor de las estalactitas y estigmitas que podemos apreciar en las cuevas, el tiempo que tardan en formarse, cómo preservar este submundo… Vivirán una gran aventura que, además de ayudarles a superar sus miedos, difícilmente olvidarán.

La espeleología con niños se convierte en un juego mágico cuando descubres que la oscuridad de la cueva se puede “iluminar.

Os voy a explicar una anécdota que ocurrió con mi pequeña, hace aproximadamente unos tres años, en el club al que pertenecíamos.  Se organizaban cursos de iniciación a la espeleología y, al finalizar, organizábamos una salida de final de curso. Ese año decidimos ir a Oliete (Teruel), a la sima de San Pedro, una gran oquedad de 100 metros de diámetro y unos 108 metros de profundidad, con un oscuro lago en su fondo.
Una estructura metálica suspendida en su tramo final invita a asomarse al abismo, cosa que todos hicimos, ya que, para bajar, hay que saltar la estructura y descender mediante cuerdas hasta el fondo y, después, volver a subir. Todos nos asomamos con cierto miedo, era un agujero tremendo. Mi hija, de 5 años, que ya había entrado en unas cuantas cuevas, se asomó al agujero y dijo: “mamá, ¿cómo bajaremos?” Automáticamente, todos giraron cuello y la miraron con ojos como platos. Seguidamente, las risas inundaron el nerviosismo.
Si los niños ven que sus padres y resto de adultos hacen algo, no cuestionan si es o no peligroso, aunque lo interesante es que no tienen miedo si perciben que nosotros no lo sentimos o aparentamos no sentirlo.
Hay diferentes tipos de cavidades, para acceder a algunas de ellas es preciso tener  conocimiento sobre progresión vertical, pero para penetrar en otras, simplemente iremos andando.
Para la diversión de nuestros peques, también es importante no pensar si se manchan o no, porque en las cuevas todo vale. Y si se manchan, embarran o arrastran, se lo pasarán en grande. Además, siempre hay un poquito de barro a mano para hacer manualidades y dejar nuestra huella para el resto de la eternidad.
No menos esencial es que los niños tengan un rol dentro de la actividad, que busquen piedras brillantes, que nos guíen o nos ayuden en algún aspecto. Todo ello les dará confianza en sí mismos y les hará sentir útiles dentro del grupo.
Si  motivamos a nuestros hijos y nos vinculamos en las actividades conjuntas, todos disfrutamos muchísimo más. Es una actividad original para fiestas de cumpleaños, regalar y, desde luego, sorprender.

Vanessa Sánchez Morales

Técnico deportivo en espeleología

@avcavingmallorca

AVcaving@gmail.com

Tel. 645839228

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